África Central: panorama desolador

Conclusión final de mi trabajo de licenciatura que defendí el pasado 22 de diciembre.

Tiene un aspecto formal porque es parte de una argumentación mayor.

En síntesis, trata de una guerra gigantesca que desoló la región central de África hace no mucho y tuvo como eje central esta nueva forma en que se dan los conflictos actualmente a escala global. Ya no hay más banderas e ideología. Se trata de mercenarios (es un decir, en realidad este término es una burda simplificación) en procura de los espacios que dejen las mejores ganancias y los recursos naturales más valiosos. Los Derechos Humanos, poco importan. Las banderas, tampoco, y por lo general son reflejos deformados de otras intenciones.

Sobre la República Democrática del Congo y el rol de la comunidad internacional en la región de los Grandes Lagos africanos.

Bandera actual del país

 

El panorama de la República Democrática del Congo (RDC), el país más inmenso de África Central y el tercero más grande del continente, estuvo marcado desde los comienzos de su vida independiente (30-6-1960) por la violencia y la inestabilidad periódica. Poco se sabe o se habla de éste, tal vez se lo conoce por la novela de Joseph Conrad, El Corazón de las Tinieblas, pero ésta no es una versión que dé cuenta verdaderamente de lo que en mi trabajo quise demostrar.

Mobutu, quien decía ser Padre de todos los congoleños, vistiendo uniforme militar.
Getty Images

 

 

El mandato de Joseph Désiré Mobutu, autócrata que estuvo al mando desde 1965 a 1997 a partir de un golpe militar, no pudo evitar la proliferación de conflictos aunque si pudo disimular el grado de tensiones debido a su insoslayable manto autoritario en el país que por su capricho fue bautizado como Zaire (antiguo nombre portugués).

No obstante, tras su caída en 1997 por medio de la guerra emprendida por una coalición opositora interna, comandada por el antiguo guerrillero Laurent Désiré Kabila, y el apoyo militar de los vecinos Uganda y Ruanda, se asistió a un proceso de deterioro indiscutible que acentuó sobremanera el grado de tragedia vivido desde 1960, época de la independencia del antiguo Zaire y a partir de ese año, los primeros coletazos de la región en su conjunto.

A lo largo de este extenso período de más de tres décadas la intervención extranjera moldeó la forma de los hechos de una manera decisiva, desde el colonialismo belga hasta la intromisión de los países ajenos a la región que apoyaron a las fuerzas invasoras en Congo-Kinshasa a partir de agosto de 1998, época en que los apoyos externos que llevaron a Laurent Désiré Kabila al poder se rebelaron e invadieron su territorio.

Así se configuró el inicio de un conflicto que asumiría un perfil regional desde su comienzo. Desde otras partes de África (Namibia, Angola, Zimbabwe, Chad sobre todo) aparecieron aliados que apoyaron al Presidente Kabila en contra de las dos naciones vecinas agresoras (junto para ellas el apoyo incondicional de EE.UU., Bélgica y Francia principalmente) y así se formaron dos bandos en una verdadera “Guerra Mundial Africana”, con la participación de una decena de Estados africanos beligerantes en contra y a favor del nuevo gobierno constituido en Congo-Kinshasa que se proclamó defensor de la nacionalidad congoleña.

A simple vista parece carbón, pero no lo es. Coltán: el mineral por el que más sangre se derrama en Congo
(blog Geología Venezolana)

 

Indudablemente la comunidad internacional ha guardado silencio y se ha mostrado en buena parte indiferente respecto a la catástrofe producida en la región de los Grandes Lagos africanos, cuyo peor y más reciente episodio fue la “Primera Guerra Mundial Africana” (1998-2003), que por sí sola produjo cerca de 3.000.000 de víctimas. Dicha conducta se vinculó desde siempre a una característica que ha mostrado ser letal para RDC, la abundancia de riquezas en su suelo (coltán, uranio, magnesio, maderas y otros tantos) y su bien merecido apelativo de “escándalo geológico”. No resultó fortuito que a la guerra desatada se la haya considerado africanamente mundial, cuando el resto del mundo resultó, en líneas generales, indiferente al conflicto. Dos pequeños países (a los que se sumó Burundi por idénticos motivos) intentaron hacerse con el control de las recursos de un rico gigante vecino: el Congo.

Discursivamente se evidencia la contradicción en calificar a una guerra de mundial cuando sólo tuvo como marco un continente olvidado como es África. Esta marca discursiva encubrió la depredación económica y minimizó la intensidad del conflicto para justificar la primera (a pesar de ser reconocido el valor económico de la zona).

