Macri y el hechizo europeo

Los ejemplos de la diversidad demográfica y cultural presente en Sudamérica y en el continente son numerosos. Es necesario enfatizar la inobjetable existencia de múltiples reparos a lo expresado la semana pasada por Mauricio Macri

 

 

En el Foro Económico Mundial de Davos el presidente Mauricio Macri afirmó que Sudamérica desciende de europeos en procura de un acercamiento a la Unión Europea y del logro de la llegada de las tan ansiadas inversiones.

Como formuló el catedrático Nicolás Shumway, ese infortunado dicho puede ser inscrito dentro del discurso de las ficciones orientadoras que han dirigido el proceso de construcción de toda nación. Una de estas consiste en defender acérrimamente el mito de que la Argentina es un país blanco y europeo, descendido de los barcos. Lo de Macri no es casual ni producto de un error o mera ignorancia, es más bien una línea discursiva que se encuentra presente en el curso de la historia del Estado argentino. No es la primera vez que un mandatario realza esta línea interpretativa. Algo semejante hizo la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner cuando sostuvo, en abril de 2015, que la Argentina es un país de inmigrantes. Carlos Menem, ante la pregunta de un periodista, en 1994, respondió que en el país no hay negros y que ese problema lo tiene Brasil.

Desde temprano los intelectuales y los dirigentes han ensalzado el deseo de imitar el estilo europeo. La idea de blanqueamiento se impuso como el deber ser en varios puntos de la región. En Argentina esa ficción jugó la carta en forma exitosa. También lo hizo en Uruguay, denominada la “Suiza de América”, aunque posea un 8,1% de población afrodescendiente autorreconocida en su censo nacional (2011). No obstante, esa presunción de europeidad y blanquedad arrinconó o invisibilizó identidades no blancas.

Pero no resulta difícil contrastar la frase del actual Presidente, a partir de la evidencia aportada por censos nacionales y otros estudios, para demostrar lo incorrecto de su declaración. Sin ir muy lejos, la primera dama, Juliana Awada, en su historia familiar porta el hecho de ser descendiente de inmigrantes sirio-libaneses musulmanes. En nuestro país, según el resultado de la respuesta a la variable de autoidentificación lanzada por primera vez en el censo nacional de 2010, 955.032 personas declararon ser de ascendencia originaria (2,4% del país) y 149.493, afrodescendiente (0,37%). Empero, estas cifras no serían representativas del todo, ya que un estudio genético dado a conocer en 2005 demostró que el 56% de la población es de ascendencia indígena y una prueba piloto de 2005, más otras investigaciones, dieron a conocer que un 5% tiene al menos un ancestro africano en la Argentina.

En el resto de Sudamérica la complejidad demográfica tampoco puede reducirse a la pretensión de que toda persona desciende de ancestros europeos. La raíz poblacional de América es tripartita, afro, europea y originaria, al momento de constituirse la sociedad colonial; luego se agregaron otros contingentes migratorios como los provenientes de lo que se dice, en sentido eurocéntrico, Medio Oriente y el Extremo Oriente, entre otros, a resultas de sumar mayor complejidad al mosaico de la demografía sudamericana (y continental). Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y Naciones Unidas (2009), en América Latina y el Caribe habitan unos 150 millones de afrodescendientes, entre el 15% y el 30% del total de habitantes. En cuanto a población originaria, un informe de Cepal de 2014 muestra que en América Latina habitan 45 millones de personas, el 8,3% de la población, agrupadas en 826 pueblos indígenas. En América del Sur, excluyendo la Guyana Francesa, de acuerdo con datos censales de 2010, se calculaba 21 millones personas de población indígena, el 5,3% de la región. En suma, ningún país de Sudamérica tiene menos del 0,5% en su conformación de población originaria o descendiente de estos grupos. El que menos presenta, de acuerdo con los censos citados, es Brasil, con 0,47% (de todos modos, atento ser el país más poblado de América del Sur, se trata de 896.917 individuos).

