La Revolución Cubana

Este escrito lo disparó mi experiencia del viaje a Cuba realizado en febrero de 2009.

 

Terminal de ómnibus en Santiago de Cuba
(foto del autor)

 

Espero que lo puedan disfrutar, o al menos de él extraer lo que consideren necesario para ver si los libros que tanto me pesaron durante más de dos semanas en la mochila de viaje desde La Habana hasta Santiago, valieron la pena (aunque sólo uno lo compré en Buenos Aires). Cito todos al final. Es increíble la capacidad con la que se compran libros en Cuba, eso sí, si no son los turísticos. No hay un mínimo punto de mentira si se dice que el cubano es un pueblo alfabetizado.

Para terminar, es imposible que no se me filtre algo de la impresión que tuve al recorrer Cuba. Lo sintetizo en la siguiente observación: no puedo creer que un mundo tan diferente esté tan lejos ya no sé si de la distancia geográfica, o del propio tiempo.

 

La Revolución Cubana: ayer y hoy

 

Los cincuenta años del denominado triunfo de la Revolución Cubana provocan que se vierta un torrente enorme de tinta entre reflexiones, debates y celebraciones sobre aquel hecho histórico que cambió para siempre la historia cubana. Indiscutiblemente el año 1959 es una bisagra que dividirá por siempre la historia del país. Existe un antes y un después, este trabajo tratará acerca del segundo tiempo.

Calle de La Habana Centro (foto del autor)

 

Sin lugar a dudas el turista que se dirige a Cuba bien puede convertirse súbitamente en un viajero en el tiempo, al mejor estilo de una clásica tira hollywoodense, de viajes al pasado. Pero explicar cómo fue posible ver esta metáfora en Cuba merece previamente trazar una consideración general sobre su historia.

Si bien las líneas que siguen no comprenderán un escrito pormenorizado sobre la trayectoria histórica de la isla, no obstante a efectos de introducir a un lector no del todo instruido, se presentan a continuación algunas generalidades históricas de este espacio caribeño a partir de una fecha decisiva, 1959, para entender un estado de cosas que, tras media centuria, explica el presente.

 

Los orígenes de un proceso de larga data

 

Fulgencio Batista (web Cubanet)

 

El 1° de enero de aquel año un grupo autodenominado los “barbudos”, luego de una intensa guerra de guerrillas y de un avance paulatino a lo largo del país, se hizo con el control de la isla más grande y estratégicamente mejor posicionada de la zona del Caribe. Este mismo grupo puso en jaque el dispositivo represivo y de seguridad del marchito régimen de Fulgencio Batista, militar llegado al poder tras un golpe de estado acaecido en 1952. Antípoda de lo que los barbudos querían construir, una Cuba que dejara de ser el “patio trasero” de Estados Unidos, tal como había sido Centroamérica durante unos doscientos años (y de alguna forma continúa siéndolo). Para constatar lo anterior se puede recorrer Panamá City (el uso del inglés no es fortuito) y entender por qué se la conoce como la “Miami de América Central”. Lo que importa, en definitiva, es que actualmente Miami constituye un horizonte inverso al de La Habana, con sus casi tres millones de habitantes, caracterización que lleva a algunos a llamar “Pequeña Habana” a la ciudad de Florida.

Batista había sido de alguna forma u otra el protagonista político de los hechos históricos que siguieron a 1933, y de allí en más hasta su punto álgido de la citada toma autoritaria del poder, casi veinte años más tarde. Su estrella comenzó a eclipsar poco tiempo después, se puede afirmar que casi desde el primer momento del ascenso de su dictadura, en las montañas del este del país cobró forma la resistencia que destruiría su régimen siete años más tarde. Las palabras “Granma”, “Moncada” y “Sierra Maestra” resumen y dan testimonio de la resistencia -tildada de heroica por algunos-, evocando el apasionamiento y la búsqueda de una realidad posible y mejor. Un grupo de belicosos e idealistas jóvenes se embarcó en una aventura conocida de resultados exitosos -aunque no exentos de momentos dramáticos y de penurias diversas-.

Fidel Castro, liderando a sus «barbudos»
(web Cuba Debate)

 

Y llegado 1959, Batista ya se encontraba asilado en la vecina República Dominicana. Mientras tanto los “barbudos”, de principal foco de oposición al régimen, pasaron a convertirse en un nuevo gobierno que reemplazó al vetusto y corrupto gobierno asumido dictatorialmente en 1952. Una de las primeras medidas de los recién llegados al poder fue ordenar la ejecución de los colaboradores de la antigua dictadura. Salieron ilesos, o mejor dicho se salvaron, aquellos cercanos a Batista a quienes éste se llevó consigo o avaló su migración, por ejemplo y principalmente, a Miami (futuro hogar de multitudes de exiliados cubanos que les siguieron). Para fines de 1962 unos 200.000 cubanos se habían alejado de su patria, en desacuerdo con su gobierno.

Los revolucionarios cubanos declararon a ultranza una guerra ideológica (que luego se convertiría en tangible) hacia todos los males y enemigos identificados con la figura del General Batista, entre ellos la mafia, la corrupción y la órbita de sus aliados, sobre todo la presencia de un enemigo identificado como el compuesto central de una suerte de “Eje del Mal”, los Estados Unidos de Norteamérica.

Propaganda en Santa Clara (foto del autor)

 

Obras académicas cubanas y programas periodísticos televisados (así como los pocos medios de comunicación locales disponibles, en general) abogan en aludir a este país como el “imperialismo yanqui” y metáforas similares refuerzan dicha caracterización y subsumen un férreo cuadro de culpabilidad. El esquema es simple, culpa (de ellos) por orgullo (nuestro, léase cubano). Lo anterior resume un pilar básico de la Revolución y la propaganda revolucionaria lo confirma actualmente: “Un día de bloqueo equivale a todos los útiles escolares de diez escuelas”, “Tío Sam, gracias, ya vivo en Cuba Libre”, son pequeños ejemplos de los tantos mensajes difundidos en la vía pública. Nación y Revolución se funden intrínsicamente en un mismo binomio hasta adoptar la forma de una unidad inexpugnable.

Volviendo a los revolucionarios, desde ya existía la obligación ética y moral de que en plazos perentorios se combatiera a los enemigos de la Revolución para afianzar y reforzar el orgullo cubano, hasta entonces tan ultrajado tras “décadas de influencia imperialista”. Desde 1898 Estados Unidos intervino en la escena cubana y hasta el momento no se ha retirado definitivamente. Entonces, la mejor forma de luchar contra ello era revirtiendo el mundo hasta ahora conocido en la nación caribeña. Las medidas, en una expresión sencilla, consistían en una mera inversión de la pauta pre-1959. Así comenzaron las nacionalizaciones de quienes concentraban un excesivo número de tierras, previa confiscación de los activos de los grupos que habían gozado de una situación privilegiada durante el Batistato (y también en épocas previas).

La Ley de Reforma Agraria y las nacionalizaciones fueron la piedra de toque de la política económica del régimen en sus primeros años.

