Replanteo de la negritud argentina

17-de-octubre

La manifestación popular del 17 de octubre

Argentina es una nación que se enorgullece de una blancura absoluta y la negritud en el siglo XX conduce a enunciación muy particular y despectiva que remite al inicio del peronismo —el 17 de octubre de 1945— y de ahí, como categoría identitaria, llega al presente. Para interpretar, desde perspectiva sociológica, qué implicó este 17 de octubre en la forma de  concebir al otro, hay que explicar el contexto histórico propiciador del nacimiento del peronismo, pero antes debe  caracterizarse lo negro.

Lo negro en Occidente 

La palabra negro es recurrente en el habla y su caracterización es predominantemente negativa a lo largo de la historia. Hoy tiene sentido negativo en la mayoría de los contextos y los grupos afro prefieren definirse con otras categorías identitarias, como afrolatinoamericanos o, más recientemente, afrodescendientes. Tal como se lee en las diversas acepciones del Diccionario de la Real Academia Española, negro denota casi siempre imperfecciones y/o ausencias: un objeto cuya superficie no refleja ninguna radiación visible, ausencia de todo color o lo que no tiene la blancura que le corresponde. Como adjetivo se torna siempre negativo: sumamente triste y melancólico; infeliz, infausto y desventurado, muy sucio.

También se asocia con lo clandestino e ilegal —magia negra, novela negra— y con la mala suerte: tenerla negra. La única definición positiva es el uso como voz de cariño o, a lo sumo, para referirse a persona con ese color de piel.

A este último respecto circulan varias representaciones sociales como producto cultural de la visión que Occidente construyó sobre el sujeto y de la cual Argentina es buen ejemplo. Se presupone la superioridad ontológica sobre África de la civilización occidental, que colonizó América (Solomianski: 2003, 25; Picotti: 1998, 17), y se repiten los prejuicios sobre la capacidad congénita que condensan la imagen irracional elaborada desde hace unos tres mil años (Iniesta: 2009, 11, 15). Los trabajos contemporáneos apuntan a dos estereotipos sobre la imagen del negro: un ser infantil y alegre, o un ser bestial y salvaje, menos que humano (Frigerio: 2000, 76). Estas dos representaciones se cruzan y son un producto histórico que se remonta hasta el mundo grecorromano.

El compendio de caracterizaciones negativas del pasado llevó a pensar al negro como ser irracional y habitante de sociedades sin historia, según el razonamiento del filósofo alemán Hegel. Al siglo XIX se llegó con la construcción de una escala evolutiva  en la cual los negros ocupaban los peldaños más bajos en la diversidad de razas. Incluso la trata atlántica llegó al paroxismo de negar la humanidad de los africanos esclavizados al filo de un comercio infame por más de tres siglos. En el Occidente dieciochesco nadie “civilizado” discutió la inferioridad del negro, que fue colocado en lugar periférico con respecto a la humanidad (Iniesta: 2009, 16-17; Picotti: 1998, 18).

Al negro se asocia la imagen de África y del africano. Los medios de comunicación occidentales presentan el continente y sus habitantes de manera reduccionista y distorsionada para perpetuar el pensamiento del negro como otro. Esa carga negativa explica que los afrodescendientes en América continúen silenciados y/o discriminados.

En la mayoría de los casos, la palabra negro funciona como recuerdo y marcador de identidad del pasado esclavista con una carga negativa por los siglos de trata. Y el africano es tratado como si fuera un niño, cuando no un primitivo y bárbaro sediento de sangre. El negro africano se presenta como inválido, mero pedigüeño que siempre buscará ayuda de Occidente y poco capaz de mostrar racionalidad (Iniesta: 2009, 11, 18, 20, 32). Esa misma carga negativa padecen sus descendientes al otro lado del Atlántico.

Hacia el peronismo y en su primerísima hora

A pesar de los intentos por reivindicar lo negro africano —desde movimientos como la Negritud y el Panafricanismo, por ejemplos— y de que algunas comunidades e individuos utilizan la negritud como referente identitario, por esa carga mayormente negativa no sorprende encontrar semejante representación en la Argentina de mediados del siglo pasado y hasta el presente.

