La presencia afrodescendiente en Argentina. El reto de la invisibilidad

La presencia afrodescendiente en Argentina. El reto de la invisibilidad

RESUMEN: delimitar la presencia africana y afrodescendiente en Argentina constituye un problema derivado del racismo decimonónico de las élites latinoamericanas constructoras de los Estados-Nación actuales. La carga de desprecio por las poblaciones subalternas llevó, en el caso del colectivo afrodescendiente argentino, a postular su gradual desaparición, cuando, en realidad, no se trataría más que de la estrategia de invisibilización pergeñada por la élite, con fundamentos no del todo sólidos, y cuyos mecanismos forman hoy parte del sentido común. Se repite sin mayor prueba que en Buenos Aires y en Argentina no hay negros. El objeto es problematizar y devolver presencia a quienes se consideran ausentes hoy, supuestas personas desaparecidas de la historia patria bajo el paraguas de un relato homogenizador que construyó la blanquedad y europeidad indiscutida del país, sobre el cual se cimentó una base mítica.

Palabras clave: racismo; Estado; historia; discurso, élite; mito.

The afro-descendant presence in Argentina. The challenge of invisibility

ABSTRACT: to delimit the african and afrodescent presence in Argentina is a problem derived from the racism of the Latin American elites of the 19th century that built the modern nation states. The burden of contempt for subaltern populations led, in the case of the argentine afro-descendant collective, to postulate its gradual disappearance when, in reality, it would only be about the  invisibility strategy designed by the elite, with not entirely solid foundations, and whose mechanisms are now part of common sense. It ́s repeated without further proof that in Buenos Aires and Argentina there aren ́t blacks. The object is to problematize and return presence to those who are considered absent today, supposed disappeared people of the country’s history under the umbrella of a homogenizing story that built the whit

eness and undisputed Europeanness of the country, on which a mythical basis was cemented.

Key words: racism; state; history; speech; elite.

 

Este escrito aborda el problema del racismo en Argentina, a partir del ejemplo de la invisibilidad actual de la población afrodescendiente1. El país se construyó, entre otros elementos poblacionales, con personas esclavizadas procedentes de África, en un proceso que pobló toda América entre los siglos XVI y XIX, la diáspora involuntaria más grande de la historia, responsable del traslado de unas 10 millones de “piezas de India”. En lo que sería territorio argentino, el ingreso de población africana fue constante e ininterrumpido. Por ejemplo, entre 1606 y 1625 ingresaron por el Río de la Plata, en forma ilegal, 8.900.

Payador afroargentino Gabino Ezeiza (de Mirta Toledo, artista plástica argentina – 2013)

 

Entre 1715 y 1752 la cifra se elevó a 10.000, de las cuales tres cuartas partes fueron enviadas al interior (REID ANDREWS, 1989). A resultas de todas esas cifras, la presencia afro en el pasado fue importante. Según el censo de 1810, los pardos y morenos sumaban 9.215 habitantes de una población total de 32.558, en Buenos Aires. Para 1778, en el primer censo del recién creado Virreinato del Río de la Plata, de 200.000 habitantes censados, unos 92.000 eran negros y mulatos, un 46% del total. Así varias provincias de la futura Argentina tuvieron porcentajes abundantes de población afro. En líneas generales, las ciudades del interior tuvieron un 50% y Buenos Aires un 40% de población afrodescendiente (PICOTTI, 1998). El censo de 1778 indica diversas provincias con más de la mitad de población afro, como Catamarca (74%), Tucumán (64%) y Santiago del Estero (54%).

La importancia de esta población fue fundamental para el orden colonial, especialmente en lo que refiere al aspecto económico, como mano de obra, un basamento del sistema protocapitalista que se fundaba en las Américas. Los africanos, la mayoría en condición esclava, realizaron un sustantivo aporte en la construcción de un orden colonial, sobre todo como mano de obra, realizando la mayor parte de los trabajos sin casi ser excluidos de ninguno, como sucediera en toda América colonial frente al desprecio del blanco por las tareas manuales (PICOTTI, 1998). La justificación para lo anterior y, en general, para la construcción del orden colonial fue la pretendida superioridad racial del blanco (la hispanidad) frente a “indios” y “negros”, mediante la “pureza de sangre”. Lo ultimo fue dejado de lado tras 1810, pero el racismo sobrevive a todo.

