El lugar de los afrodescendientes en la historia

Condenados al olvido, los afroargentinos, quedaron excluidos por un racismo que declaraba a viva voz la supremacía de la raza blanca europea. Es cierto que su población decreció en forma significativa, pero no es válido decir que hayan desaparecido. Ese fue el desafío negro: readaptarse y sobrevivir, asumiendo dos grandes retos, el de la cruza racial que pretendían los gobernantes y el fomento gubernamental de la entrada masiva de inmigrantes blancos. Pudieron prevalecer, aunque no fue fácil. Muchos escondieron -avergonzados- su negritud, otros tantos fueron desplazados por los recién llegados de Europa.

El lugar de los afrodescendientes en la historia

En medio de los festejos por el Bicentenario, en donde no parecen abundar las actividades que tengan por protagonistas a los afrodescendientes, recorremos en esta nota algunos episodios que puedan dar cuenta de cómo y por qué somos parte de un país que niega su negritud. Un huella en la cultura que se encuentra en cada expresión popular y que aún lucha por encontrar su lugar en la memoria colectiva.

Buenos Aires, refundada en 1580 y por casi dos siglos, tuvo una importancia marginal respecto de la ciudad que velaba por su jurisdicción, Lima, capital del Virreinato del Perú. Las trabas monopólicas impartidas por España desde esa pujante ciudadela convirtieron a la diminuta Buenos Aires en punto ideal para la introducción ilegal de esclavos (y otras mercaderías). De esta forma, amparada por la ceguera intencionada de las autoridades locales, fue ingresando desde mediados del siglo XVI un flujo constante de africanos que, se estima, para principios del siglo XIX, representaba el 30% de la población de la ciudad y cerca del 45% en el interior.

Cuando la colonia empezaba a dar los primeros signos de agonía, Buenos Aires adquirió importancia como capital de un nuevo Virreinato creado en 1776. La presencia de los africanos esclavizados, comenzó a decaer con las guerras de Independencia, en las que fueron carne de cañón de las tropas revolucionarias. Un esfuerzo que no fue debidamente reconocido y que ha dejado algunos recuerdos de Generales afrodescendientes que no pudieron escribir su propio capítulo en los manuales de historia argentina.

Según cuentan los relatos de la época, el disminuido índice de natalidad y la pobreza generalizada de los negros fue diezmado con la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en 1871. Finalmente, su participación en la guerra del Paraguay resultó mortífera: otro episodio en que fueron olvidados los valerosos soldados negros, los valientes guerreros anónimos, desaparecidos y olvidados.

Las clases dirigentes descontentas, racialmente hablando, por el prototipo argentino preexistente (reconocido como mestizo, criollo e indígena), fomentaron la inmigración y tomaron como modelo a las naciones más progresistas de Europa. Por consiguiente, con la europeización del país, el racismo se puso a la orden del día. Fue así como el lema alberdiano “gobernar es poblar” se expuso como meta de una época vertiginosa, la de modernización del país. Pero ningún lugar cabía a los negros (ni a otros grupos étnicos) en ese proyecto. Sarmiento y otros pensadores del momento querían lo más selecto de Europa, en especial inmigrantes de origen anglosajón.

Un mito que sí debería cumplirse y hacerse realidad, es el de la nación basada en el pluriculturalismo. Si algo ha demostrado la Modernidad, más allá de sus múltiples vicios, es que a un país lo componen un conglomerado de grupos, aunque diversos, con una identificación común. Habría que indagar quiénes son esos grupos y, en este sentido, rescatar el rico pasado cultural que ofrecen los afrodescendientes (no sólo en la Argentina). Periodistas, escritores, militares, todos de origen africano, se destacaron en la historia nacional.

Celebrar el Bicentenario debería ser, entre otras facetas, el espacio de recuperación que merecen los afroargentinos en la memoria. Y un tiempo para rescatar la herencia cultural, sujetándola como si fuera lo más preciado, y soltar las amarras del prejuicio y el racismo. Siempre fieles a la misión de repensar nuestras raíces, que es la mejor forma de servir al desafío de conferir visibilidad a quienes, se supone, fueron nuestros primeros desaparecidos.

 

Publicado en la edición de mayo 2010 de Revista Quilombo.