Boko Haram y la poca memoria en Nigeria (y en el mundo)

“Sepan que olvidar lo malo es tener memoria” dijo hace más de un siglo el célebre escritor argentino José Hernández, autor de una de las obras más emblemáticas del país del sur, el Martín Fierro. En el caso de África, lugar de rezago de las noticias internacionales, habría que preguntarse si esta máxima se cumple, y pareciera que no. Nigeria, de gran centro de las miradas entre abril y mayo, de nuevo se ha perdido en la bruma del olvido, tras el paso fugaz del ébola que dejó 8 muertos y 20 casos en septiembre.

El pasado 14 de febrero se cumplieron 10 meses de una efeméride que permite ser críticos respecto de la aplicación del dicho referido líneas arriba.

El 14 de abril de 2014 el grupo islamista Boko Haram, fundado en 2002 y radicalizado a partir de 2009, secuestró a 276 niñas de una escuela en un pequeño y desconocido pueblo para el mundo entero, Chibok, situado en el nordeste del país más poblado de África, donde la milicia comete atropellos de todo tipo y se

cuentan más de 13.000 muertes desde hace 6 años, y 3,3 millones de desplazados, tanto como la entera población de un país como Uruguay. Es historia conocida el impacto que tuvo la noticia y los reclamos viralizados en redes sociales por tal “megasecuestro”, el más evocativo de éstos fue #BringBackOurGirls. No obstante, duró poco. Hubo que esperar también que algunos de los padres de las niñas murieran producto de la angustia (por complicaciones de salud) que les provoca la indiferencia generalizada y el inaccionar del gobierno federal de Nigeria, que poco hizo, más que pactar una tregua a mediados de octubre que a fin de cuentas, los islamistas siquiera cumplieron. Es muy difícil negociar con gente que, por ejemplo, considera a la mujer un objeto sexual, y ese ha sido el destino final de las jovencitas secuestradas a mediados de abril. Otras han sido obligadas a inmolarse, por ejemplo, cuando una niña de 10 años lo hiciera en un concurrido mercado de la ciudad de Maiduguri, donde el grupo islamista domina todo. Pero las cámaras estaban en París, en las inmediaciones del periódico Charlie Hebdo.

 Abubakar Shekau, actual líder del grupo, quien tiene más vidas que un gato, salió a decir (siempre bajo la cámara de la cual gusta tanto) que estaba más vivo que nunca cuando a finales de septiembre el Ejército del país había confirmado definitivamente su muerte. Se llega al punto de creer que Shekau es un alias que camufla la identidad de varios dirigentes del grupo. Para mayor preocupación, a comienzos de este mes agregó que las niñas habían sido vendidas como esclavas sexuales. Tan poca confianza se le puede tener a radicales que la secuencia de hechos fue muy simple. El 17 de octubre Shekau anunció una tregua y apenas dos semanas más tarde confirmó que sus cautivas habían sido casadas a la fuerza. Para peor de los males e incumpliendo su palabra, en el ínterin de la supuesta tregua, el 23 de octubre Boko Haram secuestró a 60 mujeres más. A mediados de enero, durante una incursión en la vecina Camerún, secuestró a 80 personas, incluyendo 50 niños. Siempre frente a la indiferencia de la mayoría.

A comienzos de noviembre el objetivo de la milicia fue una escuela una vez más, donde una bomba dejó 48 adolescentes muertos y 79 heridos. El presidente Goodluck Jonathan (a quien el juego de palabras de su nombre da para pensar seriamente si la suerte lo acompaña) lamentó el hecho, prédica casi coincidente con su anunció de candidatura y búsqueda de la reelección el próximo 28 de marzo, elecciones que fueran aplazadas un 14 de febrero porque el Estado reconoce que no puede hacer frente al reto yihadista.