En 1930 la Gran Depresión abrió una nueva etapa en la historia argentina, signada por cambios trascendentales que rompieron el modelo de desarrollo sostenido desde el crecimiento externo sobre la base del sector primario y las exportaciones  agropecuarias. En la nueva coyuntura crítica principió el modelo económico de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) o “fácil sustitución de importaciones” (Rapoport: 2010, 173) que abarcó también la década de 1940. Entre muchas consecuencias del cambio, el estancamiento de la actividad agropecuaria provocó migraciones internas hacia los centros urbanos durante unos 20 años. Del gran contingente humano recién llegado a Buenos Aires se valdría el futuro peronismo para construir su movimiento (Romero: 2012, 86).

El ambiente social y político estuvo enrarecido por tendencias autoritarias y antidemocráticas. El debut de los militares en política sobrevino en septiembre de 1930 y así se inauguró la Década Infame —ensayo de democracia restringida con empleo del fraude patriótico— tras el derrocamiento del presidente radical Hipólito Yrigoyen. Las clases medias se postraron tras haber gozado de ciertas mejoras con el radicalismo previo durante tres presidencias. Marcaron esta etapa la abstención del radicalismo y la aparición de grupos nazis y fascistas. Se restringió la participación política y se proscribió la actuación de partidarios del régimen depuesto. Para reemplazarlos, la aristocracia instauró un orden corporativista apoyado solo en el Ejército y sin contar con las masas (Rapoport y Seoane: 2007, 468, 491).

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la lucha quedó centrada en el plano exterior y la presión por terminar con la neutralidad ocupó considerable atención en la agenda interna. Las divisiones tensionaron el panorama pese a que la coyuntura económica trajo prosperidad y transformó la industria en sector de peso. Sin embargo, lo más importante no era quién ganaría la guerra, sino qué sucedería tras su desenlace.

Se avizoraban el caos económico y la consecuente explosión social (Rouquié: 1981, 327, 330-331; Romero: 2012, 101, 106-108; Rapoport: 2010, 127). A comienzos de 1943, el fantasma de la agitación popular recorría el país y la proliferación de frentes populares (como en Europa) provocó alarma en las filas del Ejército. Para encarar el riesgo, algunos jóvenes oficiales superiores crearon de modo informal una logia como avanzada en la lucha contra el comunismo, que más tarde sería conocida como GOU: Grupo de Oficiales Unidos, Grupo Obra de Unificación, o ¡Gobierno! ¡Orden! ¡Unidad! (Rouquié: 1981, 335). Muchos habían participado en el derrocamiento de Yrigoyen, entre ellos el joven coronel Juan Domingo Perón.

Por primera vez el Ejército actuó autónoma e institucionalmente al dar el golpe de Estado del 4 de junio de 1943, presentado como revolución, y en lo adelante ocupó la escena principal. Los militares golpistas avanzaron, tomaron el poder sin derramar sangre y, en temprano manifiesto, prometieron acabar con el fraude y la corrupción de la Década Infame (Rouquié: 1998, 9; Romero: 2012, 109; Torre: 2002, 17). Tenían intención de romper relaciones con el Eje y abanderarse con el anticomunismo y el catolicismo.

La Revolución de 1943 posibilitó a Perón, coordinador del GOU, ocupar temporalmente su primer cargo público: Ministro de Guerra, que sería el trampolín para su ascenso. Con la represión propia de todo régimen militar sobrevino también cierto acercamiento a las masas. El 27 de noviembre de 1943, el Departamento Nacional del Trabajo se convirtió en Secretaría de Trabajo y Previsión con Perón como titular, quien comenzó a forjar una relación particular con el movimiento obrero que cambiaría para siempre la historia argentina (Rouquié: 1998, 25, 32; Romero: 2012, 114; Torre: 2002, 25, 27). Tras la ruptura de relaciones con el Eje, Perón fue designado primero Ministro de Guerra y Vicepresidente después, con retención de ambos cargos precedentes. Así llegó a la cumbre del poder y era el alma del gobierno (Romero: 2012, 113; Torre: 2002, 24).