 

La fuerza de un mito
En Argentina parece formar parte del sentido común la frase: “Negros no hay” (REID ANDREWS, 1989) o, en todo caso, que de haber afrodescendientes en el pasado, desaparecieron (SOLOMIANSKI, 2003). Se considera el país como el más blanco y europeizado, a diferencia de la mayor parte de los de la región. Así fue como el sentido común construyó una explicación histórica de por qué en el país no hay afrodescendientes y, por el contrario, si se observa un africano, hoy día se arguye que debe tratarse de un extranjero. Del mismo modo, se vincula la presencia afro al pasado colonial, anterior al nacimiento de la patria. Se planteó al afro como una persona desaparecida y se construyó su mito de desaparición, de verdad incuestionada. Incluso el ex presidente Carlos Menem, en 1994, consultado sobre la presencia afro, respondió: “En Argentina no hay discriminación porque no hay negros. Ese «problema» sí lo tiene Brasil” (CIRIO, 2003). Sin embargo, una mayor presencia reciente africana (subsahariana) ha justificado mayor interés en temáticas africanas en Argentina en el último cuarto de siglo, aunque en forma limitada. De todos modos, frente al sentido común y la presunta ausencia de afrodescendencia argentina, su presencia no es un dato menor. Según el último censo de población de 2010, 149.493 argentinos se reconocen afrodescendientes (el 0,37% de la población), y, según estimaciones previas, al menos 2 millones de individuos (casi el 5% de la población) son descendientes de antiguos esclavos. Esta significativa presencia no es una novedad: en 1998 datos de la comunidad afroargentina estimaron en un millón los individuos de origen afro en nuestro suelo (PICOTTI, 1998). Los datos indicados van a contramano de la tesis que postula la desaparición del negro, como por ejemplo el censo de 1895, que reveló solo 454 afroargentinos en un país de casi cuatro millones de habitantes (REID ANDREWS, 1989).

El problema puntual es precisar por qué de ser la población africana una importante protagonista del mapa demográfico colonial luego su presencia se fue diluyendo, hasta supuestamente desaparecer. Eso se explica por la actitud de la élite, la que irradió racismo (en este caso contra el colectivo afro) y una clase dirigente que, con la ayuda de sus intelectuales, tendió a invisibilizar la presencia negra, aunque disimulara su encono considerándola “desaparecida”. Por ejemplo, autores emblemáticos de la Argentina del siglo XIX, como Domingo F. Sarmiento y Juan B. Alberdi, contribuyeron en sus escritos a los esfuerzos por minimizar la presencia afro y eliminarla como elemento étnico. En 1866 el primero celebró tener un Congreso libre “de gente de color, gauchos y pobres”. En general, casi todos los intelectuales de fines del siglo XIX y comienzos del pasado observaron y celebraron la caída demográfica de la población afro o su extinción casi completa, contribuyendo a cimentar el mito indicado. Sin embargo, la evidencia histórica desmiente esas celebraciones del pasado, como se verá.

A mayor abundamiento, es conveniente indicar cómo se construyó el mito de desaparición. En otras palabras, interpretar las causas de la supuesta extinción del negro en Argentina que esbozaron los propagadores del mito. Entonces, las estadísticas indicaron que con el correr del tiempo la población  afro fue disminuyendo. Como el problema de la desaparición de los  afrodescendientes intrigó a muchos autores, se ha escrito bastante buscando las posibles causas de la extinción, que han cobrado casi el valor de un mito, en tanto mera repetición sin prueba o con muy poca evidencia disponible. El problema general es la falta de documentación. Ante todo, la lógica de este planteo presenta la idea de la extinción como un corolario para juzgar insignificante el aporte afro a la cultura local (PICOTTI, 1998). Explicar las incuestionables razones de la desaparición del afrodescendiente en el país constituyó un debate que se intensificó durante la década de 1970.
Los motivos son cuatro (REID ANDREWS, 1989): a) la guerra, b) el mestizaje, c) baja tasa de natalidad y alta de mortandad y d) la disminución del tráfico negrero.

a) Durante el ciclo de combates entre 1810 y 1870. Lucharon en los ejércitos revolucionarios (o realistas) y más tarde contra los indios, los brasileños y los paraguayos. La sumatoria de todos los conflictos bélicos redundó en una importante merma de la población masculina que llevó a la imposibilidad de reproducción física del grupo. Para 1869, en las postrimerías de la Guerra del Paraguay, constituye un lugar común señalar que el grupo estaba prácticamente desaparecido.

b) El segundo motivo es el mestizaje. Las mujeres negras, enfrentadas a la escasez de hombres afro y con la posibilidad de la mezcla racial como meta para conseguir el ascenso social al generar una descendencia más blanqueada, buscaron las uniones con blancos contribuyendo al blanqueamiento de la población al aprovechar un momento de masiva afluencia de inmigrantes europeos “blancos” a partir de 1850. Este “aluvión inmigratorio” terminó apagando la presencia africana en la Argentina. Entre 1880 y 1900 casi un millón de europeos se asentó en el país. Si en 1855 menos de la mitad de la población de la ciudad de Buenos Aires había nacido en el extranjero, para 1895 esa proporción se elevó al 75% (REID ANDREWS, 1989). Se tiende a generalizar que el afro se fundió en lo que se esboza como la tan celebrada teoría del “crisol de razas”, de lo que surgiría un carácter americano común dentro de la presunción de que el de origen africano no tuvo ningún aporte interesante que legar al conjunto (PICOTTI, 1998).