 

Estados Unidos: un vigilante impaciente

 

Mientras tanto Estados Unidos observaba con celo y notoria desconfianza acontecimientos que ponían más que tensos a sus líderes políticos y afectaban sus intereses en múltiples direcciones. Una barrera ideológica, por no decir político-militar, se alzaba contra éste. Si bien el gobierno de Dwight Eisenhower no vaciló en reconocer el nuevo régimen formado en la isla, la desconfianza era total. Sabía que Fidel Castro Ruz, líder indiscutido de la Revolución, era el primero desde el vamos en rechazar toda forma de paternalismo norteamericano.

Nikita Kruschev, premier soviético entre 1953 y 1964
(Wikipedia)

 

Al gobierno de Washington le aterrorizaba la idea de una pequeña e insular Unión Soviética a las puertas de casa. Variopintos análisis políticos de la época trazados desde la Casa Blanca arremetían contra la figura del Comandante en Jefe Castro, y ciertos informes tibiamente en fecha tan temprana como 1960 lo acusaban de ser comunista y se sospechaba si éste seguía las directivas “rojas” de la URSS. Hasta el momento el posicionamiento castrista era diferente respecto del comunismo, pero más tarde la situación cambiaría de rumbo.

En el constante aumento de la paranoia de los Estados Unidos frente a un gobierno en Cuba muy diferente al constituido en el resto de las naciones de América Latina, las fuerzas norteamericanas, junto a la CIA y sus aliados cubanos en el exilio, comenzaron a tejer la trama de operaciones para desmantelar el nuevo régimen cubano. Algunas de ellas operaban con la convicción de que una eventual alianza con la mafia provocara la muerte de Castro en un atentado.

Pero la más sonada de ellas fue la invasión de la isla mediante el empleo de las fuerzas opositoras en el exilio, con el apoyo militar norteamericano, de ser necesario. Como antecedente de estas operaciones, puede señalarse la explosión de un barco francés en el puerto de La Habana en marzo de 1960 causante de la muerte de setenta personas y de lo cual se tiene la sospecha, se trató de una operación tramada por la CIA. El buque traía armas desde Bélgica. El repudio de Fidel Castro a lo que definiera como un atentado terrorista, incorporó un arsenal más a la mítica revolucionaria, al expresar un slogan famoso: «Patria o Muerte».

Asimismo, todas estas operaciones fueron precedidas por una gran campaña de prensa en los Estados Unidos de difamación, a lo largo de 1959, respecto del accionar del régimen revolucionario, acusándoselo de cometer un «baño de sangre» por la ejecución de los colaboradores del gobierno depuesto. Las autoridades cubanas salieron a retrucar, sin negar los juicios que terminaron en varios fusilamientos, que esos asesinatos hayan sido actos de barbarie. Por el contrario, sostuvieron al pueblo cubano, fueron actos de justicia y la campaña «Operación Verdad», compañera de la creación de la agencia Prensa Latina a fines de enero, debía recalcar el contenido de ese mensaje para no perder el rumbo de la Revolución y no confundir al pueblo cubano.

Otro aspecto del sabotaje norteamericano hacia Cuba fue el de la «guerra biológica», una constante de toda la historia de la Revolución (junto a la quema recurrente de cañaverales) basada ésta en la diseminación de gérmenes nocivos y sustancias peligrosas sobre la isla, que propició la aparición de enfermedades letales para la población tal cual sería un virus que destruía los cafetales (1968), más tarde la fiebre porcina africana (1971) o una epidemia de dengue hemorrágico (1981) que dejó trescientos cincuenta mil contagiados y ciento cincuenta y ocho fallecidos, en su mayoría niños. Esta modalidad de ataque se intensificó a partir de 1979 con la roya en la caña de azúcar que malogró un tercio de los cultivos azucareros y, por su parte, el moho azul arruinó la casi totalidad de los tabacales sobre la isla.

A pesar de la paranoia y las primeras agresiones, Estados Unidos debía ser cauto. Si detrás del apoyo a la Revolución se encontraban los soviéticos, el gigante del norte debía moverse sigilosamente y evitar de este modo un enfrentamiento directo con la otra superpotencia allende el este. La tramada invasión a la Bahía de Cochinos no debía poner en evidencia la intervención norteamericana, excepto en caso de que el despliegue táctico de los exiliados cubanos fracasara. Y así fue, las fuerzas desembarcadas conjuntamente el 15 de abril de 1961 resultaron abrumadoramente derrotadas por los ejércitos comandados en persona por Fidel Castro.

 

La Revolución se afianza: triunfos y nuevos desafíos

 

La victoria de Playa Girón y el desmantelamiento de la «Operación Mangosta», en abril de 1961, planteó un camino irreversible en el afianzamiento del esquema culpa-orgullo. En base al triunfo reciente Castro declaró poco tiempo más tarde el carácter socialista de la Revolución y declaró sin reservas la adopción del marxismo-leninismo para el régimen naciente y, ahora más que nunca, férreamente consolidado. La paranoia norteamericana se convirtió en desesperación y Estados Unidos se lanzó a adoptar una serie de medidas que reforzaron el circuito descripto culpa-orgullo. Desde la óptica cubana, cuanto más culpable el enemigo, más orgullosa la Revolución y el pueblo cubano. Así quedó en evidencia dicho planteo cuando Roma expulsó de la comunidad de naciones cristianas a Cuba desde una declaración que velaba por la incompatibilidad entre cristianismo y comunismo.

Eso era el comienzo de la escalada y de las malas relaciones entre Cuba y el gran vecino del norte. A comienzos de febrero de 1962, se impuso una medida que hoy pesa hondo sobre la realidad de esta isla caribeña, el embargo comercial, también denominado «bloqueo». En una situación comprometida Cuba debió buscar apoyo externo intentando evitar así el aislamiento internacional. Lo encontró, aprovechando el carácter marxista-leninista del régimen, en la Unión Soviética. El temor de la Casa Blanca ya había dejado de ser una especulación para convertirse en una realidad incómoda que ésta no podía aceptar de brazos cruzados. Por su parte, como si fuera poco y para reforzar dicha relación, muchos creyeron que Cuba actuaba como mero satélite de la superpotencia del este en el contexto de Guerra Fría, aunque la realidad fue más compleja de lo que hace parecer esa lectura.

 

Si bien la intención de Castro y la cúpula dirigente fue claramente la de no someterse a las líneas dictadas por la URSS, en algunos momentos Cuba no tuvo más remedio que mostrarse dócil a las demandas soviéticas. Eso fue en el momento de recibir ayuda económica de este país y sobre todo en una ocasión en la que la humanidad cerró los ojos y respiró profundo, temiendo lo peor. La escalada de las tensiones entre Cuba y los Estados Unidos venía de mal en peor pero asumió un tono verdaderamente crítico en octubre de 1962, la “Crisis de octubre”, o más conocida como “Crisis de los misiles”, alarmó a todos.

