Fiebre negra (una lectura sobre la negritud en Buenos Aires)


Obra:
Fiebre negra.
Autor: Miguel Rosenzvit.
Editorial: Planeta.
Año de publicación: 2008.
Lugar: Ciudad de Buenos Aires, República Argentina.
Lo que sigue es el análisis de una novela argentina que trata lo negro y las consecuencias que se derivan de su lectura desde un punto de vista académico en consonancia con la temática afro en el país. Es otro triste testimonio que nos recuerda y hace reflexionar que la historia argentina pertenece a un país que vive su racismo a toda hora.

El autor
Si bien en Argentina existe una literatura que en cierta forma da cuenta del sujeto afroargentino pero no como protagonista sino en posición de inferioridad como se aprecia en las obras más ilustrativas Amalia, de José Mármol, o El Matadero, de Esteban Echeverría (Schávelzon, 2003:34-35), recientemente, y dentro de un mercado editorial que no se caracteriza precisamente por anunciar novedades que tengan como referente o traten de lo negro en la Argentina, la publicación de Fiebre negra, del autor argentino Miguel Rosenzvit (1969), en 2008 por Planeta de Buenos Aires, fue novedosa y la obra un estímulo más que suficiente para emprender una revisión crítica de ciertos presupuestos sobre los que se basa la construcción identitaria en nuestro país, junto a una pintoresca descripción de la Buenos Aires del siglo XIX.
El punto es que falta novelar al negro en el país. No obstante este vacío literario en la existencia de obras con el negro como protagonista, resulta alentador que la tirada se agotara rápidamente. Además, el autor, Licenciado en Ciencias de la Computación, obtuvo el Premio Planeta 2007.
Fiebre negra es una novela histórica que se toma el tema negro con seriedad. Si bien la literatura argentina abunda en narrar historias de amor en el pasado, la presente tiene un trasfondo bien diferente, si bien incluye dicha trama. Se observa que el autor emprendió una reconstrucción histórica y una revisión crítica de la bibliografía sobre el negro en Argentina, antes de comenzar a desarrollar su trabajo. En cierta forma, como se verá, el mismo, desde cierta ignorancia, debió empaparse progresivamente sobre el tema tal como lo hace uno de los personajes principales, Diana, la antropóloga curiosa de Barrio Norte, protagonista de la historia que tiene su marco temporal en 2008. De algún modo, Rosenzvit nos enseña que todos podemos ser como esa joven curiosa, si se tiene la voluntad de traspasar mitos y barreras.
Con tan solo apreciar la portada del libro, se recrea la atmósfera que invita al lector a presuponer la temática de la novela, a partir de un juego de colores con una tapa amarilla en la que se estampa su título en grandes letras negras. La idea inmersa en las dos tramas que transcurren alternadamente es fuerte y llama a romper el silencio. Se habla a viva voz del racismo. Los protagonistas de un relato que transcurre entre 1820 y 1871 son en su mayoría negros, afroargentinos, o como se los prefiera denominar. El autor recorre en 234 páginas la historia de Joaquín, un negro liberto nacido en la misma casa y momento en que la patrona de su madre Angelita, Raquel, concibe a quien será el amor de su vida, Valeria. Ella blanca, él negro, será un amor difícil por las limitaciones de una época en que la barrera de color era todo.
En el relato del siglo XIX la novela recrea la noción de una “Argentina negra”. Se pueden reconstruir varios retratos. La imagen de las lavanderas negras a orillas del Río de la Plata, cuando Joaquín es un niño y busca a su tía Mimí, una liberta gracias al sacrificio de su marido quien entregó la vida al servicio del General San Martín una década atrás. Los rigores de la condición de ser negro, como cuando él a los diez años es sometido a ronda de latigazos por haber robado caballos e irse a galopar con Valeria, matando a dos que sucumben a los perros cimarrones. La organización negra en forma de naciones, como la del negro Somiz quien se hace pasar por su tío. Los angoleños desfilan varias veces en la novela en ocasión de los carnavales, en donde se describe a los negros como faroleros. Como tantos otros de su estirpe, Joaquín tuvo varios empleos: copista, editor, periodista, también soldado. Las filas de combatientes negros sufriendo el frío y el hambre en la campaña de 1840, en vísperas de la batalla de Sauce Grande, son otra imagen típica del afroargentino, en su rol de carne de cañón de las guerras fraticidas que desgarraron el siglo XIX, relato que ocupa una parte de la vida del protagonista liberto. Hacia el final de la trama aparece el papel del negro frente a la “invasión” del inmigrante encarnada en José, trabajador afro de un matadero, que mata a un recién llegado y es echado de su trabajo.
Lo que mejor describe la novela es la sensación de desamparo del negro frente a la injusticia de un sistema que no le adjudica ninguna virtud, ni le reconoce absolutamente nada. Se leen frases como “Los negros no escriben” (Rosenzvit, 2008:29), “Nos toman como monos” (Rosenzvit, 2008:207), o el reto blanco frente al hecho que Joaquín pronuncia “Baleguia” y no Valeria (Rosenzvit, 2008:35). Asimismo, Joaquín solicita al Estado un subsidio para financiar su diario “Tinta negra” y se lo niegan tras aplazar la respuesta múltiples veces. Allí es donde el protagonista se queja amargamente de su condición de marginado debido a su color de piel.