c) La tercera razón es la baja tasa de natalidad y la alta tasa de mortandad, con el episodio coyuntural de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 en la ciudad de Buenos Aires. Ubicado en lo más bajo de la escala social, al afro no siempre le era fácil vivir. En efecto, se sostiene que la referida enfermedad se ensañó más contra los grupos desprotegidos, como los afrodescendientes argentinos. Por su parte, la tasa de mortalidad infantil en este sector fue una de las más altas de toda la sociedad. La inmigración masiva también atentó contra su modo de vida, puesto que algunos de los oficios clásicamente ejercidos por éstos pasaron a ser ocupados por los recién llegados, ya que los criollos siempre se negaron a aceptarlos. En consecuencia, se hizo visible el descontento entre los afros (en el carnaval de 1876 una comparsa cantó un tema dedicado a los “napolitanos usurpadores”) y debieron desplazarse a empleos en los que habían predominado anteriormente, como el sector de servicios, o a más novedosos, como el empleo público.

d) La última causa es la disminución del tráfico negrero, que comenzó con intensidad a partir de 1813, puntualmente por el decreto del 9 de abril de 1812 que impuso la prohibición absoluta de ingreso de mano de obra esclavizada.

Sumado a los tres factores anteriores, el historiador norteamericano George Reid Andrews, autor de una de las obras más importantes sobre la temática, Los afroargentinos de Buenos Aires (1980), observa que no hubo posibilidad de recuperar la cantidad de individuos, por lo que la comunidad se vio sometida a una extinción gradual. Ahora bien, las explicaciones anteriores, que pueden parecer lógicas, no han sido probadas (REID ANDREWS, 1989).

Derrumbando un mito

La desaparición del afro en Argentina es un supuesto que obedece a una construcción del poder, resultante del racismo de sus artífices, y no un mito. Si la presencia afrodescendiente fue muy visible en tiempos coloniales, paradójicamente ésta enceguece el aporte de los antiguos afros y pareciera justificar su actual desaparición. Eso es así porque su existencia en el pasado se liga a la rémora de la esclavitud, un asunto (en teoría) completamente superado hoy. En otras palabras, se  imputa a los afrodescendientes el carácter de rémoras fantasmagóricas de dicha época. Por otra parte, pareciera que a mayor relevancia de lo africano y afrodescendiente, más fuerte es el silenciamiento sobre su existencia (SOLOMIANSKI, 2003). Un silencio histórico condicionado por  videntes motivos raciales y discriminatorios.

La explicación en clave mitológica pareciera una interpretación ingenua e inocente, pero no lo es. Tras la frase que reza que “en Argentina no hay negros” subyace un trasfondo de racismo, incluso entre quienes se muestran democráticos pero los condenan a ser desaparecidos (PICOTTI, 1998) (SOLOMIANSKI, 2003). Con la llegada de los años 80 del siglo XIX, una nueva clase, la Generación del 80, tomó el poder y comenzó la construcción de la Argentina moderna, la que miró como modelo a las naciones más ilustradas de Europa y a los Estados Unidos, demandando blanquedad, inmigrantes de los países modelo para contrarrestar el deficiente perfil de la población local y la despoblación reinante. Ese grupo fue la piedra de toque que edificó ese relato histórico y la que en forma más visible manifestó un esfuerzo coordinado en hacer desaparecer al afrodescendiente (LEWIS, 2010). Esta generación, de filiación política unitaria, borró el pasado rosista (1829-1852), visto como un momento antiargentino y siniestro en relación a la cooperación tan estrecha entre Juan Manuel de Rosas y los de origen africano (REID ANDREWS, 1989) (SOLOMIANSKI, 2003). En la época de predominio del gobernador citado bonaerense y de la Confederación, el colectivo afro gozó de una posición favorecida como en ninguna otra. Entonces, con su accionar, la Generación del 80 afectó al colectivo en tanto principal beneficiario de las políticas del “Restaurador de las Leyes”.