El gobierno de John F. Kennedy denunció a fines de septiembre de dicho año que la Unión Soviética alojaba misiles nucleares en la isla, proclama que Castro y el premier ruso Nikita Kruschev desmintieron. Pero a las palabras se las lleva el viento y la desconfianza venía decreciendo a ritmo raudo. Fue el momento en que la Guerra Fría se temió llegara a una verdadera guerra caliente con la destrucción atómica del mundo. Finalmente, tras arduas y tensas negociaciones entre soviéticos y norteamericanos, el 22 de octubre se llegó a un acuerdo por el cual la URSS debía retirar sus bases nucleares de la isla y a cambio Estados Unidos debía hacer lo suyo en Turquía. Los misiles fueron retirados desde el Caribe por navíos rusos. Ante todo Cuba no fue consultada en ningún momento a lo largo de las negociaciones, lo que insufló de enojo a Castro puesto que su régimen buscaba el protagonismo y los rusos, tras esta maniobra, se lo negaron.

No obstante, a pesar de las penurias diplomáticas la Revolución sobrevivía e intentaba consolidarse a partir de la sancionada Ley Fundamental de la República, que data de febrero de 1959. La supervivencia no hubiera sido posible sin la colaboración soviética, como se ha insistido. En enero de 1962 por decisión mayoritaria Cuba fue expulsada de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y tras ello, engrandeciendo el tópico de la “culpabilidad”, siguió la medida citada de imposición del embargo económico. Las dificultades no mermaron ese año. Las disidencias dentro del grupo dirigente de la Revolución nunca cesaron desde sus inicios, pero la segunda mitad de la década de 1960 mostró por un lado el fracaso de exportación de la idea revolucionaria y por otro lado la ruptura (o acaso el distanciamiento) entre los dos principales líderes del movimiento, Fidel Castro y el médico-combatiente de nacionalidad argentina Ernesto «Che» Guevara, cuyo régimen ya había adoptado la forma monopartidista.

El desaparecido Camilo Cienfuegos
(Wikipedia)

 

Sin embargo, el monopartidismo no es sinónimo de consenso. La Revolución no tuvo un camino fácil dentro de la órbita de sus propios cuadros dirigentes. Ya se habían producido las bajas de las figuras conservadoras del gabinete apenas comenzada la Revolución, reticentes a emprender la política revolucionaria (asumiendo el cargo de Primer Ministro Fidel Castro -febrero de 1959- tras las renuncias de Urrutia Lleó, Miró Cardona, Ray y Agramonte), ello ante la aplicación de la Ley de Reforma Agraria, principalmente. Meses más tarde siguió el alejamiento de un representante de la derecha (aliado en la lucha contra Batista), Huber Matos, quien fuera detenido, juzgado y sentenciando a una pena de veinte años de prisión, al promover la sedición en Camagüey (provincia de la que era jefe) en octubre de 1959 (costando toda la operación de arresto la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos).

Foto del autor

 

Retomando el caso expuesto líneas arriba de principal disidencia al interior del gobierno, unos seis años más tarde, el episodio de la aparente ruptura entre Castro y Guevara, por ese entonces Ministro de Industria cubano, ha llenado hojas y hojas intentando develar la explicación causal que versa desde la ruptura drástica entre ambos, hasta un distanciamiento obligatorio del núcleo revolucionario por parte del “Che”. Esta última explicación prioriza los ideales revolucionarios del último, en su afán de “mundializar” la Revolución y liberar al Tercer Mundo de la opresión capitalista.

Más allá de las discusiones que el tema ha suscitado, a comienzos de 1965 Castro hizo pública la nota de renuncia y despedida que Guevara le dejara. La prensa norteamericana salió a decir que en verdad Guevara había sido fusilado por el régimen debido a su desacuerdo con Castro. No obstante, volviendo a la carta, en ésta el Che expresaba que el cargo de Comandante en Jefe de Castro impedía que este último se alejara hacia la aventura revolucionaria, por lo cual Guevara consideraba que debía renunciar a su cargo en Cuba y cumplir la tarea que el líder por la jerarquía de su mandato no se encontraba en condiciones de llevar a cabo. Así fue que Guevara, en abril de 1965, partió con un grupo de cubanos hacia el Zaire, pero en noviembre, y luego de una campaña infructuosa llena de complicaciones, Guevara y su grupo abandonó el país.

Para fines de ese año el Che ya había recorrido unas diez naciones africanas y sus ideales revolucionarios bullían. África debía ser una mera preparación y un entrenamiento para adentrarse en el terreno que verdaderamente importaba: el latinoamericano. Consecuente con ese pensamiento, su próximo destino fue Bolivia, donde -como es bien sabido- lo sorprendió la muerte en octubre de 1967. Sus restos fueron repatriados recién en 1997, donde actualmente descansan en la ciudad cubana de Santa Clara, junto a buena parte de los de sus compañeros en la gesta de la selva boliviana.

En resumen, desde la perspectiva del régimen, el internacionalismo y el latinoamericanismo siempre fueron prioridades en materia de política exterior (es decir, la solidaridad con los pueblos semejantes). Hasta pudieron ser vistas como una necesidad, puesto que sin esta veta hubiera sido poco probable que Cuba resistiera los múltiples embates de una nación poderosa como Estados Unidos. Ha existido un intercambio continuo de personas entre Cuba y los países a las que ésta ofreció su apoyo: médicos, combatientes y un torrente de personajes y materiales han circulado en ambas direcciones. Angola, Etiopía y Nicaragua son algunos de los pueblos que han visto esta circulación. Más de trescientos treinta y siete mil cubanos desfilaron por la primera en quince años de guerra civil, apoyando al gobierno marxista. Fidel Castro señaló en 1960 su propósito de “…continuar haciendo de la nación el ejemplo que puede convertir a la cordillera de los Andes en la Sierra Maestra del continente”. Guevara siempre estuvo con él en el intento de cumplir esa meta, hasta sus últimas consecuencias.

 

Horizonte de grandeza: la auguriosa década de 1970 y la institucionalización de la Revolución

La muerte de Ernesto Guevara en suelo boliviano (octubre de 1967), siguiendo el enfoque del que da cuenta la carta mencionada, fue una dolorosa pérdida para el régimen cubano, no obstante no lo haría marchitar. En todo caso, de haber existido una ruptura con el «Che», Castro de ninguna forma evitaría que aquello opacara su actuación como líder indiscutido de la Revolución y para fines de 1970 (estando preparadas las condiciones durante el quinquenio 1965-1970) prometió una verdadera “revolución agraria” alentando al pueblo cubano a un esfuerzo conjunto y desmedido que procurara la producción de diez millones de toneladas de azúcar (uno de los principales recursos isleños).

Para fines de dicha década, en 1978, se debían cosechar los frutos de la labor de un pueblo trabajando afanosamente en la defensa del socialismo y en un ejemplo para mostrar al resto del mundo que los cubanos podían. Diez millones se convirtieron en un símbolo de lo que era y debía ser el régimen. Era la esperanza y la pronunciación de un acto de fe gubernamental. Hablar de fracaso conllevaba la posibilidad de ser tildado de derrotista y sufrir un castigo.