Obra del pintor Juan Manuel Blanes (Biografías y Vidas)

La historia entre la pareja, no reconocida por las evidentes diferencias sociales y raciales, tiene su clímax en 1871 cuando Joaquín encuentra la muerte junto a su sobrino Lucas al ser ocultados de las autoridades que iban a quemarlo todo ante un brote de fiebre amarilla. Valeria los encierra en un recinto del hogar que los vio nacer, pero de nada sirve para salvarlos, puesto que las autoridades preventivamente deciden tapiar el recinto donde tío y sobrino se escondieron para evitar la propagación de la enfermedad. Son dos víctimas más, aunque no por efecto directo de la epidemia, de algún modo del racismo de la época. Si los hubieran visto cruzando el cordón sanitario los hubieran acribillado y más por su condición negra. El racismo está a flor de piel. Los negros eran acusados de ser los culpables de la enfermedad, que éstos la llevaban en la sangre. Con esto último se cierra la observación precedente sobre el juego de color en la tapa de la novela que publicó Planeta. También resulta amarga la queja de que esclavos y libertos tuvieron las tareas más penosas en 1871 cuando cundió la epidemia, como, por ejemplo, sepultureros (Rosenzvit, 2008:232).
Además, la novela traslada el racismo a un tiempo más cercano, en la historia de Diana, la antropóloga que en un primer momento comparte el desconocimiento del común sobre la presencia africana en el pasado argentino, pero que, gracias a una mansión deshabitada que hereda, donde transcurrió hace 131 años la historia de Joaquín y Valeria, irá empapándose de la atmósfera histórica con vestigios que somete a riguroso examen y con los cuales emprende una investigación antropológica amateur, que se entrecruza con su delicada situación sentimental. El hecho de haber heredado la sumerge en el propio pasado negro desde un punto de vista sentimental, al tener una familia que en su momento tuvo sirvientes negros y unos antepasados que interactuaron con ellos. Por su parte, el ocaso de la relación con su pareja actual, Luis, y el ingreso en su vida de Marco -un físico desordenado que en su casa colecciona cables, circuitos, etc. y se llama igual que la mascota de Diana, un mono- van entretejiendo la historia, al compartir con el muchacho el interés por los hallazgos y a quien conoce en la Biblioteca Nacionalal interiorizase sobre el pasado afroargentino. En una palabra, se embeleza con ambos y entre el fluir de sus dos intereses y los saltos de ida y vuelta con la historia del siglo XIX, la trama entera se torna atrapante.

Líneas atrás se mencionó la noción de una “Argentina negra”. Este país existió, pero hoy se supone ha desaparecido. Entonces, si el denominado afroargentino no existe actualmente, allí entran a jugar los estereotipos, que remiten a una presencia colonial y, por ende, no argentina. De tal modo en la representación aparecen pregoneros, aguateros, lavanderas (presentes al comienzo de la obra, antes de robar los caballos Joaquín), vendedores de empanadas (en una escena Rosenzvit menciona una) y/o de velas, en suma, imágenes que escenifican el acto escolar típico de cada 25 de mayo. En forma similar, ciertos elementos culturales que definen lo argentino, para el común no guardan la más mínima relación con el negro en su dimensión histórica, por ejemplo, la parrillada y el tango. Un caso parecido se da respecto del principal aeropuerto del país, Ezeiza, nombre que coincide con el más reconocido payador afroargentino, si bien no se le hizo justicia porque lo que debiera ser su reconocimiento, es en realidad la denominación de la localidad que no guarda relación con ese personaje. Con tal carga de negación sobre la presencia africana en suelo argentino, no es extraño que al hablar de “negritud argentina” (Solomianski, 2003:16) se construya la noción de oxímoron, una excentricidad que resulta de una mezcla de ridiculez y broma de mal gusto racista, sumado a caras incrédulas que replican que en las calles de Buenos Aires no se ven negros (y caso contrario, si los ven, respondan que son de la camada de inmigrantes de países africanos que llegaron al país hace unas pocas décadas).