La pretendida pureza racial arrinconó identidades periféricas (SEGATO, 2007), como la afro, lo que llevó a la negación de ésta sin más preámbulo y a la asunción de que la Argentina es una nación blanca en Sudamérica. Más allá de la invisibilización a la que fue sometido el grupo, en realidad, sus integrantes sufrieron un proceso de colonización doble. En primer lugar padecieron la esclavitud legal hasta 1853 y, luego, el hecho de ser considerados parte de una ciudadanía de segunda (LEWIS, 2010). Además, su aporte cultural fue borrado, negado, con la pretensión incorrecta de ser su cultura pobre (y escaso su número, en comparación con otras regiones donde hubo trata) y, con más razón, se explicó que si desaparecieron no pudieron haber dejado huellas perceptibles (PICOTTI, 1998).

Entonces, no existe el mito, defenderlo es asumir una perspectiva racista, o de desinformación a lo sumo. El investigador argentino Alejandro Solomianski advierte negación naturalizada y ceguera sistemática de la negritud en nuestro país, en otras palabras, el término con el que más se problematiza el caso, la invisibilidad de la representación del afrodescendiente en la configuración de lo argentino. Es necesario insistir en la creencia generalizada de que si afrodescendientes no existen actualmente, entonces se liga su existencia estereotipada a una presencia colonial y, por ende, no argentina. Allí aparecen el pregonero, el aguatero, la lavandera, el vendedor de empanadas y/o velas, cuya representación escenifica el acto escolar típico de cada 25 de mayo, pero que ya no están presentes para la siguiente representación patria del 9 de julio. En forma similar, ciertos elementos culturales que definen lo argentino para el común no guardan la más mínima relación con lo afro; por ejemplo, la parrillada y el tango. Con tal carga de negación sobre la presencia africana en suelo argentino, no es extraño que al hablar de “negritud argentina” se construya la noción de oxímoron, una excentricidad que resulta de una mezcla de ridiculez y broma de mal gusto racista (SOLOMIANSKI, 2003).

Debe insistirse que el ocultamiento afrodescendiente no es un producto casual, sino que responde a una lógica histórica articulada por un Estado dispuesto a esconder a sus “otros” o, en otras palabras, detentador de un racismo discursivo que repercute hondamente en las prácticas sociales y las representaciones del entramado social. La construcción de la estatalidad también comporta un relato histórico, una “narrativa dominante” (SEGATO, 2007) que ordenó la Nación, delimitó sus horizontes de pertenencia y excluyó (por diversos motivos) a los que no debían formar parte de ese discurso histórico. La élite política argentina produjo el resultado deseado: el discurso negador de la alteridad en el caso afrodescendiente. La mejor estrategia de defensa de los grupos que detentaron el poder (simbólico y material) fue desde antaño la negación discursiva, por caso, de afrodescendientes o, como denominan varios autores, su invisibilización (SOLOMIANSKI, 2003) (PICOTTI, 1998). En el intento por blanquear y homogeneizar la sociedad argentina de fines de siglo XIX, se erradicó todo rasgo étnico no funcional a la lectura europeizante de la época. Se  recurrió así a prácticas de exterminio, intimidación, ocultamiento, etc. para que ninguna diferencia pudiera amenazar el colectivo argentino formado al son del crisol de razas. El colectivo afro fue borrado en imagen ideológicamente primero y luego, en forma material, del imaginario nacional, según expone la antropóloga argentina Rita Segato, en un claro proceso de exclusión de grupos indeseados de la nacionalidad. Así se explica que Argentina sea un país “descendido de los barcos”, en referencia al gran proceso migratorio de fines del siglo XIX y primeros años del pasado (comprendido centralmente por población europea y blanca), olvidando la diáspora producto de la trata, y otras simultáneas y posteriores a la gran migración, como la caboverdiana. En conclusión, la nación siempre es un marco propicio para la expresión de formas particulares de racismo porque la modernidad demanda, en su pretensión de orden y homogeneidad, blanquitud, anulando con ello diversidades y pluralidades consideradas premodernas, como la afro (SEGATO, 2007).

El racismo genera un gran problema: el no reconocimiento y la represión de la representación del afrodescendiente en Argentina en la configuración del imaginario nacional y de la narrativa resultante, el relato histórico. Reid Andrews lo resume y señala que el grupo afro en el país fue desplazado por censistas, estadistas y los eruditos que forjaron el mito y el discurso de una “Argentina blanca” (REID ANDREWS, 1989). Asimismo, ese mismo discurso se esforzó por borrar el aporte afro a la cultura nacional y fue necesario acomodarse a categorías que les posibilitaran el acceso al goce de la ciudadanía plena. El objeto del purismo dio lugar a una operación exitosa de negación discursiva del sujeto afro. Dentro del racismo imperante en los pensadores más representativos de la época, coincidieron en que el triunfo final y la europeización de la raza blanca eran inevitables y que, a diferencia de las naciones vecinas de Sudamérica, para el caso argentino se cumplía el sueño de los unitarios de conformación de una población étnicamente homogénea y de la única nación “verdaderamente blanca” de la región (REID ANDREWS, 1989) (SOLOMIANSKI, 2003). Entonces, como expresa Segato, frente a la negación como parte de una voluntad política deliberada que provocó una “expatriación”, el trabajo a efectuar es el de repatriar la ausencia afro del relato (SEGATO, 2007).