La posguerra en Europa alentó la salida a regímenes democráticos y Perón vislumbró la vía electoral como posibilidad política. Desde 1944 había encauzado su política social. con múltiples medidas a favor de los obreros, como el Estatuto del Peón, para gestar tanto la doctrina que se denominaría justicialismo como la resistencia de los sectores económicos más poderosos (Rapoport: 2010, 134-135).

La presión por salir a la democracia crecía y el gobierno fue tildado de nazi-fascista. Los opositores encontraron referente en el embajador norteamericano Spruille Braden y mostraron su descontento en la exitosa movilización de entre 200 mil a 250 mil personas el 19 de septiembre de 1945 (Rapoport: 2010, 137; Torre: 2002, 30). La respuesta del gobierno incrementó la tensión y el 9 de octubre Perón renunció. Al día siguiente pronunció un discurso de aliento a sus humildes seguidores, pero el 13 de octubre fue detenido y deportado a la isla Martín García, como Yrigoyen quince años atrás. Para entonces, Perón ya era un mártir.

El  17 de octubre, los dirigentes sindicales y otros convocaron a la huelga general y a marchar sobre la ciudad de Buenos Aires en manifestación obrera resuelta a defender sus conquistas derivadas de la política social del gobierno militar y a exigir la liberación de su líder (Rapoport y Seoane: 2007, 515, 665). El cálculo peronista estima que marcharon 500 mil personas y al final Perón apareció en la Plaza de Mayo para largar discurso más enjundioso que aquel de la semana pasada (Rapoport: 2010, 137-138). Esta jornada contra el anti-peronismo demostró que el establishment ya no tenía poder.

Peronismo, pobreza y negritud

Así, en la manifestación multitudinaria sin precedentes del 17 de octubre de 1945, nació el peronismo y se abrió una nueva etapa, decisiva en la historia argentina, que marcó el pacto fundador entre el líder y el pueblo. Desde allí toda concentración popular masiva surtió efecto de legitimación plebiscitaria del régimen naciente (Torre: 2002, 33). El peronismo nació para escarmiento de quienes calificaron la jornada como gesto de barbarie en que miles de descamisados que, desde diversas partes del Gran Buenos Aires, llegaron hasta la Plaza de Mayo con la marca de identidad peronista de bombos y cánticos populares (Solomianski: 2003, 256). Los enemigos de este movimiento en ciernes no vieron una fiesta popular, sino un retrato de la barbarie presta a conmover el status quo. Y la palabra negro afloró en este contexto para referirse a esos sectores populares al volverse su presencia muy visible en la Ciudad de Buenos Aires.

El estudio histórico de la clase trabajadora en el siglo XX argentino omitió la dimensión del color de la piel, mientras que la élite constructora de la nación postuló la blancura y la europeidad indiscutida del pueblo. De este modo, a fines del siglo XIX se planteó la desaparición del africano o, a lo sumo, su presencia mínima y sin peso específico para cimentar herencia alguna en el presente.

La teoría del crisol de razas explicó cómo se había generado la argentinidad perfectamente blanca, pero se estima que alrededor del 5% de la población argentina es afrodescendiente. Ser considerado coloquialmente negro y tener la piel oscura se interpreta como signo de origen no europeo e indicador de posición social más bien baja, de marginalidad, en consideración negativa (Adamovsky: 2013, 87-89; Frigerio: 2008, 63, 66-67; Picotti: 1998, 42, 79; Solomianski: 2003, 16).

Los seguidores de Perón, como de Yrigoyen años atrás, fueron desacreditados como negros asociados a una presunta barbarie, al efecto de justificar su incapacidad innata para ejercer el derecho ciudadano. Sin embargo, los individuos así tildados no construyeron un orgullo negro para contrarrestar el mito de la nación blanca y retar el desprecio. La negritud se apartó de la referencia al origen africano y las alusiones al color de piel pasaron progresivamente a señalar posición de clase, al margen de los rasgos fenotípicos (Adamovsky: 2013, 92).