Sin embargo, los insultos más corrientes involucran (casi sin pensarlo) al negro. En efecto, la invención del término “cabecita negra” (Solomianski, 2003:255), entendido como la forma más elocuente de caracterizar el perfil social que generó la irrupción de masas en época peronista, introdujo al afroargentino en el corazón de las representaciones colectivas a mediados del siglo XX, y continúa lo negro siendo usado en forma despectiva. La expresión “negro cabeza” o “negro de mierda” refiere a unas de las calificaciones más utilizadas para describir a los sectores bajos, muchas veces ligada a los inmigrantes de países limítrofes y no precisamente, a los africanos o lo que debiera tener alguna relación con el continente “negro”. Es decir, como por ejemplo reflejan los actores escolares, que si se ha llegado ala Argentina (el acto del 9 de julio), entonces el negro no está. Pero es evidente que las huellas que se supone dejó, no desaparecen y, como se vio, un vistazo a algunos de los insultos actuales permite constatarlo.

Agravios similares se observan en la novela, por ejemplo, en la comparación del negro con el mono. “¡Monos, hijos de puta!” (Rosenzvit, 2008:42), se lee de un diálogo. Hoy día, también, mono es un apodo amistoso, o bien un insulto que denota cierto grado de primitivismo y salvajismo, como el adjudicado siempre a África y todo lo que emana de ésta. En una palabra, lo negro hoy se usa despectivamente pero sin ligarlo a la cuestión de la piel, más bien a una condición marginal, como en la novela aparece una banda, “Los 5 Salados”, de delincuentes negros, todos lisiados, que la policía increíblemente no podía capturar.

Para apreciar esa “Argentina negra”, hay que centrarse en las cifras. Según datos de la propia comunidad afroargentina, se registraban en 1998 un millón de individuos de origen afro en Argentina. De entre éstos, entre 8.000 a10.000 son descendientes de caboverdeanos, quienes llegaron al país entre finales del siglo XIX y principios del XX, instalados principalmente en La Boca y Avellaneda (Picotti, 1998:44). Resulta interesante interrogarse acerca de por qué, a pesar de esta cuantiosa presencia numérica, aun continúa escuchándose la frase “En Argentina, negros no hay”. Se puede introducir una explicación y es que cuando un dato incorrecto se repite como cierto hasta el hartazgo, allí se está en presencia de un mito. Si en el país no hay negros, existe una historia de negación que se cimentó como verdad, es decir, se ha mitificado un relato. Dicha construcción mítica explica el desinterés y/o, como constata Diana en una reunión con amigos al conversar del tema, la desinformación sobre la temática negra (Rosenzvit, 2008:117).
El mito de la desaparición del negro, del que da cuenta la antropóloga incursionando en el tema, responde a explicaciones históricas. En la Biblioteca Nacional consulta bibliografía sobre el tema y diarios negros. Respecto de los últimos, se asombra al comienzo de que los negros escribieran, puesto que en el cuarto de servicio de la mansión halló hojas, pluma y un tintero, frente a su idea previa del analfabetismo casi completo de la población esclava.
Como plantea el investigador Reid Andrews, de cuya obra citada al término de estas páginas es la que más apasiona y concentra la atención de Diana en la tarde de lectura, las causas se pueden agrupar y sintetizar en cuatro temas básicos a lo largo del XIX (Reid Andrews, 1989:10). El primero es la guerra. Como también destaca Rosenzvit, es bien conocido y suficientemente abordado el empleo como carne de cañón de los soldados afroargentinos durante el ciclo de guerras entre 1810 y 1870. Los negros lucharon en los ejércitos revolucionarios (o realistas) y más tarde contra los indios, los brasileños y los paraguayos. La sumatoria de todos los conflictos bélicos redundó en una importante merma de la población masculina que llevó a la imposibilidad de reproducción física del grupo. Para 1869, en los postrimerías dela Guerra del Paraguay, constituye un lugar común señalar que el grupo estuvo prácticamente liquidado. Sin embargo, no es el caso del protagonista Joaquín quien, tullido a consecuencia de las batallas, la sobrevive.