Para cumplir esa meta de “repatriación de una ausencia”, existen varias pruebas de la presencia afro en momentos en que la élite comenzaba a construir su operación de invisibilidad y negación. Al respecto, las cifras son uno, también el desarrollo de la prensa afro en la segunda mitad del siglo XIX, los testimonios de viajeros, o el archivo visual en donde, por caso, para comienzos del siglo XX, son varias las fotos en las cuales fueron retratados hombres afro (REID ANDREWS, 1989).

Entonces, se puede devolver visibilidad a afrodescendientes si las estadísticas son revisadas. Con relación al manejo de datos estadísticos es esclarecedor el citado trabajo de Reid Andrews, Los afroargentinos de Buenos Aires. Partiendo de un indicador clave de la  Ciudad de Buenos Aires, los censos y otros registros poblacionales a los que el autor recurre (aunque con ciertos reparos, como el problema de la categorización o el rechazo a ser censado), demuestra la tendencia del Estado y la de los propios afroargentinos a ocultar su presencia y distorsionar cifras en buena parte del  siglo XIX, momento en el cual los registros demográficos oficiales llevarían a la conclusión de que afrodescendientes desaparecieron por completo en las décadas de 1850 y 1860, o incluso antes. Sin embargo, en la Ciudad de Buenos Aires, los censos municipales de 1822, 1836 y 1838 revelan todo lo contrario, cuestionando seriamente el mito de la desaparición afro. Pese a que el censo municipal de 1887 indicó la muy disminuida presencia de 8.005 afrodescendientes en la Ciudad de Buenos Aires, mientras que en 1895, según el censo nacional, los “de raza africana” ni llegaban a ser 500 en todo el territorio argentino, no obstante, entre otros numerosos datos oficiales, el censo de 1838 da cuenta de un poco menos del cuarto de la población urbana de origen afro, con 14.928 individuos sobre un total de 62.957 pobladores, el 23,7% de su composición. En el del año 1822, la presencia negra superaba en términos relativos la cifra de dieciséis años más tarde, con 13.685 afroargentinos sobre un total de 55.416 porteños (el 24,7%) (REID ANDREWS, 1989) (SEGATO, 2007).

La pregunta que debe ser formulada no es por qué desaparecieron las personas afrodescendientes sino por qué son tan pocas en los cómputos de la época. Reid Andrews constató que el ocultamiento del ancestro afro es la principal razón de aquello, porque la aparición de la categoría trigueño en el censo se constituyó en una forma frecuente de negación de la negritud del individuo. El término, de alcance regional, comenzó a ser utilizado en la provincia de Buenos Aires poco después de 1810 y se hizo común en los registros de enrolamiento en el ejército. Se trató de una palabra de una carga racial muy vaga, lo cual no implicó automáticamente ascendencia africana y se aplicó a mulatos, mestizos, afroindios, europeos de tez morena, o las personas con origen en la combinación entre estas categorías (REID ANDREWS, 1989). Cuando una persona era rotulada como trigueña automáticamente eludía el ancestro africano, pese a ser negra o mulata, es decir, ingresaba a una categoría intermedia. Si blancos y no blancos muchas veces fueron agrupados bajo este rótulo por igual, no obstante hay indicios para pensar que los de ascendencia africana estuvieron más ligados a su uso. Si bien la clase racial trigueño supone un registro censal no blanco, en los registros oficiales se la hizo constar como lo contrario.

En la Buenos Aires del siglo XIX, una sociedad muy consciente de la divisoria racial, resulta claro que una persona blanca no aceptaría que se la rotulara con ese marcador mientras que una afroargentina o una mestiza no tan oscura sí. En líneas generales, el afrodescendiente argentino aceptó el uso del término para escapar a su africanía, al igual que sucediera en Puerto Rico, Perú y Nicaragua. Aunque sea imposible documentar este proceso, es posible hipotetizar que se puede haber producido en las estadísticas anuales publicadas en el Registro Estadístico en los  períodos 1822-1825 y 1854-1880, en las que los datos se publicaron por separado para blancos y negros, y también en los censos municipales de 1836, 1838 y 1887. La imprecisión y variedad de las categorías raciales (por ejemplo, la existencia documentada de “mulatos blancos”), producto del mestizaje, torna difícil elaborar una lectura precisa del estudio estadístico.