Las denominaciones “escándalo geológico” y “Primera Guerra Mundial Africana” quedan estrechamente ligadas a la explicación sobre la naturaleza estatal en RDC. El discurso orquestado por la comunidad internacional pretendió desde siempre la inalterabilidad de las fronteras pero a la vez logró la ausencia de Estado en el país con el objeto de facilitar la depredación económica. Tal paradoja resultó de los vericuetos de un doble discurso finamente articulado. El resultado fue trágico: los Derechos Humanos más básicos quedaron profundamente afectados. Violaciones, muertes, enfermedades fue el conjunto de atrocidades que el pueblo congoleño debió soportar. Aunque otros aprovecharon los frutos de la expoliación, incluyendo congoleños mismos.

 

Kadogo, niño soldado, uno de los dramas más visibles del conflicto
(web Afronline.org)

Asimismo, la triste situación del país y el dolor de su población es otro de los tantos casos de las inequitativas relaciones entre un país pobre y atrasado y otros más imponentes y poderosos. Sostiene la escritora de origen tunecino, Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros. Historia de una supremacía, que los Estados occidentales “…justifican sus empresas exteriores con el deber de extender los derechos individuales y políticos fundamentales a toda la humanidad.” . Entonces, según la autora, lo que ella denomina Occidente alza la bandera en defensa de los Derechos Humanos pero también con la misma frecuencia que los defiende viola éstos. Esta separación entre el decir y el hacer se halló desde el inicio de la Modernidad y la presente investigación subraya el efecto de este doble lenguaje, con sus consecuencias mortíferas, en la realidad de RDC.

En el caso de RDC, como en tantas situaciones dentro y fuera del continente, las exigencias humanitarias proporcionaron la coartada soñada a las potencias que querían justificar sus empresas económicas, remarcando el axioma central presente en los hechos aquí abordados respecto a la desconexión entre la teoría occidental y la realidad de las prácticas políticas de Occidente. Fundamentalmente, al gobierno de los Estados Unidos (y todos sus aliados) no le interesó balcanizar el territorio congoleño ya que su unidad territorial tornó más fácil la expropiación de sus riquezas, y esto explica por qué no estalló RDC en varios Estados como si lo hiciera, por ejemplo, la ex Yugoslavia. Paradójicamente el gigante centroafricano no se fragmentó ya que no existió entidad estatal a partir de la cual llevar a cabo dicho proceso de disgregación.

El discurso de la comunidad internacional se mantuvo fiel a la no balcanización pero a la vez sus proclamas en un supuesto apoyo a la protección de los Derechos Humanos no hicieron más que encubrir el nivel de depredación históricamente observado. Por su parte, dicha defensa retórica ayudó a regar el terreno de la facciosidad alentando la propia intervención extranjera dentro de las redes facciosas, elemento altamente destructor del Estado, y desde época tan temprana como 1960.

Entonces, lo que importa es que las interpretaciones que se analizan respecto al Estado en África y dicen que éste es fallido, colapsado, fantasma, etc en realidad no hacen más que inscribirse dentro de la lógica de esta clase peculiar de lenguaje del doble discurso occidental. Entonces, desde una visión que no puede desconocer el Estado, todas las intepretaciones descriptas afirman una vez más la existencia de Estado en África (aunque en realidad incompleta si se piensa en el molde original, Occidente). Entonces, si se sostiene alguna forma de estatalidad se cree que así no se vulnera la soberanía (o en otros términos, la conservación de las fronteras históricamente heredadas), y en consecuencia la depredación económica quedará justificada y encubierta. Como señala Bessis, la soberanía del Estado ha sido siempre un “…cómodo paraguas de todas las arbitrariedades de las últimas décadas al que han asestado muchos golpes en nombre de la defensa de principios válidos en todas las regiones.”.

En suma, el error de explicar el Estado en África con las categorías importadas de la ciencia política es semejante a mostrar la inferioridad de los africanos que pretende ver Occidente, a partir del tópico simplista de la etnicidad y la ferocidad que alumbran explicaciones sobre las guerras de rapiña que tienen lugar en dicho continente, agrega la autora tunecina.

En la medida en que el poder se concentre en el Norte (es decir, las potencias económicas de primer orden del planeta y los países más desarrollados), sostiene la escritora de Occidente y los otros, la transnacionalización no modifica las cosas. Se debe agregar que si el poder mundial continúa siendo distribuido bajo la forma actual, RDC seguirá condenado a la pobreza, destrucción y la falta de Estado. Respecto al debate famoso sobre si la mundialización destruye el Estado, Bessis sostiene que éste no se debilita debido a que los líderes de los países más pobres han sabido recurrir al comodín de la globalización para beneficiarse. No obstante, más allá de la conservación de las fronteras, argumenta que este fenómeno ha casi destruido el Estado en donde su constitución no había terminado, como en África. Un autor africano entiende la presencia de un “consorcio internacional” en RDC (si bien con complicidades congoleñas) más que un Estado en el sentido moderno del término.

