Negritud argentina: ¿oxímoron o posibilidad?

2011. En el año de los afrodescendientes, una breve reflexión sobre los argentinos de color.
Siempre se negó la raíz africana del país. Por caso, existe una “narrativa dominante” que ordena la Nación, impone límites de pertenencia externos y traza fronteras hacia dentro. En Argentina siempre se centró en la pureza racial más que en el mestizaje (si bien este último es abundante y es imposible no ver). Un poco más tarde la Nación descubrió a los “otros”, el negro, el indígena, el inmigrante limítrofe. Pero los trató en forma displicente, cada uno a su modo.
Todo Estado es otrificador, alterofílico y a la vez alterofóbico. Se vale de esos otros, los distintos, para erigirse como tal y de tal modo, como una construcción vertical, la clase gobernante se alza en la cúspide y arrincona otras identidades que pasan a ser periféricas, como la del indígena. Se asiste a la creación de “alteridades históricas”, narradas y contenidas dentro de un espacio nacional. La patria cuenta su historia, y no la de los “otros”.
En el caso de los afroargentinos no es un simple tema de alteridad. En el intento por blanquear y homogeneizar la sociedad argentina de fines de siglo XIX, se erradicó todo rasgo étnico no funcional a la lectura europeizante de la época que se hizo al compás de los inmigrantes. Se recurrió a prácticas de exterminio, intimidación, ocultamiento, etc. para que ninguna diferencia pudiera amenazar el colectivo argentino formado al son del “crisol de razas”. El sujeto negro fue borrado en imagen, ideológicamente primero y, luego, en forma material, del imaginario nacional. Existe lo que llaman un genocidio discursivo y por qué no, también físico (la Conquista del Desierto, por ejemplo).

En un país que se enorgullece de su raíz europea y que se supone “descendido de los barcos”, hablar de “negritud argentina” implica una excentricidad y un oxímoron que juega confundiendo lo negro con lo plateado. “Negros, en Buenos Aires, no hay”, se repite. Dicha negación obedece a la ceguera en torno a precisar el aporte de los afroargentinos a la cultura nacional. Dentro del racismo imperante, la imagen sobre los negros en Occidente responde a dos estereotipos, la visión como un ser infantil o alegre, o como un ser bestial.

El gran problema respecto al negro en la historia argentina es el proceso de su no reconocimiento y de exclusión del relato histórico. Las visiones que enceguecen el aporte de este actor social tienden a confinar su presencia al pasado colonial y remarcan su ausencia actual. Para explicar cómo se llega a un hoy sin negros se recurre a interpretaciones que no lo explican todo, si bien son hechos que forman parte de lo sucedido: alta tasa de mortandad, aparición de las oleadas inmigratorias “blancas”, condiciones de vida desfavorables y la contribución a las guerras por la independencia, Brasil, Paraguay y las luchas civiles del siglo XIX. Pero hay otra explicación detrás. Hay que recalar en la forma en que muy pobremente se los ubicó dentro del relato de la historia nacional.
Más allá de las discusiones, son innegables los aportes de los afroargentinos a la cultura nacional, siendo las múltiples representaciones de la comunidad negra en sus diversas facetas culturales, un reflejo de ello. En el tango, la prensa, su contribución al esfuerzo de las guerras de independencia, y así se puede seguir enumerando. Hay que dejar de lado las imágenes tipificadas, como la de la inocente negrita en la calle colonial vendiendo las empanadas al son de la frase repetida que remata con un “para quemarse los dientes”.
Es necesario seguir aportando a la causa y de tal modo ofrecer una visión que legitime la idea de que 2011 debe ser considerado año del afrodescendiente. Que tal resolución encuentre su razón de ser en el trabajo y la difusión de la cultura negra en la Argentina, un territorio insuficientemente explorado todavía.