Entonces, la utilización  de la categoría intermedia trigueño explica la progresiva aclaración de la piel negra que observa Reid Andrews a lo largo del siglo XIX. Si se comparan los censos de 1810 y 1827, el número de pardos aumentó del 35,1% al 42,2% de la población porteña y, con respecto al reclutamiento, entre las décadas de 1810 y 1820 los pardos fueron solo el 19,9% de los afros alistados, mientras que alrededor de 1860 eran el 51,1%. A pesar de que la evidencia sugiere que la mayoría de la población (sobre la cual no había datos) en el año de la Revolución de Mayo era afro, el número de pardos era más bajo de lo que indican las fuentes. Sin embargo, el ritmo de blanqueamiento de la gente afro fue más veloz de lo que la comparación del registro estadístico hace suponer. Por más que se pueda conjeturar desde la perspectiva estadística, no hay dudas de que al afro le convino blanquearse utilizando el paraguas de las estadísticas y, una vez censado como blanco, fue imposible volvérselo a encasillar en la antigua categoría.

Aunque las cifras pueden hacer creer que la población afroporteña descendía raudamente entre 1800 y 1840, la comunidad afro creció sin pausa durante todo ese período. Las altas tasas de mortalidad y bajas de natalidad del grupo no son explicación suficiente para dar cuenta de un presunto descenso demográfico sino que la causa reside, para el período 1838-1887, en el traslado estadístico de una parte de la población morena/parda a la categoría de blanca. Siguiendo esta lectura, no habría causa lógica para explicar por qué en el último período referido la tendencia se interrumpe, si en el anterior la población afro crecía a buen ritmo. La salud social de afroargentinos de 1850 había mejorado con respecto a la de tres décadas atrás y, en 1837, la tasa de  nacimientos afros excedió a la de muertes, llegando al 0,6% respecto al 1,7% de los blancos. Según el Registro Estadístico, en la década de 1820 el 35,2% de los muertos de la ciudad fueron afros, tres décadas más tarde esa proporción disminuyó al 17,1%.

A partir de la Guerra del Paraguay (1865-1870) y de la epidemia de fiebre amarilla en la ciudad (1871), los historiadores tuvieron dos argumentos de peso para explicar el golpe de gracia a la comunidad afro (SOLOMIANSKI, 2003) y esto asumió el carácter de mito. Sin embargo, indica Reid Andrews, no hay ninguna documentación estadística que demuestre el impacto de ambos hechos en la comunidad afrodescendiente. Respecto de la guerra, constan solo dos batallones de combatientes afros y no existen listados de su composición. En relación a la enfermedad, el registro estadístico indica un número de muertes de afros muy baja sobre el total. De las 23.748 víctimas en 1871, de 17.729 se supo la raza y, solo de este conjunto, 268 fueron registradas como afroargentinas. Entonces, las personas afro no parecen haber tenido una especial vulnerabilidad a la enfermedad y la presunción de que la epidemia las golpeó sobremanera es una mera conjetura carente de respaldo documental. Sin embargo, luego de 1871 las estadísticas de matrimonio y muerte demuestran una considerable merma absoluta de la población, lo que evidencia que la enfermedad sí podría haber afectado al grupo. Por la insuficiencia de la documentación de la época, Reid Andrews una vez más maneja hipótesis y concluye que la desaparición del afroargentino fue acelerada intencional y artificialmente con el uso engañoso de estadísticas oficiales (REID ANDREWS, 1989) (SEGATO, 2007).

El orgullo por la recepción de inmigración europea y el consecuente distanciamiento respecto de las otras naciones sudamericanas de población mixta se acentuaron durante el siglo XX. Pero el orgullo racial cegó a los pensadores argentinos, puesto que sus observaciones difirieron de la realidad y las imágenes de época no coinciden con los datos históricos disponibles. Como la tan esperada afluencia de inmigración blanca europea no produjo la desaparición definitiva del afro a un ritmo veloz, se recurrió a los ardides estadísticos descriptos con anterioridad. En realidad, los integrantes del grupo afrodescendiente no desaparecieron, sino que se tornaron invisibles entre el aluvión inmigratorio y el “blanqueo” estadístico. Si bien es cierto que hacia 1900 la población afrodescendiente de la ciudad era menor al 1%, una fracción muy pequeña del total, en absoluto había desaparecido. Para ese entonces la comunidad afro estuvo más preocupada por su situación socioeconómica que por la cuestión demográfica de su presunta desaparición (REID ANDREWS, 1989).

Finalmente, a pesar de todos los reparos estadísticos, en conclusión, con esas mismas estadísticas se llegó al resultado de afirmación del mito de la Argentina como una “nación blanca”, en una operación de “blanqueamiento simbólico” y como una necesidad del sistema capitalista en desarrollo, haciendo desaparecer al afro y, más tarde, consolidando la figura jurídica del “desaparecido” (REID ANDREWS, 1989) (SOLOMIANSKI, 2003).