Las fronteras internacionales también dan cuenta del ropaje de hipocresía que viste al discurso señalado de Occidente, camuflado bajo otras intenciones aparentes. Como demuestra la autora británica Michela Wrong en su trabajo de investigación sobre Eritrea, No lo hice por ti. Cómo el mundo traicionó a una pequeña nación africana. La autora sostiene que los representantes africanos de la OUA incurrieron en un craso error al desconocer en la fijación de límites de Etiopía la existencia de este pequeño país vecino, en 1963. Con ello la organización citada planteó una contradicción respecto de Etiopía y el discurso de su monarca Haile Selassie en afirmar la inviolabilidad de las fronteras heredadas desde el Congreso de Berlín en 1885. Esta omisión permite entender cómo el discurso sobre las fronteras fue y sigue siendo colocado al servicio de los intereses de turno. Asimismo el hecho trazó una analogía con el Congo-Kinshasa. En ambos casos, la pasividad y el silencio de la comunidad internacional fue ensordecedor; en un caso ante la invasión de RDC en 1998 y en otro frente a la anexión formal de Eritrea por parte de Etiopía en 1962.

Al igual que el antiguo Zaire, Eritrea constituye un territorio de interés por un factor valiosísimo diferente al del gran Congo, su importancia estratégica como punto de comunicaciones y su elevada capacidad electromagnética, que la hizo un puesto desde donde se controlaron las comunicaciones del Eje en la Segunda Guerra Mundial, entre Japón y Alemania. Estados Unidos en ningún momento descartó ese potencial como para arrogarse el control del pequeño territorio mediante la instalación de algunas bases militares en los años de alianza táctica con Etiopía. Al igual que en el caso de RDC, respecto a su población, esta superpotencia se mantuvo indiferente ante la lucha del pueblo eritreo por la consecución de su independencia (finalmente lograda en 1993) y abandonó a Eritrea a su suerte, la que fue olvidada en el discurso de la comunidad internacional. Los habitantes de Congo-Kinshasa también sufrieron un olvido semejante. Entonces, la similitud de ambas situaciones mostró la pauta característica de indiferencia de Occidente, aunque para el caso de RDC la misma no hizo más que encubrir el saqueo económico ya mencionado.

Respecto a la intervención humanitaria, lo mismo. La MONUC, misión de la ONU para el Congo, despacahada a fines de 1999 mostró fallas por doquier (e incluso violaciones perpetradas por sus efectivos). Ahora bien, el caso de Eritrea también evidenció una situación similar en los momentos de decisión de la autodeterminación o no del país tras la ocupación británica que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial. Para Wrong la actuación de la ONU, en la investigación en cuestión, reprodujo algo típico de su funcionamiento: la capacidad sistemática de incumplir sus promesas bien intencionadas y de fallar al cumplimiento del ejercicio democrático, al que en teoría suscribe.

En RDC, lo que resulta decisivo es que nadie se preguntó dentro o fuera de la misma por qué no se aplicó un plan de ayuda consistente (o sólo medidas muy parciales) a una zona golpeada por la peor crisis humanitaria de la actualidad. Si bien no existe una respuesta única, una clave explicativa debió vincularse al problema del doble lenguaje de la comunidad internacional. Desde esta perspectiva discursiva, RDC sólo fue reconocida desde el plano internacional como Estado, pero se desvió la atención cuando se debieron emprender medidas concretas, como paliar o prevenir los efectos de una verdadera catástrofe. En ese sentido el país dejó de ser considerado Estado strictu sensu por los analistas. El referido manejo del discurso responde a la conocida pauta de la conveniencia y el oportunismo según la circunstancia, como explica Bessis en su definición de las relaciones entre Occidente y los otros, en el caso puntual refiriéndose a la Primera Guerra del Golfo en 1991.

El interés occidental comprendió desde temprano que resulta más fácil llevar a cabo prácticas depredatorias en donde el Estado no existe (el caso de RDC lo ilustró a la perfección) y de este modo continuar aprovechando dicha ausencia total. Occidente, indica Bessis, posee en la actualidad la parte más importante de la riqueza mundial y supo aumentar la proporción si se compara con lo que tuvo hace algunas décadas. Así fue y continuará siendo demostrada la superioridad de Occidente sobre los otros, como hace notar la autora, por más que la comunidad internacional encubra esa particularidad asumida en su discurso haciendo la vista gorda respecto de los diversos atropellos cometidos a lo largo y ancho del mundo.

