Haití: una Revolución impensable

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Toussaint L’Ouverture, líder de la Revolución Haitiana.

 

Haití, un país olvidado y pobre, dispara la efeméride de hoy junto a algunas reflexiones. El 23 de agosto se conmemora a nivel mundial el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, para recordar uno de los delitos más grandes de la historia, la Gran Trata Atlántica, declarada delito de lesa humanidad en 2001, causante de la llegada, en la diáspora involuntaria más grande de la historia, de unas 10 millones de personas esclavizadas de África a América. Lo anterior, sin contar todas las que murieron en el viaje atlántico y en la captura en suelo africano, a raíz de lo cual algunos investigadores hablan de hasta 50 millones de vidas perdidas en poco más de tres siglos de duración de este negocio infame.

Isla alborotada

El ciclo que desencadenó la Revolución Haitiana (1791-1804) tuvo lugar entre la noche y madrugada del 22 y 23 de agosto de 1791, un gran levantamiento de población esclavizada que devino en el único movimiento liberador afro victorioso en el mundo, en una colonia fundamental de Francia por su producción azucarera y líder global en el sector en el siglo XVIII. Las masas serviles fueron capaces de expulsar/aniquilar a los amos de la isla caribeña, obtener la libertad, e independizar del yugo francés a la segunda nación de América y la primera latinoamericana. Sin dudas, acuerdan quienes la analizaron, lo ocurrido en Saint-Domingue fue la revolución más radical de América y compone parte del ciclo de “Revoluciones Atlánticas”, ninguneada por su origen negro, pero de tanto valor como lo sucedido en Francia y los Estados Unidos previamente.

El movimiento insurrecto estuvo capitaneado por un liberto instruido, Toussaint L´Ouverture, quien se había unido a dos meses de su inicio. En su proclama de agosto de 1793 sentenció: “Yo soy Toussaint L´Ouverture, quizá conozcan mi nombre (…) quiero que en Saint-Domingue reinen la libertad y la igualdad. Desde el comienzo he trabajado para que eso ocurra y para traer la felicidad a todos. Únanse a nosotros, hermanos, y combatan por la misma causa. (…) Soy yo quien ha emprendido esta lucha y quiero luchar hasta que la libertad exista (…) entre nosotros. La igualdad no puede existir sin libertad. Y para que la libertad exista, nosotros debemos tener unidad”.

Sin embargo, pese a las ansias del prócer haitiano y el triunfo de la causa a nivel local, los caminos de la historia son curiosos. Los efectos de esta Revolución reforzaron y expandieron la esclavitud en el Nuevo Mundo. Haití funcionó como un espectro atormentador para la élite blanca del continente. El miedo a la ferocidad de la sublevación fue más fuerte y ahogó potenciales gritos de libertad, como en Cuba. Esta isla española reemplazó a Haití en el rubro azucarero. Además, en el sur de los Estados Unidos se prohibió la importación de esclavos provenientes del Caribe a lo largo de la década de 1790. El miedo continuó, el presidente Jefferson manifestó en 1793 el terror de ver un Caribe en posesión completa de los negros e impuso un embargo a la isla, a la que obligó a nombrar bajo su denominación colonial. En efecto, el país del norte reconoció la independencia haitiana en 1862.

Identidad en juego

En su obra más difundida Los Jacobinos Negros (1938), el historiador e intelectual trinitario C. L. R. James describió con lujo de detalles el proceso haitiano y en el prefacio de 1962 sentenció: “Los que escriben sobre el Caribe lo hacen siempre de acuerdo con su aproximación a Gran Bretaña, Francia, España y los Estados Unidos, es decir, a la civilización occidental, nunca en relación con su propia historia”. Su libro adoptó una visión no eurocéntrica.

En el apéndice “De Toussaint L´Ouverture a Fidel Castro” (1963) James colocó en perspectiva el espacio caribeño trazando una analogía entre los procesos revolucionarios de Haití y de Cuba, como dos momentos históricos diferenciados en la lucha contra el proyecto imperial. “Lo que ocurrió en Saint-Domingue entre 1792 y 1804 reapareció en Cuba en 1958”, resumió. Los haitianos cobraron conciencia de su identidad caribeña gracias a la Revolución y lo mismo hicieron los cubanos más tarde, como última etapa, pues la historia del Caribe tiene un común denominador: plantación azucarera y esclavitud africana. Esto último confirió singularidad a la sociedad, una identidad propia al área, más tarde enraizada en la doctrina de la negritud porque, pese a haberse querido imitar el modelo francés en Haití, el papel de África en la identidad caribeña es ineludible.

Lo que resulta curioso, apunta James, es que el germen de los movimientos de independencia africanos haya tenido antecedentes no en intelectuales de África sino del Caribe, como el jamaiquino Marcus Garvey, que construyó un movimiento de masas afro en los Estados Unidos bajo la convicción de ser África cuna de la humanidad, o el trinitario George Padmore, al entender del historiador, quien “devino el agitador de la independencia africana más famoso y confiable”. También el martinico Aimé Césaire, autor del poema Cahier d´un retour au pays natal (Cuaderno de retorno al país natal, 1939), localizó la salvación en África como hogar ancestral de los pueblos caribeños.

En el período de entreguerras entre los caribeños afloró el interés por África y la conciencia de que su identidad radicaba en aquel continente, aunque debía despojárselo de un relato indigno producto del oprobio del pasado. De todos modos, para el autor de Los Jacobinos Negros, al momento de escribir el apéndice, el presente no era mucho mejor. Si el viejo sistema colonial fue modificándose, la esencia siempre fue la misma. James denunció que todavía muchas poblaciones vivían en condiciones muy cercanas a la esclavitud, o bajo dictaduras (como la de los Duvalier en Haití), y tal situación fue la que generó la Revolución Cubana. El escritor denunció, además, el Caribe como un mar estadounidense y el apoyo de Washington a las dictaduras locales. En opinión del trinitario, para realizarse, los pueblos caribeños, los más occidentalizados de entre los africanos y afrodescendientes, tenían un reto: “…sacudirse las cadenas del viejo sistema colonial”.

En conclusión, Haití permite rescatar un diálogo atlántico con la Madre Negra, África. La primera República Negra del mundo, pero ignorada por su origen africano.

 

Nota: el título del artículo corresponde a una definición de Michel-Rolph Trouillot, antropólogo y académico haitiano (1949-2012), en el capítulo “Una historia impensable: la revolución haitiana como un no-evento” de su libro Silenciando el pasado: el poder y la producción de la historia (1995).

 

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http://www.eleconomistaamerica.com.ar/reportajes-en-eAm-ar/noticias/9345530/08/18/Haiti-una-Revolucion-impensable.html