Nigeria es una nación dividida, dicen, entre musulmanes y cristianos, pero la principal oposición se da en la forma en que la política divide. Así es como el presidente tiene muchos críticos que apuntan principalmente a las cuestiones de seguridad, mientras que, por otro lado, no deja de tener simpatizantes genuinos u otros que le apoyan por falta de mejores alternativas políticas. No cabe duda que en el combate contra el radicalismo islámico el Sr. Jonathan no lleva las de ganar. Pero no todo está perdido, al menos, en la lucha contra Boko Haram. Hace horas inauguró cuatro poderosos navíos militares y promete vencer de una vez por todas al grupo. Son promesas que los nigerianos están cansados de escuchar. Como un reflejo de la desidia estatal y de la falta de interés del gobierno por la situación del norte, la nota de color fue que milicias autoconvocadas de cazadores, armados no más que con sus armas tradicionales, expulsaron a los islamistas de una importante ciudad, eliminando a 75 de éstos, sin ninguna ayuda oficial, ocurrió el 13 de noviembre. Lamentablemente es algo que el Ejército nacional no ha podido imitar en los últimos meses, cuando estamos a poco de presenciar los dos años desde la imposición del estado de emergencia en los tres Estados asolados por la violencia islamista. Parece ser una crisis sin fin.

El lugar de Nigeria y de sus terroristas

Mientras algunos conciben el conflicto en el norte de Nigeria como de baja intensidad, olvidan el drama, el costado humano de la situación. Hay familias enteras destruidas por la malicia de quienes pretenden imponer un Estado islámico y volver a las épocas del Islam originario con prácticas como cortar manos a los ladrones, una de las noticias recientes sobre las múltiples tropelías que cometen estos adictos a la locura. Boko Haram se inspira en el temido Califato de Sokoto, el Estado islámico con mayor cantidad de población esclava en el siglo XIX y el último gran Estado esclavista de la historia. El país independizado de la tutela británica en 1960 presenta numerosas divisiones étnicas y regionales, frente a un norte mayoritariamente islamizado y un sur predominantemente cristiano. Aunque esa separación no es fundamental, lo más importante es la prioridad gubernamental sobre el sur en detrimento del norte, más pobre y ruralizado. Precisamente en un contexto más rústico la prédica radical prende más y mejor.

Nigeria desplazó a Sudáfrica en la segunda mitad de 2013 como la economía más grande de África, tiene la renta petrolera más importante del continente y es el más poblado, con 170 millones de habitantes. Sin embargo, Boko Haram es sólo un síntoma más de que algo no funciona. Nigeria se tambalea frente al terror islamista (si bien focalizado en su noreste) y a la baja internacional del precio del petróleo. Mientras tanto, una alianza regional se ha formado para hacer frente a los islamistas que no solo aterrorizan el noreste de Nigeria. El grupo ha cometido desmanes primero en Camerún, luego en Níger y más tarde en Chad, en represalia por la intervención de cada uno de sus ejércitos. Boko Haram piensa en grande. Recientemente tendieron relaciones con los islamistas que desde hace casi tres años ocupan el norte de Malí. ¿Qué pasaría si llegara el accionar de los extremistas nigerianos hasta Libia, un verdadero pandemonio? ¿O si se reforzaran las relaciones con el tan temido Estado Islámico? La relación de los radicales nigerianos con este último es de mera mención de lealtad, pero que no se traduce en mucho más sobre el terreno. Por ahora.

Como sea, quienes más sufren son los civiles. Por ejemplo, los padres de las niñas secuestradas hace 10 meses que, muy presumiblemente a esta altura, no verán nunca más a sus hijas y que no pueden olvidar lo malo si tienen memoria, haciéndose eco del dicho del escritor argentino en forma crítica. Tal vez sea más acertado pensar en las palabras del orador romano Cicerón, quien dijo hace más de dos milenios, “quien tiene memoria, sufre”. Pero el mundo sigue girando y no sufre más por el destino de las desafortunadas casadas a la fuerza o enviadas a inmolarse frente a multitudes.

Publicado en:

Huellas de la Historia

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