El segundo es el mestizaje. Las mujeres negras, enfrentadas a la escasez de hombres negros y con la posibilidad de la mezcla racial como meta para conseguir el ascenso social al generar una descendencia más blanqueada, buscaron las uniones con blancos contribuyendo al blanqueamiento de la población aprovechando un momento de masiva afluencia de inmigrantes europeos “blancos” a partir de 1850. Este “aluvión inmigratorio” terminó apagando la presencia africana en Argentina. Entre 1880 y 1900 casi un millón de europeos se asentó en Argentina, si en 1855 menos de la población de la mitad de Buenos Aires había nacido en el extranjero, para 1895 esa proporción se elevó al 75% (Reid Andrews, 1989:211). Se tiende a generalizar que el negro se fundió en lo que se esboza como la tan celebrada teoría del “crisol de razas”, de lo que surgiría un carácter americano común dentro de la presunción que el negro no tuvo ningún aporte interesante que legar al conjunto (Picotti, 1998:27).

El tercer tema es la baja tasa de natalidad y la alta tasa de mortandad, con el episodio coyuntural de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 en la ciudad de Buenos Aires. Ubicados en lo más bajo de la escala social, al negro no siempre le era fácil vivir y su esperanza de vida era mucho más baja que la del hombre blanco al llevar un ritmo de vida más deficiente en comparación. En efecto, se sostiene que la referida enfermedad se ensañó más contra los grupos desprotegidos, como los afroargentinos. Sin embargo, en la novela se aprecia a varios negros haciendo frente a la fiebre amarilla, y ni siquiera infectados por este mal. Este factor agrega que la tasa de mortalidad infantil en este sector fue una de las más altas de toda la sociedad (en contraste, aunque en forma simbólica, puede decirse que Joaquín es testigo de ver a un negrito que se cura de la infección infringida por la mordedura de un perro). Por último, siguiendo la explicación, la inmigración masiva también atentó contra el modo de vida afroargentino puesto que algunos de los oficios clásicamente ejercidos por éstos pasaron a ser ocupados por los recién llegados produciendo varios conflictos (Reid Andrews, 1989:214-216). Esto último aparece en la novela a partir de las quejas de José, el matarife.

El último ítem es la disminución del tráfico negrero, el cual comenzó con intensidad a partir de 1813, puntualmente el decreto del 9 de abril de 1812 que impuso la prohibición absoluta de ingreso esclavo. En el relato de Rosenzvit se dice que para 1864 no era bien visto tener esclavos. Si se la suma a los tres factores anteriores, entonces se explica que no hubo posibilidad de recuperar la cantidad de individuos y así la comunidad se vio sometida a una extinción gradual. Ahora bien, estas explicaciones que pueden parecer lógicas, adolecen de una característica: no han sido probadas (Reid Andrews, 1989:11). No obstante, no se niega la merma demográfica, pero sí los enfoques más recientes han cuestionado la pretendida desaparición total del afroargentino, poniendo en tela de juicio el mito referido, tal como lo hace Fiebre negra.

En otras palabras, se han exagerado las explicaciones para fundirlas en el punto de negar la presencia actual afro a partir de la extinción de todos sus individuos en el pasado. Hoy se sigue repitiendo que en Argentina no hay ni hubo negros, ese sentido común que Diana logra vencer y le lleva a comentar a su entrevistada afrodescendiente de San Justo, Eva Sevilla, que cerca del 10% de los argentinos tiene ancestro negro (Rosenzvit, 2008:179). Entonces, aquella frase negadora que tantos repiten como verdad absoluta enraizada en el sentido común, choca con la evidencia histórica. Por caso, en el período colonial hay datos más que suficientes para probar que el afroargentino era población abundante en el orden colonial.     