Pero diez millones también fue sinónimo de fracaso y esa sensación se volvió una realidad mucho antes de 1978. El 18 de mayo de 1970 Castro anunció frente a la multitud congregada el fracaso del plan, pero sin achacar la responsabilidad pública al pueblo sino a la propia dirigencia revolucionaria (de hecho, se produjeron 8.537.600 toneladas de azúcar, una cifra para nada vergonzosa, la producción más grande de su historia en materia azucarera).

Revisando éxitos y desaciertos se instauró el proceso de “institucionalización” de la Revolución, una suerte de estabilización de la situación tras la tensa década de 1960.

Estados Unidos, ante ese panorama adverso para su posicionamiento, implementó una táctica de “múltiples vías” consistente en combinar actividades tales como el terrorismo con el acercamiento diplomático. De todas formas, la óptica del discurso oficial cubano no disminuyó en ningún grado la desconfianza hacia el «Águila», si bien el estallido de la Guerra de Vietnam pudo haber disminuido la atención norteamericana sobre la región del Caribe. De hecho, la contrarrevolución se centró fuera de Cuba, sobre todo en Miami, desde 1965. La Revolución andaba de parabienes.

Desde el punto de vista económico, hasta el momento algo que pudiera llamarse política del régimen en ese sentido consistía en “la construcción paralela del socialismo y el comunismo”. Una economía débil y monodependiente como lo era la cubana, debía sustentarse obligadamente en el énfasis en la ideología como motor del desarrollo social. En pocas palabras, se priorizaba una economía que en primer lugar tuviera como prioridad la satisfacción de las necesidades básicas de toda la población incluyendo la educación y la salud pública. Quedaba descartado el consumo en el mejor sentido capitalista del término aunque a pesar de esta limitación obvia, se restringían aspiraciones materiales legítimas de amplios segmentos de la población. En definitiva, el régimen tendía a la “igualación hacia abajo”, por lo que Cuba no presentaba ni ricos ni mendigos, en suma, algo así como una pirámide social trunca. Los méritos individuales no eran tenidos en cuenta, lo que generó la apatía o los ánimos de abandonar el proceso en muchos casos.

En pos de lograr las metas citadas, el Estado cubano socialista asumió un papel hegemónico en la distribución de las riquezas y de inversionista para el desarrollo. También alentó la constitución de un verdadero ejército burocrático, al punto que varios analistas hablaron de Cuba como “Estado hipertrofiado”. Lo central para la supervivencia del régimen y el atenuante para los “sacrificios” que debía hacer el pueblo cubano resultó de la asistencia del bloque soviético. El suministro de su parte fue ininterrumpido hasta la caída del mismo, así como la existencia de un mercado externo en el cual Cuba pudiese volcar su producción nacional.

Si algunos entusiastas puertas adentro pretendían la industrialización (entre éstos Guevara) como llave de acceso al tan ansiado desarrollo, la presencia permanente de la ayuda soviética es uno de los signos que demostraron la imposibilidad de materialización de dicha alternativa. En definitiva, si Cuba se mostró fuerte, fue así porque un gigante la supo sustentar. Pero un país del Tercer Mundo nunca hubiera podido ser verdaderamente fuerte cuando lo que estaba en juego para consolidar su economía era la “cuota azucarera”.

Retomando la década de 1970, la misma fue próspera a pesar de las debilidades estructurales del país, anteriormente citadas, y el fracaso de la famosa zafra. Para 1975, se había promovido el desarrollo económico, registrándose cierto crecimiento en algunas ramas industriales y agropecuarias, acompañados de un incremento notorio de la superficie cultivada, la capacidad de agua embalsada, las comunicaciones en general y el crecimiento de la marina mercante en nueve veces. En estos años, también, se consolidó institucionalmente el régimen. En 1976 se votó por referéndum la Constitución socialista, carta orgánica que incluía la creación del Poder Popular, es decir, la elección de delegados a todo nivel para componer la Asamblea Nacional, con facultades legislativas y encargada de la selección de los dos consejos ejecutivos y el Tribunal Supremo Popular.

Desde el punto de vista social y cultural, para 1975 el índice de escolaridad primaria era del 100% entre los niños de seis a doce años y había madurado una amplia red hospitalaria y sanitaria (con la erradicación de enfermedades endémicas y la prolongación de la esperanza de vida quince años), así como la proliferación de instituciones relacionadas con la cultura, como la Casa de las Américas, centro de congregación de la intelectualidad cubana, y el auge de una cultura asociada con el libro en casi todos los círculos sociales. Cuba ya formaba cuadros profesionales desde hacía tiempo. En líneas generales, el sistema educativo cubano se vanagloriaba de ser uno de los más avanzados de la época.

Por otra parte, amplios logros se alcanzaron en el plano de la asistencia social, ningún ciudadano cubano quedaría sin cuidados. Es decir, el Estado socialista aseguraba la provisión de los cuidados mínimos para todos en la isla.

La mejora económica, desde la perspectiva externa, provino de la mano de la unión cubana al CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), canal de integración del país a la economía del campo socialista. En líneas generales, mientras el bloque occidental se batía frente a los percances de la crisis del petróleo (1973), a Cuba le iba algo mejor. Sin embargo, todo tiene su costo y la “sovietización” del proceso revolucionario cubano no agradó a todos por igual. En ese sentido, la URSS reconocía en la Revolución cubana un hecho excepcional, pero no mostró una aceptación unánime, si bien muchos rusos se mostraron entusiasmados por ésta.

Entonces, a pesar de la estrecha colaboración entre Cuba y la Rusia soviética, perduraban los desacuerdos. El compromiso con la lucha revolucionaria alejó posturas, los cubanos se comprometían, por ejemplo, con la ayuda desinteresada a los movimientos de liberación anticoloniales en África durante las décadas de 1970-1980 y la URSS veía un acercamiento más mediado por motivos tácticos dentro del forcejeo propio de los encontronazos de Guerra Fría.

En una palabra, el internacionalismo cubano colisionaba con los soviéticos desde la perspectiva de estos últimos de construcción del socialismo en su propio país desde 1917 (sin comprometer energías fuera). Se entendía que la postura inicial de la Unión Soviética no era la del compromiso total, mientras que la Cuba revolucionaria desde 1959 movilizó tropas en Nicaragua y República Dominicana, por sólo citar dos ejemplos. La doctrina de la “coexistencia pacífica” durante los ’70, al sentir de las cúpulas dirigentes del Tercer Mundo, las dejaba desamparadas en su lucha contra el capitalismo. La propuesta lanzada por Ernesto Guevara de “crear dos, tres, muchos Vietnam” se disipaba cada vez más por desavenencias entre aliados.