Consideraciones adicionales: de lectura racial a social
A partir de la aparición del peronismo como movimiento de masas, poco antes de finalizar la primera mitad de la década de 1940, la palabra negro adoptó un nuevo significado. En el contexto de importantes transformaciones que implicaron un movimiento de población enorme hacia la región metropolitana y la Ciudad de Buenos Aires, un proceso de migraciones internas comenzado en la década anterior, el recién llegado a las anteriores fue el criollo del interior, el provinciano, mestizo, sin raigambre afro alguna según la pretensión funcional del relato de blanqueo (SOLOMIANSKI, 2003), aunque la huella africana estuviera presente y fundida entre los provincianos. Esa presencia proveniente del interior fue reemplazando rostros de inmigrantes de territorio italiano y español del siglo XIX, en una importante transformación del panorama urbano, para terror de los sectores acomodados que vieron en esa masa recién llegada un verdadero “aluvión zoológico”, que ponía sus privilegios bajo amenaza.

La relación entre el peronismo y lo negro es rica, mas por ello no deja de ser problemática. Frente a la invisibilidad de la presencia afro en Argentina (o la teoría de su desaparición, si se piensa en términos acríticos), sin embargo, los insultos más corrientes en el habla argentino involucran lo “negro”, sin demasiada reflexión al respecto. El referido mote “cabecita negra” introdujo al afrodescendiente en el corazón de las representaciones colectivas a mediados del siglo XX, y continúa lo “negro” siendo usado en forma despectiva, como fuera en la era colonial. También hay que sumar expresiones de empleo más reciente como “negro cabeza”, “negro de mierda”, que refieren a unas de las calificaciones más utilizadas para describir a los sectores bajos, sin ser necesariamente descendientes de africanos o tener alguna relación con África (SOLOMIANSKI, 2003) (PICOTTI, 1998).

Si el colectivo afrodescendiente argentino supuestamente desapareció físicamente, reaparece (pero difusamente, junto a otros) en una forma negativa en el discurso, en calidad de sujeto marginalizado, desde una lectura de social, de clase, y ya no racializado. Buscando una explicación plausible a esto, y que se constata no solo en Argentina sino en todas las naciones hispanoamericanas, las autoridades tuvieron dificultades en integrar al afrodescendiente a sus sociedades postcoloniales, sobresaliendo la marginalidad y la exclusión en su condición (PICOTTI, 1998) (REID ANDREWS, 1989). Asimismo, se justifica la pobreza y marginalidad de dicho sujeto desde una perspectiva clasista y ya no por el color o la raza, si bien tales “cabecitas negras” son en muchos casos afro-mestizos, puesto que buena parte de la población tiene origen africano, aunque para el marcador eso sea muy secundario, ya que se construye desde una posición clasista, no racial. Buenos Aires fue un centro irradiador de africanidad, como  puerto de tráfico esclavista en época colonial.

El empleo de la palabra negro en  Argentina en la actualidad ya no es una referencia fenotípica para describir a ciertos individuos (que, pese a todo lo repasado, se consideran desaparecidos) sino que alude a un conglomerado de grupos de extracción social baja cuyo factor común son la marginalidad y la pobreza, y ya no la portación de un color de piel necesariamente oscuro, aunque la huella afro-mestiza sea evidente. Uno de estos sectores es el formado por inmigrantes pobres de países limítrofes (Perú, Bolivia, Paraguay, principalmente, que migran al país para trabajar) y otro es el de la población argentina mestiza pobre, comúnmente los denominados “cabecitas negras”, a quienes deben ser sumados otros afrodescendientes como inmigrantes de países  limítrofes, cercanos y de la región (afrolatinoamericanos como afrobrasileños, afrouruguayos, afrodominicanos, haitianos, entre otros), y de la diáspora subsahariana mencionada antes. El punto  de contacto entre todos estos grupos es el hecho de que muchas veces sus individuos habitan las villas miserias y son asociados al cometido de hechos delictivos, especialmente quienes son inmigrantes, en clara alusión a sentimientos xenofóbicos que ligan inmigración con delincuencia. Como si del recuerdo del antiguo esclavo se tratara (siempre proclive a la rebelión), la presencia de lo “negro” en la actualidad también denota en muchas ocasiones un peligro. Recapitulando, ser considerado coloquialmente “negro” y tener la piel oscura se interpreta como signo de origen no europeo e indicador de posición social más bien baja, de marginalidad, en consideración negativa (PICOTTI, 1998) (SOLOMIANSKI, 2003), quedando lo “negro” atado a la pobreza, sin importar demasiado la huella africana en un país en donde ésta no recibe atención suficiente. Por eso una persona considerada fenotípicamente blanca puede ser o autodenominarse negra. Se habla del “negro de alma”, como una marca de identidad racial presente en la identidad de clase.