Es que esas cifras son contundentes. Según el censo de 1810, los pardos y morenos sumaban 9.215 habitantes de una población total de 32.558, en Buenos Aires (Reid Andrews, 1989:10). Para 1778, en el primer censo de lo que luego será territorio argentino, de 200.000 habitantes censados en el recientemente creado Virreinato del Río de la Plata, unos 92.000 eran negros y mulatos, un 46% del total (Picotti, 1998:18), mientras que unas décadas antes (1730) un padre jesuita calculaba 20.000 negros en Buenos Aires, más de la mitad de la población de una ciudad que siquiera superaba los 40.000 habitantes. El ingreso de esclavos al Río de la Plata, desde donde eran distribuidos al interior del territorio, fue constante. De casi 10.000 esclavos introducidos al puerto entre 1715 y 1752, más de las tres cuartas partes fueron enviados al interior (Reid Andrews, 1989:33). Así, por más que se haya narrado otra historia, lo anterior explica cómo algunas provincias de la futura Argentina tuvieron porcentajes de población negra superiores al 50% en el siglo XVIII. Los negros fueron el 64% de la población tucumana, 54% de Santiago del Estero, 52% de Catamarca (Schávelzon, 2003:16) y, durante las invasiones inglesas, el 30,1% de la población porteña.
El negro en Argentina (y no solo allí) fue partícipe del sistema capitalista y si pudo ser marginado de varios ámbitos, no lo fue del económico. Resulta un lugar común de la historia colonial indicar que el negro realizó la mayor parte de los trabajos en buena parte de la América hispano-colonial, sobre todo aquellos más desagradables e insanos (en efecto, Rosenzvit lo menciona en el momento de la fiebre amarilla de Buenos Aires). Fue la base de la pirámide laboral pero a la vez su estrato inferior (Picotti, 1998:89). La dependencia del trabajo esclavo era altísima y se debió a que los españoles no querían trabajar. Se afirma que si toda la población esclava de la ciudad Aires hubiese desaparecido en 1800, la actividad económica se hubiera detenido en tan solo unas pocas horas (Reid Andrews, 1989:38). Entonces, prácticamente no fueron excluidos de ninguna actividad productiva (Solomianski, 2003:72). Rosenzvit asume el papel de trabajador del negro y, como se ha mencionado, a Joaquín a lo largo de su vida se lo ve transitar por varias ocupaciones. A mayor abundamiento, en la novela corre el año 1864 y el periódico del liberto reconoce el aporte afro al progreso de una Buenos Aires que ha cambiado frente “a las opiniones blanqueadoras de los jerarcas del país” (Rosenzvit, 2008:198).
El “blanqueo”. Los negros no desaparecieron por arte de magia. La responsabilidad fue de una sociedad liberal decimonónica que logró su principal meta, construir la nación más blanca de América, una suerte de “mentira oficial” según le explica su entrevistada a Diana (Rosenzvit, 2008:177). Uno de los intelectuales más destacados de la época, José Ingenieros, en 1901, como teórico de la blancura racial, propuso, respecto del negro, protegerlo para que “se extinga agradablemente” (Schávelzon, 2003:25). No se está en presencia de una desaparición gradual sino de un “genocidio discursivo” que resulta de la forma en que se une el discurso al racismo. Si el discurso racista es muy frecuente en América Latina, una forma extrema del mismo es la negación. Las élites simbólicas lo reproducen a todo nivel social para permanecer en su posición dominante. Por eso no resulta casual que cuanto más en eclosión estuvo la vida negra (en la segunda mitad del siglo XIX), más se silenció su presencia. La negación discursiva fue la mejor forma de provocar el efecto desaparición o, según varios autores, la naturalidad con que se asumió la invisibilización del actor negro en la identidad cultural nacional (Solomianski, 2003:61).
El negro fue borrado en imagen ideológicamente primero y luego, en forma material, del imaginario nacional. “Le daban un lugar casi decorativo en Buenos Aires”, resume Diana (Rosenzvit, 2008:78). De tal modo se entiende que los afroargentinos hayan sido desplazados por los intelectuales y sus colaboradores que forjaron el mito de la “Argentina blanca” (Reid Andrews, 1989:131), como el caso de Ingenieros, entre muchos otros. Se está ante el no reconocimiento y la represión de la representación de este grupo étnico en la configuración del imaginario nacional y del relato histórico resultante. En cambio, se convirtió al indígena en el símbolo de la resistencia mítica a la dominación blanca. Se trató de apurar el asunto, de eliminar todo rastro de la heterogeneidad étnica de la Buenos Aires anterior a la época de la generación de 1880 que ensalzó la “blancura argentina” (Schávelzon, 2003:178-179).