Cuba no podía hacer frente a tantos frentes, valga la redundancia, sin el apoyo de su poderoso aliado. Y en efecto, los movimientos de liberación fracasaron en África y América Latina, aunque se encendieron a mediados de la segunda mitad de la década de 1970 provocando resultados positivos: el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua y avances considerables en El Salvador y Guatemala. En el Cono Sur algunas avanzadas guerrilleras combatían a las dictaduras militares sustentadas por el apoyo cubano. Si la tendencia continuaba así, la Guerra Fría podría recrudecer.

 
El ex presidente Jimmy Carter
(Wikipedia)

 

Y en eso apareció la gestión del presidente James Carter (1977) para colocar paños fríos y alivianar la tensión entablando un nuevo diálogo con Cuba, liberando el Canal de Panamá y repudiando el régimen de Pinochet en Chile, entre otras medidas. Se reabrieron las visitas a la isla y se liberó a un número considerable de presos contrarrevolucionarios.

 

La inestable década de 1980 y la «rectificación» de la Revolución

 

No obstante, para finales del mandato de Carter las relaciones se congelaron y tal situación coincidió con la llegada del reaganismo el poder en Estados Unidos, en 1981, que recrudeció los términos de relación entre ambos con una potencia agitada por una crisis estructural muy fuerte, lo cual no podía dejar de repercutir en la situación de la isla.

Mientras tanto, al otro lado del mundo el bloque soviético revisaba sus tácticas dejándose permear de alguna forma por las modalidades capitalistas (prolegómeno de la Perestroika soviética), aunque Cuba enfatizaba la tendencia inversa: su énfasis en la centralización y el burocratismo central, con un Fidel Castro resaltando la conducción de una buena gestión socialista a partir de la moral y las virtudes éticas, en lo que se ha dado en llamar el proceso de “rectificación de errores y tendencias negativas”. Dicha política tenía como antecedentes cercanos una serie de errores cometidos en torno a la planificación y la dirección de la economía, y una expectativa sobre las fuertes inversiones y no sobre sus resultados; además de diversos desastres naturales (como huracanes) y el acoso siempre presente de los Estados Unidos explotando la situación mentada.

La política exterior de este último país a partir de 1980 fue algo más que militante. La gestión Carter pudo ser vista como un breve paréntesis. En la restauración del “american way of life” corrompido por años de gestión liberal e intervenciones fallidas, se hacía prioritario el protagonismo norteamericano en su lucha contra el “imperio del mal” simbolizado por la URSS (curiosamente la misma construcción pero a la inversa de la que se dio cuenta al comienzo). Esa fue la premisa central de la gestión Reagan.

La doctrina de la coexistencia pacífica cedió su lugar a un período de “recalentamiento” en la delicada historia de la Guerra Fría. Si la Revolución Cubana planteaba una herida mortal al “Destino Manifiesto” norteamericano, ahora Estados Unidos debía reaccionar mostrando quién era. Y así fue: echó marcha atrás con el plan de devolución del Canal de Panamá, apoyo más que nunca a las dictaduras latinoamericanas y a los grupos contrainsurgentes de Nicaragua y El Salvador, como asimismo invadió Granada y Panamá en 1983 y 1989, respectivamente.

En el fondo, Estados Unidos encontraba una justificación y un problema respecto a su operar en América Latina, el régimen cubano, a quien impuso sanciones mientras tramaba por detrás acciones punitivas (como la voladura de un avión cubano de pasajeros en pleno vuelo en octubre de 1976, o los ataques a delegaciones diplomáticas cubanas, en especial -la más trágica- el episodio acontecido en la Embajada cubana en Lima el 1º de abril de 1980), simultáneas a exigencias del cese de relaciones con la URSS. Lo que merece ser destacado, en ningún momento se detuvo la interacción del gobierno norteamericano con la inteligencia contrarrevolucionaria, la que colaboró con los planes del primero en lo referente a su intervención en América Central durante la época.

Tras varios ataques a objetivos diplomáticos cubanos en Perú, Venezuela y Ecuador, y más tarde en Roma, Alemania del Este, Francia, España, Checoslovaquia y otros, así como el incendio intencionado en un círculo infantil del barrio habanero de Marianao (8 de mayo de 1980), comenzaron en masa las emigraciones a través del puerto habanero de Mariel de aquellos cubanos desafectos del régimen. El 21 de abril empezaron a llegar embarcaciones procedentes de la Florida a efectos de llevarse a los que deseaban ir a los Estados Unidos, en el puerto cubano de Mariel. En el proceso unos 125.000 cubanos abandonaron la isla. El objetivo de las autoridades cubanas era permitir el egreso siempre y en tanto los individuos en cuestión no hubieran sido los promotores de disturbios en las sedes diplomáticas.

En resumen, el acoso norteamericano continuó toda la década, en especial cuando el Partido Republicano lo incorporó a su plataforma oficial pero incluso lo llevó más lejos al denunciar a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Por último, intensificó el espionaje aéreo sobre la isla mientras Reagan mantenía reuniones con los agentes de la oposición al régimen en Miami en su firme intención de que Cuba pagara el alto costo por su política revolucionaria y antimperialista. En más de una ocasión, se tramó alentar una rebelión interna contra Castro, tal como había constado en el proyecto fallido de 1961.

 

El reto supremo: la caída del bloque socialista y el comienzo de una década difícil, los años ´90

 

En lo que siguió, Cuba debió probar que su socialismo era más fuerte de lo que suponía. Cuando Castro ordenaba a todo el pueblo a armarse contra el ataque norteamericano en vista de la tormentosa década de 1980 (en otras palabras, la denominada táctica de la «Guerra del todo el pueblo»), un acontecimiento sorpresivo cambió el rumbo de los hechos.

La caída del bloque soviético a fines de la década de 1980 dejó a Cuba aislada y sin su principal fuente de apoyo. Estados Unidos era llamado a dominar el mundo sin ningún rival aparente, salvo una excepción en sus cercanías geográficas: Cuba, aunque la suma del poder militar mundial le correspondió al primero. Fueron años duros para los cubanos, el desprestigio del socialismo como sistema los afectó profundamente y en tan sólo unos pocos días vieron cómo un edificio económico y social (que los había sustentado por años) se derrumbó estrepitosamente.

Así, aislada y sin la ayuda económica de la única super-potencia sobreviviente, al contrario las presiones, Cuba vivió la peor crisis de toda su historia. Absolutamente todo indicador económico decayó y la población fue la que más se resintió, comenzando a vivir un período de escasez brutal (cuando el 80% de la actividad económica de la isla dependía del bloque socialista. a partir de 1989 desaparecido en apenas tres años). La forma de vida se alteró y los cubanos debieron simplificar su dieta y apiñarse en las esquinas a la espera de una olla popular, además de olvidarse del transporte público por un buen tiempo y acostumbrarse a convivir con frecuentes «apagones». A pesar de todo ello, Cuba no recurrió como en otros casos a políticas de ajuste y así ni un solo hospital debió cerrar sus puertas. Se iniciaba así el «Período especial en tiempos de paz», un proceso de reestructuración y de obligada relación del país con el mundo capitalista que lo rodeaba, sin perder de vista la perspectiva revolucionaria.