Lo curioso es que todavía se pregona la desaparición afro, pero la palabra “negro” está enraizada en el discurso como una rémora colonial para aludir y denostar la mano de obra explotable, de individuos pobres y marginales. Quien es considerado “negro” siempre ha sido, por lo general, marginado y, ante todo, una persona considerada mano de obra barata. Tomando como variable la alfabetización, el Censo nacional de 1869 reveló que había un 80% de analfabetos en la población argentina. Desde ya es imposible saber qué cuota de afrodescendientes estaba en tal condición. Los esfuerzos en pos de la alfabetización de ese segmento poblacional fueron muy pobres en el plano nacional, pero en la Ciudad de Buenos Aires se ofrecieron más posibilidades de alfabetización, aunque bajo un clima de precariedad. En ésta, se sabe que para la década de 1850 las escuelas de varones estaban abiertas a los estudiantes afros, pero la discriminación informal impedía que
éstos accediesen a las mismas. Además, las ocupaciones matinales para ganarse la vida de esos pequeños obstaculizaron la asistencia a clases o provocaron un rendimiento escolar muy malo. En el ámbito universitario, en 1880, aun no había ningún estudiante afro graduado (REID ANDREWS, 1989) (LEWIS, 2010).

En general, se hace perentoria la necesidad de sostener esfuerzos en pos de hacer visible la presencia afro en Argentina y, en consecuencia, actuar sobre las causas que siguen vinculando al colectivo afro con invisibilidad, marginación, exclusión y pobreza (así como demás grupos sociales que ingresan en la categoría actual “negro”). Esta marca peyorativa es una constante en América, continente habitado por alrededor de 200 millones de afrodescendientes. En el contexto del Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024) proclamado por Naciones Unidas2, los esfuerzos deben superar los ámbitos nacionales y trascender fronteras.

 

Notas
1 El término afrodescendiente es de uso relativamente reciente. Comenzó a ser empleado en las vísperas de la primera Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en Durban (Sudáfrica) entre el 31 de agosto y el 7 de septiembre de 2001. Su utilización como una herramienta de reivindicación en América Latina y el Caribe tuvo y tiene amplísimo eco. Además, se supuso que afrodescendiente es superador de la categoría “negro”, vista como una rémora colonial en la forma de denominar a los esclavizados (aunque muchos grupos e individuos la utilicen hoy como autodenominación). La Declaración final de Durban se puede consultar en: http://www.un.org/es/events/pastevents/cmcr/durban_sp.pdf.

2 Con el tema “Afrodescendientes: reconocimiento, justicia y desarrollo”, como indica el portal web, “la comunidad internacional reconoce que los afrodescendientes representan un grupo específico cuyos derechos humanos deben promoverse y protegerse”. Ver en http://www.un.org/es/events/africandescentdecade/

 

Referencias
CIRIO, N. P. La desaparición del candombe argentino: Los muertos que vos matáis gozan de buena salud. Música e Investigación, Nros. 12- 13, pp. 181-202, 2003. Disponible en:
https://www.yumpu.com/es/document/view/16139412/la-desaparicion-del-candombe-argentino-los-muertos-que-cebela. Acceso: 27 de mayo de 2018.
LEWIS, M. El discurso afroargentino. Otra dimensión de la diáspora negra. Córdoba: Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2010.
PICOTTI, D. La presencia africana en nuestra identidad. Buenos Aires: Ediciones del Sol, 1998.
REID ANDREWS, G. Los afroargentinos de Buenos Aires. Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 1989.
SEGATO, R. L. La Nación y sus Otros. Raza, etnicidad y diversidad religiosa en tiempos de Políticas de la Identidad. Buenos Aires: Prometeo, 2007.
SOLOMIANSKI, A. Identidades secretas: la negritud argentina. Buenos Aires: Beatriz Viterbo Editora, 2003.

 

Publicado en: http://periodicos.uem.br/ojs/index.php/EspacoAcademico/issue/view/1524/showToc

Revista Espaço Acadêmico (DCS – Departamento de Ciências Sociais, Universidade Estadual de Maringa, Brasil), Dossiê Epistemologias Negras (Orgs.: Dr. Alexandre Fernandes e Dr. Marcos
Lopes), V. 18, N° 207, agosto de 2018. Año XVIII – ISSN 1519.6186. Páginas 50-62.

Recebido em 2018-06-14. Publicado em 2018-08-07.