Algunas cifras nacionales y obvios reparos

Si el ideal del blanqueamiento impuso pensar muchas de las naciones de Sudamérica como blancas (aunque esto ni se ajustara remotamente a la realidad), un caso ha sido Colombia. La élite concibió al país como una gran nación blanca, a partir del cruce entre población de origen africana y la de origen amerindio, con la población supuestamente de origen europeo. Tanto el aporte afrodescendiente como el originario resultaron invisibilizados al imponerse como modelo la herencia española, si bien fenotípicamente el aporte no hispano es bien visible recorriendo el país. De todos modos, quien se considera colombiano se siente en menor medida descendiente de población originaria y más europeo, y para nada de ascendencia africana. Todo ello pese a los datos censitarios de 2005, que revelaron un 10,61% de población afrodescendiente (4.316.592 personas), aunque estimaciones no oficiales elevan la cantidad a 10,5 millones (es decir, del 15% al 25% del total) debido a las contingencias de la variable de autorreconocimiento. También la medición censal arrojó mayor presencia originaria de la que se creía: 1.378.884 personas, el 3,4% de la población nacional, sin olvidar la población rom censada (4.858 personas, el 0,1%).

Chile es un país que acusa un marcado mestizaje en su pauta demográfica, en donde se calcula que el 90% de la población es producto del cruce euroamericano entre, principalmente, la herencia hispánica y la mapuche, desestimando la africana. Según un estudio de 2015, el 9% de la población chilena dice pertenecer a uno de los pueblos originarios, es decir, poco más de 1,5 millón de individuos, de los cuales el 83,8% se autorreconoce como mapuche. El censo 2017 volvió a incluir la variable de adscripción identitaria originaria, como en 1992 por primera vez, cuando 998.385 individuos (10,33% del total nacional) se autorreconocieron como descendientes de pueblos originarios, en su mayoría mapuche (92,96%).

La presencia originaria es más marcada en Bolivia y Perú, antigua sede del Tawantinsuyu, uno de los grandes centros florecientes de la cultura originaria en América al momento de la llegada de los españoles, al igual que el actual México. En la nación gobernada por Evo Morales, el Censo de Población y Vivienda (2012) indicó que el 41% de la población es originaria, sobre el total de poco más de diez millones de habitantes, y la Constitución de 2009 adoptó la forma de Bolivia como un Estado plurinacional junto al reconocimiento de la existencia de más de treinta pueblos indígenas campesinos, incluyendo al colectivo afroboliviano (0,24% según dicho censo), además de la sanción del castellano y los idiomas respectivos de dichas etnias como lenguas oficiales del país. En Perú existe un abultado mestizaje y una gran mayoría de población mestiza a la cual le cuesta reconocerse como tal, pues el ideal siempre ha sido el blanqueamiento. En 2007 el censo nacional estimó en cuatro millones la población con raíz originaria, sobre un total de 28.220.764 habitantes en el país andino. Muy por debajo está el grupo afroperuano con base en una medición de la Encuesta Nacional de Hogares (1,6%), aún en espera de un censo que precise su número de forma definitiva.

En Brasil, pese al miedo de la élite por la pérdida de blancura producto del mestizaje y el fomento en buena parte del siglo XIX de la llegada de inmigración blanca y europea al sudeste, la población afrodescendiente es cuantiosa como legado de siglos de trata esclavista y una esclavitud que perduró hasta 1888. El mito de una democracia racial, orquestado por el grupo en el poder, no pudo ocultar los evidentes desequilibrios sociales cuando, de los grupos sumergidos en las peores condiciones de existencia y víctimas de discriminación, uno es el afrodescendiente. Este suma el 50,1% de un total de 190,7 millones, de acuerdo con el censo 2010. Brasil es la nación con más población de este origen tras Nigeria, el país más poblado de África.

Los ejemplos de la diversidad demográfica y cultural presente en Sudamérica y en el continente pueden continuar, pero era necesario enfatizar la inobjetable existencia de múltiples reparos a lo expresado la semana pasada por Mauricio Macri. Algunos son reconocibles a simple vista, desde el fenotipo y también producto de migraciones más recientes, otros están más ocultos pero no por ello deben ser pasados por alto. La identidad es un constructo histórico y social, como tal debe ser una elección personal no condicionada por ninguna forma del discurso hegemónico y en la actualidad, aunque el concepto de raza no tenga asidero de ninguna clase, racializador.

 

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