Fidel Castro (NYC, 1994, web latinamericanstudies.org)

 

De este modo y dentro de ese marco tan desolador, las esperanzas se cifraron en una figura: Fidel Castro, y la mística revolucionaria que éste alentaba. La desconfianza hacia la contrarrevolución era tan grande que nadie se animó a abandonar el barco. Para colmo de males, Estados Unidos explotaba la imagen de deterioro social creciente, por ejemplo, estimulando la inmigración ilegal. En consecuencia, un aluvión de desplazados se hizo a la mar, los «balseros cubanos» y su trágica condición que los noticieros del mundo en 1994 ilustraron a la perfección, en su camino (o no) a la Florida.

En otro rincón del mundo, el dictador rumano Nicolae Ceaucescu y su esposa fueron ejecutados tras un juicio sumario ante una multitud que fue testigo enardecido de una reacción generalizada contra el socialismo a fines de 1989 en ese país. Para la misma época una denominada «Revolución de terciopelo» cumplió el fin pacífico de la Checoslovaquia comunista. Casi dos años más tarde, a fines de 1991, la Unión Soviética en apenas un mes había dejado de existir barrida bajo los diversos separatismos de sus antiguas repúblicas que la llevaron a la firma de un tratado definitivo de disolución, y así se puede continuar citando casos. En ese momento nadie, ni siquiera la izquierda, pensaba que la Revolución socialista en la isla pudiera sobrevivir (considerando los antecedentes expuestos y el propio calvario local vivido en la isla).

Estados Unidos hábilmente supo aprovechar el momento y aceleró el embate, se creía que un ligero empujoncito bastaba para sembrar la destrucción del sistema. Entonces, restringió el bloqueo y la ley Torricelli de 1992 impidió relaciones de la isla con terceros. Y la posterior ley Helms-Burton (1994) agregó más penuria al cercenar y castigar las inversiones extranjeras sobre la isla independientemente de su origen. Esta medida afectó sobre todo al pueblo cubano, no tanto al régimen, por lo que Castro decidió no liberalizar el sistema ante tales sanciones. Mientras tanto, los planes de la contrarrevolución bullían en intensidad desde Miami, el propósito era crear un vacío de poder que posibilitara el retorno al poder de los desplazados tras 1959. Más tarde la citada ley sería repudiada en diversos ámbitos.

El temor sacudió a todos los que veían con malos ojos una restauración de la derecha en el gobierno de Cuba y, en consecuencia, entraron en acción los defensores de la democracia y de soluciones menos ortodoxas que las planteadas por los neoliberales y los apologistas de la política exterior más «dura» de los Estados Unidos. De este modo, esta última no pudo evitar la llegada de cierto margen de inversiones extranjeras a Cuba y la inyección de divisa extranjera (dólar), despenalizada recientemente, creándose la economía dual que actualmente perdura.

El mercado emergente de la nueva divisa generó una entrada de remesas del exterior abundante (en particular de los familiares en el exilio) que cambió para siempre la principal fuente de ingresos de la isla. También con ello cambió la naturaleza de la migración, ahora los emigrados se iban para poder aportar divisa y así ayudar a sus familiares que quedaron en Cuba. Dicha corriente nueva de emigrados no podía dejar de chocar con la migración «política», es decir los exiliados de la contrarrevolución y sus adherentes. Estos últimos constituyeron la línea dura dentro de la gama de emigrados y el verdadero peligro para el gobierno de Castro, desde el exterior.

Peso cubano convertible (CUC), la «otra» moneda del país

 

Este nuevo esquema dual produjo transformaciones insospechadas en la estructura social cubana, muchas de las cuales serán ampliadas a lo largo de este trabajo. El caso fue que la moneda nacional comenzó a desvalorizarse mientras que el circulante comenzaba a acumularse en el sector que tenía acceso a la «otra» economía, generando inflación. La válvula de escape al tema fue centrar el esfuerzo en la industria del turismo, a pesar de la propaganda desatada en contra del comunismo. Hecho paradójico si se reflexiona bien, sobre todo teniendo en cuenta la caída del Bloque Socialista reciente.

La capacidad hotelera se triplicó a partir de la asociación con empresas extranjeras y, en la mayor cantidad de casos, las inversiones particulares para construir habitaciones para el turista cobraron auge. Los resultados fueron palpables, la economía del país recaudó 11,5 veces más gracias a la incipiente industria turística instalada a partir de mediados de la década de 1990. En pocas palabras, el turismo superaba el azúcar.

Uno de los últimos hechos que presenció Cuba en el Siglo XX fue un ejemplo más de la agresión norteamericana. El 24 de febrero de 1996 tres aviones de esa bandera se introdujeron en el espacio aéreo resultando derribados dos de ellos. Automáticamente el gobierno de los Estados Unidos lanzó una nueva campaña de difamación contra la isla y reforzó las medidas adoptadas con antelación, como la ley Helms-Burton. Quiso culpar a Cuba por la provocación en el marco del Consejo de Seguridad de la Organización de la Aviación Civil Internacional (OCAI), pero dicho Consejo no sancionó a la isla e incluso algunas naciones se declararon en contra del espíritu de la citada ley.

Nuevos intentos de atacar a Cuba se repitieron, esta vez a las orillas de nuevo milenio, en ocasión de celebrarse la X Cumbre Iberoamericana en la ciudad de Panamá (septiembre de 2000), espacio en donde se preveía eliminar a Fidel Castro utilizando para ello los servicios del opositor Luis Posada Carriles, famoso por la voladura del avión de pasajeros de Cubana de Aviación en octubre de 1976, que causara la muerte de setenta y tres civiles. El intento se frustró por la enérgica denuncia hecha por Castro que acabara con el arresto de Posada Carriles y su prisión preventiva.

El pequeño Elián (BBC, 2000)

 

Otro triunfo se adjudicó el gobierno de La Habana: apenas dos meses antes el gobierno cubano había vencido en una querella judicial por la tenencia del niño Elián González Brotóns, pequeño balsero hallado en el Estrecho de Florida y disputado entre su padre y una familia adoptiva cubana en Miami. Luego de varios meses de lucha, el niño se reunió con su padre en esa ciudad para retornar a La Habana el 28 de junio de 2000.

Recapitulando, a partir de 1996 se asistió a una verdadera recuperación (guiada ciertamente por cierta apertura hacia el libre mercado), en los términos del intercambio el comercio con casi ciento cincuenta países, la rehabilitación de algunas industrias y la bonanza en el terreno de la salud pública, la educación y la seguridad social. Por ejemplo, en 2000 Cuba tuvo la menor tasa de mortalidad infantil de toda América Latina. Por último, en cuanto a la legitimidad del régimen, en 1998 las elecciones nacionales para miembros de la Asamblea Nacional dieron su respaldo a los candidatos con el 95% de los votos siendo que se presentó el 98,35% del electorado disponible a cumplir con su obligación. Y lo mismo sucedió con las elecciones municipales, ante un sufragio que no es obligatorio, se presentó el 98,06% del electorado en 2000.