 

El negro fue olvidado. Pero con tal olvido se observa que él colaboró de alguna forma. La categoría “trigueño” que aparece en varios censos del siglo XIX (con mayor presencia en otras regiones de Hispanoamérica), fue aceptada por los negros porque permitió el ocultamiento del ancestro africano y la elevación social, convirtiéndolos en un intermedio entre la negritud y la blanquitud. En el censo el individuo figuraría como blanco en lugar de negro o pardo. En consecuencia, este fenómeno llevaría a pensar que la supuesta desaparición de los afroargentinos en realidad estriba en una mera cuestión estadística conducente a un proceso de blanqueamiento (Reid Andrews, 1989:101-103). En otros términos, dada la discriminación existente, el negro debió autoimponerse el blanqueo para mejorar su status. El hombre de color, solo a efectos estadísticos, racialmente tomó la categoría de blanco. En efecto, en la novela Eva Sevilla le comenta a Diana en un momento de la entrevista que reconocerse como afrodescendiente, hasta hace pocos años, era muy vergonzoso (Rosenzvit, 2008:178).

Resulta interesante de la novela que su relato permite de algún modo reconstruir una arqueología histórica de lo urbano que incluye el elemento africano, siempre invisibilizado y hoy ausente a la vista en la ciudad o en evidencia documental. Esa presencia se dispara a partir del hallazgo arqueológico encontrado por Diana en el caserón que hereda. La cuestión de la materialidad del negro en Buenos Aires es un complejo objeto de estudio que ha comenzado a aflorar en los últimos años. Es un puntal más para denunciar la invisibilización del colectivo afro y manifestar sus diversas formas de resistencia al sistema colonial y el dela República. En la novela se ve la apropiación negra del espacio. Eran dos los sitios de la ciudad en los que el blanco no ingresaba: la costa del Río, espacio exclusivo de las lavanderas (como las describe Rosenzvit) y los barrios con mayoría de población afro, denominados “barrios del tambor” (Schávelzon, 2003:86). Rosenzvit al menos da cuenta de la servidumbre urbana al describir la vida en la casa de Joaquín y Valeria, temática de la que se sabe muy poco ya que no dejó registros en la memoria arqueológica.

Dentro del mito de la desaparición, se desprenden otras dos “mentiras oficiales”. Primero, siempre tuvo fama la idea de que la esclavitud en el Río de la Plata fue benévola. Esta visión comenzó a ser cuestionada en años recientes ya que se sostiene que el buen trato en la ciudad no existía más que en algunos casos excepcionales y, sobre todo, en la imaginación de quienes más tarde escribieron la historia oficial. La mayoría de los libertos accedió a su libertad por compra; el resto por otros motivos (como por haber combatido, tal el caso del tío de Joaquín) pero no por la indulgencia del amo. En segundo lugar, la pasividad del esclavo. Se demostró que la resistencia no estribó tanto en las huidas o el choque como en otras regiones coloniales, sino en efectos simbólicos como la persistencia disimulada de la religión africana en el cristianismo impuesto, o la existencia de barrios negros. Pero estuvo bien presente (Schávelzon, 2003:23). En la novela aparece un Joaquín insumiso que se va de cabalgata sin el consentimiento del amo.
Para finalizar, una cuestión que se pierde de vista muy a menudo. La conquista y sucesiva colonización del continente americano se trató de una empresa tripartita: el aporte hispánico, la componente amerindia y la significativa contribución africana. Buenos Aires fue tan difusora de la blanquedad tras la colonia como de la negritud en dicha época, aunque de seres humanos rebajados (Solomianski, 2003:70). La novela reseñada permite pensar la cuestión negra en Argentina desde una perspectiva no académica, más accesible al público en general, y a la vez es una invitación e introducción a quien quiera incursionar en el tema desde el desconocimiento previo. En otras palabras, la obra efectúa un aporte para dar cuenta de un mito de origen y, lo más sugestivo, posibilita pensar formas de derribar la equívoca noción de que Argentina no tiene la más mínima raíz afro.
BIBLIOGRAFÍA
Obra literaria analizada
•          ROSENZVIT, Miguel. 2008. Fiebre negra. Editorial Planeta. Buenos Aires.

Obras consultadas

•          PICOTTI, Dina. 1998. Presencia africana en la Argentina. Ediciones Del Sol. Buenos Aires.

•          REID ANDREWS, George. 1989. Los afroargentinos de Buenos Aires. Ediciones de la Flor. Buenos Aires.
•          SCHÁVELZON, Daniel. 2003. Buenos Aires negra: arqueología histórica de una ciudad silenciada. Emecé Editores. Buenos Aires. Disponible: http://www.raizafro.com.ar/libros/BuenosAiresNegra.pdf. Consulta: julio de 2013.
•          SOLOMIANSKI, Alejandro. 2003. Identidades secretas: la negritud argentina. Beatriz Viterbo Editora. Buenos Aires.

 

Publicado en:

http://www.africafundacion.org/spip.php?article15395