Y también es correcto agregar que esa misma superioridad de Occidente se manifiesta en el campo académico. Precisamente, es desde Occidente de donde parte la mayoría de los estudios y autores que analizan África, y el aporte hasta el momento fue escaso. Falta mucho.

Esta última contribución muestra que las categorías empleadas por los politólogos para caracterizar al Estado en África presentan dos problemas: en primer lugar, oscurecen más de lo que aclaran el funcionamiento de la dinámica estatal en el continente porque, si bien muestran válidamente algunos elementos presentes en dicha dinámica, son incapaces de explicarlo todo (en otras palabras, los analistas deben convencerse de que el Estado en África tiene su propio funcionamiento ya que ese tipo de debate no conduce a nada y eso lo demostró la incapacidad de síntesis sobre el tema a lo largo de la presente investigación). En segundo lugar, al pretender demostrar que el Estado en África funciona en una forma diferente al de Occidente (y no logran mostrarlo), los autores en ningún momento cuestionan la presencia estatal y de esta forma, en el caso particular de RDC, encubren el cometido de actos barbáricos que, paradójicamente, son denunciados en otras zonas (según la conveniencia de turno).

Niño soldado en la guerra civil de Liberia (Infogram)

En resumen, una gran víctima se observó desde que comenzó la vida independiente del país: la población civil. La comunidad internacional poco ha hecho para solucionar los problemas y el historial de conflictos que se fueron dando.

 

Finalmente, una mención final al tema del disparador del trabajo.

El disparador puntual de este trabajo fue un evento al que asistí el 29 de junio de 2007 en el Centro Argentino de Ingenieros de la Ciudad de Buenos Aires.

El motivo fue la celebración del Encuentro Argentino-Congoleño en conmemoración del aniversario de la proclamación de la independencia de RDC, acaecida el 30 de junio de 1960. Si bien el evento fue artístico, antes de dar inicio a los festejos hizo uso de la palabra el Sr. Yemba Lohaka, Ministro Encargado de Negocios de la Embajada de la República Democrática del Congo en la Argentina.

En su discurso protocolar subrayó la importancia de un festejo capital en la historia congoleña como escenario central de la reconstrucción nacional, luego de años nefastos, y auguró un promisorio futuro de la mano del Presidente Joseph Kabila (h), asumido en 2001 tras el asesinato de su padre, festejando lo hasta entonces obtenido. Remarcó la importancia y el sacrificio consumado del pueblo congoleño luego de una segunda elección democrática, en un país sin algo que siquiera se le asemejara en tantos años previos.

Desde luego, la tónica de su discurso estuvo estrechamente vinculada a su posición como funcionario del gobierno congoleño. De todas formas, por lo que se analizó en estas páginas, el panorama que este Ministro ilustró debe ser matizado frente a la situación de RDC (tanto en el pasado como en el presente), por más que sea la particularidad de su discurso evidente y devenido desde una posición de interés determinado. Su silencio es cómplice de un optimismo subyacente al cual el examen atento de los hechos, como se observó en la presente investigación, debe contrastar fuertemente. Y tal fue la reacción de asombro del autor al oír las palabras del funcionario (y desde ya, por interiorizarse sobre la historia y actualidad de la RDC).

En definitiva, en su discurso, el citado funcionario -por evidentes razones políticas y protocolares- no dijo ni una sola palabra de la “Primera Guerra Mundial Africana” y sus funestas consecuencias para el pueblo congoleño.

Resta afirmar que haber escrito este trabajo para mí fue una suerte de catarsis, luego de consumir un corpus bibliográfico poco alentador, en contraste al discurso pronunciado por el Sr. Lohaka. Realmente el disparador fue el asombro; volviendo a la introducción, el trabajo que elaboré es hijo pródigo suyo. Uno se hace viejo para todo, menos para el asombro, parafraseando a Chesterton.

Ahora yo pregunto: ¿escucharon hablar de este conflicto?



Mapa obtenido de Patrick Quantin, “Les Congos dans la guerre. enjeux locaux, mobilisations et représentations”, en Politique Africaine, N° 72, 1998, p. 146.

¿Por qué elegí Congo? Además del asombro y demás, me parece interesante que de aquí se extrajeron muchos de los esclavos que llegaron al Río de la Plata durante la época colonial. Las cosas no vienen solas.