Cuba ha dado la lección al mundo de que otro sistema es posible y que sufrir escasez no ha significado padecer hambrunas (como las sucedidas en la China comunista de Mao), o que si bien hubo desempleo, esto no representó enajenación como en la Europa socialista antes de 1989. Todo ello sin hablar de la represión generalizada, a la cual el régimen de La Habana nunca tuvo que recurrir, al contrario de los gobiernos rumano y chino en 1989. Entonces, a pesar de la crisis del mundo socialista (y la cubana) y del subsecuente reforzamiento del modelo neoliberal en todo el planeta a partir de la década de 1990, el régimen cubano sobrevivió y eso se debió en buena medida a la fuerte cohesión ideológica del mismo, la prevalencia de los aspectos que destacan como virtudes (y su difusión orgullosa), en especial en lo atinente a salud y educación públicas y aparentemente el apoyo popular como base de legitimidad del régimen.

El fin del siglo concluía con una presentación histórica por parte de los cubanos hacia los Estados Unidos. El 31 de mayo de 1999 y el 3 de enero de 2000 el gobierno de La Habana elevó dos documentos denominados «Demanda del Pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos» y «Demanda del Pueblo cubano al gobierno de Estados Unidos por daños económicos ocasionados a Cuba». En éstos se exigía una indemnización de 181.100 y 100.000 millones de dólares americanos, respectivamente, por todos los perjuicios causados por ese país desde 1959.

Washington debió asumir las costas y en 1998 varios países en la ONU también mostraron el rechazo hacia el bloqueo desde la emisión de votos en el citado cuerpo internacional. Sin embargo, la hostilidad norteamericana no mermaría en la siguiente centuria y el principio de un cambio algo tímido tampoco, la apertura hacia la economía de mercado (la cual tuvo al turismo como su protagonista destacado y a la modernización del sistema financiero en segundo lugar, entre otras medidas, con la creación del Banco Central de Cuba -BCC- en marzo de 1997).

 

El comienzo del Siglo XXI. Un régimen en bambalinas

 

En definitiva, llegado el Siglo XXI Cuba mal que bien ha sobrevivido y Estados Unidos reforzó su política agresiva sobre ésta, en especial durante el mandato de George W. Bush (2001-2009). El atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, inauguró una nueva era global y dicho hecho trágico devino un pilar básico en la reestructuración de la política agresiva de esta nación con la premisa de la «guerra contra el terrorismo», lo que dio luz verde para el intervencionismo norteamericano en su versión más cruda en todo el mundo, y en especial en Latinoamérica. Entonces, Cuba no podía permanecer ajena a esos cambios en la modalidad operatoria de la política internacional del gigante del norte. Al respecto, el régimen cubano fue tildado como uno de los principales promotores del terrorismo por Washington, y en Miami se pensó en una posible invasión a la isla al mejor estilo de la padecida por Irak en marzo de 2003.

Desde el punto de vista económico, el 11-S provocó percances en Cuba. Al limitar Estados Unidos los viajes internacionales, disminuyó el turismo en ésta y, por otro lado, también decrecieron en forma notable las remesas de dólares giradas desde el exterior para los familiares cubanos en la isla. Estas últimas operaciones habían permitido el acceso a la divisa extranjera por parte del 60% de la población local. La inversión disminuyó en forma considerable mostrando que ésta fue la peor crisis económica desde que Castro hubiera aprobado la liberalización de la economía a partir del “Período Especial en tiempos de paz”. Por suerte para los cubanos, una ayuda económica apareció en el momento del ojo del huracán, la cual luego se mencionará.

Nuevas medidas fueron el reflejo de una política más agresiva hacia Cuba por parte del «imperialismo yanqui», según las expresiones más en boga de la isla para referirse al principal enemigo. Bush ordenó el refuerzo del bloqueo, limitó el envío de remesas del exterior a un mínimo anual, anuló los viajes de los norteamericanos a la isla (ya que hasta el momento se otorgaban licencias especiales por razones culturales y académicas) y restringió la visita de cubanos desde el exterior a sus familiares en la isla por un período de cada tres años, acotando el espectro de familiaridad al limitar dichas estadías al primer grado consanguíneo.

 

Los cinco héroes cubanos (Telesur)

 

La dureza del período de transición no cedía, y tampoco la presión del gigante del norte, consecuencia del descontento social (y el de la oposición en el exilio) por lo primero. El reflejo de las tensiones se manifestó en un nuevo escándalo cuando en diciembre de 2001 cinco cubanos que monitoreaban la actividad anticastrista en Miami, fueron condenados bajo la acusación de “crimen de espionaje”. Tras los juicios fueron confinados a prisión en sedes distantes a lo ancho del territorio norteamericano. A la crisis económica también respondió la llegada de un flujo inmigratorio más grande que el de 1994, procedente de Cuba. Ello planteaba una buena excusa al presidente Bush para tramar una invasión directa a la isla, mientras crecían los casos de secuestros de aviones y embarcaciones durante todo 2003 de los cuales Castro pensaba, se trataba de una oleada de conspiraciones del enemigo. No se equivocaba. La reacción castrista fue la de reprimir a la oposición, contándose setenta y cinco contrarrevolucionarios presos con penas que superaban los veintisiete años de encarcelamiento. Tres de ellos recibieron la pena capital el 11 de abril de 2003. Toda esta reacción cubana fue mal vista en el exterior.

Tema candente: el embargo. De a ratos el Comandante en Jefe de Cuba argumentaba que una de las causas de las penurias vividas en Cuba correspondía a dicho asunto. No obstante, como dijera con toda razón el ex presidente norteamericano Carter en su visita a La Habana (mayo de 2002), a pesar del embargo, la isla mantenía relaciones con otros cien países del mundo. Pero los motivos principales para no levantarlo eran de corte político. El gran peso electoral de la comunidad cubana en Miami marcaba la pauta de lo que era correcto hacer para los Estados Unidos. Y eso pesaba a la hora del escrutinio.

En contrapartida, Castro se negaba a emprender la apertura del régimen alegando todos los años de agresión norteamericana, condensados en una expresión del ex mandatario Carter caracterizando las relaciones cubano-norteamericanas como un “estado destructivo de beligerancia”. Y la continuidad de esa agresión imposibilita al líder de la Revolución entregar el poder a los aliados de su principal enemigo.

Ante esa negativa oficial, el presidente Bush en 2004 reforzó los términos discursivos del embargo y planeó el derrocamiento de la Revolución y la consecuente instalación de un régimen que lo sucediera bajo el «Plan para la Transición Democrática en Cuba», acciones tendientes a la aceleración de la caída del régimen y la imposibilidad de que sucesores de los Castro se hicieran con el poder, desmantelando todo el sistema cubano actual de educación y salud públicas. Este plan realizaría los sueños de la oligarquía cubana en el exilio, además de satisfacer sus aspiraciones en vista de su fuerte peso electoral en los Estados Unidos, aspecto crucial para la gestión Bush.

