La Conferencia de Berlín. Tres meses decisivos para África

Conferencia de Berlín, 1884 (Wikimedia Commons)

Hace 130 años en la Conferencia de Berlín se decidía el futuro de África, en lo que se denominó el reparto o la carrera por África. Una vez más, como tantas otras, a los africanos se les impidió tomar decisiones concernientes a su historia. Ese evento, que se prolongó desde el 15 de noviembre de 1885 al 26 de febrero del año siguiente, fijó las fronteras actuales del continente, y lo más llamativo, éstas se han modificado bastante poco desde aquel entonces. La decisión de desposeer a los africanos de sus territorios fue tomada por representantes de 14 Estados (todos europeos, a excepción de los Estados Unidos y el Imperio otomano), sin haber sido invitado siquiera un gobernante africano. Si para 1879 el 90% del continente estaba gobernado por africanos, en 1900, salvo una diminuta fracción (Etiopía y Liberia), se encontraba bajo la órbita de siete metrópolis europeas. Así aconteció en la totalidad del mundo, a comienzos del siglo XX ya no quedó territorio por apropiarse, de allí en más solo se podía esperar un cambio de dueño entre los más poderosos del planeta.

La expoliación del continente comenzó mucho antes del reparto a fines del siglo XIX. Durante cuatro siglos algunas potencias europeas establecieron cabezas de playa para, desde las costas, extraer esclavos, con complicidad de algunos africanos que fueron quienes cazaron de los suyos. Muchos historiadores, dado este proceso que devastó África en todo sentido, comenzaron a hablar del subdesarrollo del continente, si bien, como se observa, los africanos también fueron partícipes del mismo. Pero el inicio del colonialismo, vía el reparto de África, marcó un proceso donde el africano perdió la capacidad de decisión y, lo que más resintió, a diferencia del período anterior, la soberanía política. Hasta comienzos del siglo XIX el esclavo fue un bien de valor pero, gracias a la Revolución Industrial, éste perdió su valor a cambio de otros productos y desde entonces Europa vio en África una cantera inagotable de materias primas. Fue más productivo no depender más de intermediarios, como durante el tráfico esclavista, y, en cambio, arrogarse el control por sí mismo. Giro fatal para los africanos si los hubo.

Si uno compara un mapa de África antes y después del reparto las diferencias son notorias. De una multitud de unidades políticas existentes (se calculan al menos diez mil), con fronteras porosas y móviles, muy diferentes a lo que entiende un mapa concebido a lo occidental, la prolija traza europea delimitó apenas unas decenas, con bordes precisos y calcados geométricamente. Los pocos Estados previos que prevalecieron lo hicieron de un modo completamente subordinado a los nuevos amos, como el Califato de Sokoto, en el norte de la actual Nigeria, el Estado esclavista más grande del mundo en el siglo XIX, donde, a pesar de todo, el tráfico negrero siguió hinchando los bolsillos de algunos mientras los dignatarios europeos alentaban la realización de la Conferencia para detener estas infamias contra la humanidad, olvidando que hasta hacía pocas décadas sus países fueron los que más participaron en la trata. A pesar de los argumentos humanitarios de llevar la civilización (acabando con la esclavitud y otros “vicios” africanos), la nueva época imperial que alumbraba junto a las ansias de dominio incontenibles que la acompañaron, son la mejor explicación de la rapacidad europea que en tres meses construyó un mapa africano a su conveniencia.

África alrededor de 1930

Con el reparto de África los historiadores dan por iniciado formalmente el colonialismo. Con éste los africanos perdieron toda iniciativa política por espacio de unos 80 años, aunque no el protagonismo. Si bien el nuevo mapa fue pensado en Alemania, una cuestión diferente y posterior fue la de hacer efectivas las fronteras concebidas, lo que chocó con la resistencia de los locales e incluso llevó a enfrentamientos en el terreno entre fuerzas de las metrópolis europeas, con episodios que se prolongaron hasta poco antes del inicio de la Primera Guerra Mundial. El más célebre entre metropolitanos fue el incidente de Fachoda, en el actual Sudán del Sur, punto de confluencia entre británicos y franceses al momento de intentar comunicar de forma ininterrumpida sus dominios. De todos modos, ni siquiera llegó a consumar una guerra declarada entre ambos sino que solo procedieron a sentar un campamento para hacer efectivos sus reclamos de soberanía. Los sudaneses de ese entonces apenas participaron y, apaciguados por el temor al potencial naval británico, los franceses finalmente se retiraron. Corría el inicio de noviembre de 1898.

Las guerras por la anexión de territorios, mostrar la superioridad del hombre blanco y/o el anhelo de riquezas fueron una tendencia de la época a lo largo del globo. Una de ellas tuvo lugar en la actual Sudáfrica, donde bóers y británicos ya habían registrado problemas graves de convivencia tiempo antes. La denominada guerra anglo-bóer tuvo un segundo capítulo muchos años después de finalizada la Conferencia de Berlín. Los ocupantes europeos chocaron en consonancia con el afán imperialista vigente, en 1899. Sin embargo, a esta guerra se la debe denominar sudafricana porque los locales combatieron aliados a uno de los bandos europeos enfrentados. Tras finalizar este conflicto, en 1902, se ratificó quien mandaba en ese punto austral, Gran Bretaña. Con el uso extendido de campos de concentración, ésta fue una de las tantas guerras imperialistas que jalonaron la época. Una aún más salvaje tuvo escenario en la vecina Namibia, entonces África Sudoccidental Alemana, adquirida en el contexto de las negociaciones en Berlín. Los colonos alemanes exterminaron, sin mayor preámbulo, a miles de individuos del grupo herero durante 1904. Para fines de 1905 de una población total de 80.000, solo quedaron 15.000 (además de unos 10.000 nama, la mitad de éstos), en lo que se considera el primer genocidio del siglo XX, aunque sea poco conocido por tratarse de África. Para 1907 todas las tierras de los africanos en ese territorio se encontraron expropiadas por los colonizadores germanos tras ser derrotada la insurrección “nativa”.

El colonialismo ocupó un momento decisivo en la pérdida de dignidad de los africanos por varias décadas, con la odiosa imposición de la institución del trabajo forzado, entre otras insufribles cargas. Pero, con su fin, los africanos recuperaron en primer lugar la soberanía política y en buena medida su dignidad. No obstante, el yugo colonial es una pesada herencia que aún domina la mentalidad y la realidad local. El neocolonialismo es la secuela más visible que perdura. La continuidad de las relaciones económicas entre metrópolis y antiguas colonias posibilita la permanencia en el poder de autócratas y corruptos que, con solo una bajada de pulgar de la potencia que los ampara, son depuestos del poder. Los casos desde la independencia son numerosos. Por otra parte, tampoco el final del lazo colonial garantizó el cese del acaparamiento y explotación de recursos africanos por parte de terceros, así como de la tierra. En lo primero, por ejemplo, Nigeria exige actualmente a la petrolera Shell que la indemnice por valor de u$s 4.000 millones por un gran vertido ocurrido en el delta del Níger en 2011. Respecto a la problemática de la tierra, su expropiación avanza a paso acelerado de modo que se calcula un promedio de 10 millones de hectáreas apropiado anualmente por multinacionales u otros actores no africanos. Lamentablemente, estas dos menciones son solo una parte dentro de la rapacidad con que hoy se sigue tratando África, al igual que hace siglos.

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