La Ciudad de Miami (EF)

 

Fue significativo (y continúa siéndolo) porque los cubanos en Miami forman la principal comunidad latinoamericana de todo el país siendo que en dicha ciudad para 1990, de 1.600.000 habitantes latinoamericanos, la mayoría eran cubanos. Esos son los habitantes de la “Pequeña Habana”. Y para 1997 eran ya 1.156.000 entre inmigrantes y descendientes en todo el suelo de los Estados Unidos.

La economía todavía no alcanzaba los números previos a 1989. Es más, con la crisis incrementada por el estallido de la guerra en Irak de 2003 y la huelga general de Venezuela, el barril de petróleo trepó enormemente en su valor. En consecuencia, entre varios percances, se debieron suspender cosechas y la zafra azucarera de 8.000.000 de toneladas disminuyó a 1.500.000, por ende. Asimismo, las dos economías paralelas generaban una brecha insalvable entre quienes tenían acceso al dólar y aquellos que percibían sus salarios en moneda nacional desvalorizada.

En un intento por unificar el panorama monetario, Castro dispuso en octubre de 2004 que la población abandonara el dólar y cambiara esta paridad por el nuevo peso cubano convertible (CUC). Aunque, de todas formas, esa medida tampoco pudo disminuir la brecha social, si bien castigó la “moneda” del enemigo y logró sustentar un mayor nivel de solvencia para el sistema financiero, poniendo por caso el pago de la deuda externa. El CUC se homologó de alguna forma al euro, brindando testimonio de la forma en que Cuba se venía vinculando desde hacía tiempo con la Unión Europea. La intención de Castro era revalorizar e igualar las dos paridades vigentes en la isla. Y también continuó el plan de apertura de la economía de mercado, con varias empresas asentándose en Cuba y produciendo gas y petróleo, siendo el último el que logró generar más del 83% de la energía local.

Nuevos socios económicos aparecieron en el ámbito de las relaciones internacionales para Cuba, algunos distantes y otros no tanto. Uno de los cercanos fue Venezuela, quien reemplazó a la extinta Unión Soviética. A pesar de la enemistad histórica que Estados Unidos mantuvo con Cuba, actualmente esta última no está sola.

La Revolución Bolivariana emprendida por el presidente Hugo Chávez desde 1998 ha acercado a ambos gobiernos y la ecuación se resuelve de la siguiente forma: Cuba aporta el capital humano y Venezuela el económico (como en 2002 para resolver en parte la crisis del país caribeño mediante el suministro de petróleo, como se aludió párrafos atrás). Ambos regímenes comparten bastantes elementos y los ha aproximado una visión compartida respecto al futuro de una América Latina desafiante al modelo neoliberal y la primacía de Estados Unidos sobre la región, encarnada en el proyecto del ALCA. No está de más formular que todo vehículo oficial en Cuba también porta la bandera venezolana. Esto muestra la profunda hermandad entre las dos Repúblicas, vinculadas éstas a un pasado común de luchas. Al respecto, las figuras de José Martí y Simón Bolívar lo dicen todo, y la monumentalidad urbana lo pone de manifiesto.

También Cuba buscó la asociación con el Mercosur, al que Venezuela buscaba integrarse. El 20 de julio de 2006 en la provincia argentina de Córdoba, Castro firmó un acuerdo de Complementación Comercial. Este avance iba en detrimento de las intenciones de la gestión Bush de procurar el aislamiento cubano y los vínculos con naciones para nada lejanas.

Otro socio más distante geográficamente pero no por eso menos poderoso, fue China. Tanto como Venezuela, ésta ayudó a impulsar el desarrollo cubano, y eso se vio en las cifras reflejadas en el comercio internacional: básicamente éste creció de 551 millones de dólares a 775,3 en apenas un año, hasta octubre de 2005. El país asiático logró ubicarse tras el mundo de posguerra fría como uno de los polos de desarrollo mundiales y, aprovechando el espacio cedido por Estados Unidos y la Unión Europea, ingresó en la zona del Caribe como un factor de peso a no ser desmerecido.

Centro Habana (foto del autor)

 

En definitiva, la búsqueda de todos los nuevos contactos descriptos aseguró la supervivencia del régimen. Pero en el umbral del cambio de década del nuevo siglo, las dudas prevalecen. Si bien es cierto que el régimen festeja sus logros en materia de bajo desempleo, construcción de vivienda y enorme inversión en ciencia, educación y salud, no obstante presenta problemas como la dependencia de la importación de alimentos, la persistencia del embargo norteamericano, la crisis del transporte público y de la cuestión habitacional, así como altos niveles de corrupción y una estructura productiva a la que no le faltan vicios, como salarios muy bajos y un sistema que no premia el esfuerzo en general. A esto debe sumarse, desde la faceta política, el recambio de autoridades de la Revolución a partir de 2006 que arrojó serias dudas sobre la continuidad de todo el sistema.

Raúl Castro (Wikipedia)

Tras los problemas de salud de Fidel Castro que llevaran a la sucesión presidencial del 31 de julio de ese año, su hermano Raúl llegó al poder, aunque ya estaba, previo a ese traspaso de mando, una nueva generación instalada en el mismo. Si bien este cambio institucional fue pronunciado -erróneamente- como una victoria por la oposición, el régimen perdura y a pesar de no poder concretar una transición hacia el capitalismo por no deshacerse del marco de una economía centralizada, la Revolución se llevó la ventaja histórica de haber sido la peor derrota política de Estados Unidos en toda su existencia, a pesar de su inmenso poderío a todo nivel. Para bien de sus seguidores, y para perjuicio de sus detractores, Fidel Castro se ha convertido en un ícono del siglo XX.

 

Bibliografía consultada:

 

* Arboleya Cervera, Jesús. La Revolución del otro mundo. Un análisis histórico de la Revolución Cubana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 2007, Biblioteca Sur (N° 3). Capítulos 7 y 8, pp. 165-225.

* Buajasán Marrawi, José, y Méndez Méndez, José Luis. La República de Miami. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 2005, 2ª edición. Capítulos I y V, pp. 9-114 y 304-328.

* Cantón Navarro, José. Historia de Cuba. El desafío del yugo y la estrella. Biografía de un pueblo. Editorial SI-MAR, La Habana, Cuba, 2001, 2ª edición. Capítulos XVI, XVII, XVIII y XIX, pp. 181-288.

* Gleijeses, Piero. Misiones en conflicto. La Habana, Washington y África 1959-1976. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, Cuba, 2007, 3ª edición. Capítulos 1, 5, 6 y 10, pp. 23-52; 162-218 y 335-360.

* Moniz Bandeira, Luis Alberto. De Martí a Fidel. La Revolución cubana y América Latina. Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, Argentina, 2008. Colección Tiempos de Cambio. Capítulos X y XVIII, pp. 265-293 y 525-555.