Esta tendencia se observa desde comienzos del siglo XX por menor adjudicación de rasgos afro a las personas y así descendió el número de verdaderos negros en la Ciudad de Buenos Aires (Frigerio: 2008, 70). Solo a partir de la década de 1980, ser negro comenzó a reivindicarse como orgullo, si bien hoy día se continúa empleando con sentido despectivo en la mayoría de casos.

El uso de apelativos como negro, cabecita negra, groncho y morocho es forma coloquial para denominar a las clases bajas y a lo plebeyo por asignación de un tipo racial que no necesariamente es visible. Incluso siendo de piel blanca se puede considerar a una persona negra de alma o referirse a ella como negro. Así dichos apelativos entrañan más bien función clasista, como marca racial presente en la identidad de clase.

Aquí sostenemos que, gracias al peronismo y sus detractores, a mediados de la década de 1940 se impuso esta peculiar concepción de alteridad. El pobre quedó asociado a lo negro sin importar mucho la huella africana. Al contrario, se habla de cabecita negra por causa del aluvión zoológico, según los detractores de los movimientos migratorios internos que precedieron y acompañaron al peronismo.

El recién llegado fue el criollo del interior, el provinciano, mestizo, sin raigambre afro alguna según la pretensión funcional del relato de blanqueo (Frigerio: 2008, 72; Solomianski: 2003, 255), aunque la huella africana estuviera presente y fundida entre los provincianos. Esa presencia proveniente del interior fue reemplazando los rostros de los inmigrantes italianos y españoles del siglo XIX.

Fueron negros y negras quienes apoyaron incondicionalmente al peronismo y se hicieron presentes en toda manifestación política dentro del perímetro de la ciudad, aunque hacia los bordes (Solomianski: 2003, 32). Y pese a la simpatía del gobierno peronista por estos negros, la agenda oficial no contempló enfrentar el mito de nación blanca y los intentos populares terminaron siendo rechazados desde el poder. Lo negro terminó siendo una metonimia de la diversidad cultural argentina y de la totalidad de las clases populares, sin importar el fenotipo, pero englobando un todo unificado y despojado (aparentemente) de oposiciones étnicas (Adamovsky: 2013, 99, 111-112).

Conclusión

El antropólogo e investigador Alejandro Frigerio argumenta que la invisibilización de los negros se produce no solo en la narrativa dominante de la historia argentina, sino también en la representación de la vida diaria. Lo curioso es que todavía se pregona la desaparición del afro, pero la palabra negro está enraizada en el discurso como una rémora colonial para aludir y denostar la mano de obra explotable.

Como explica Frigerio, los negros de la década de 1940 fueron la nueva categorización de las clases subalternas, bastante parecida a la caracterización de los negros verdaderos veinte o treinta años atrás, que la historiografía oficial considera desaparecidos.

La invisibilidad consistió en hacer creer que los afrodescendientes se diluyeron y desaparecieron en Argentina. Tal perspectiva distorsiona que el ancestro africano estuvo presente desde los primeros tiempos coloniales y su huella es imborrable. Así que hay clara vinculación étnica entre los negros del pasado y los cabecitas negras por la forma despectiva de describirlos (Frigerio: 2008, 66, 72-73, 76, 79). A pesar de la afirmación reiterada sobre la extinción del afrodescendiente, los insultos más corrientes en el habla argentina involucran, aunque no se reflexione mucho sobre ello. El mote cabecita negra introdujo al afrodescendiente en el corazón de las representaciones colectivas a mediados del siglo XX. Y lo negro continúa siendo utilizado de forma despectiva y englobante, aunque las consideraciones fenotípicas se releguen a lugar secundario.

Cabe agregar expresiones de empleo más recientes, como negro (de la) cabeza o negro de mierda, para referirse en particular tanto a inmigrantes de países limítrofes (Paraguay y Bolivia) como a la diáspora subsahariana), son de las calificaciones más despectivas para describir sectores plebeyos (Solomianski: 2003, 33, 255-256; Picotti: 1998, 42, 47, 60). Entonces, en el imaginario porteño, pobreza y negritud van de la mano.

En esa asociación caen varios grupos sociales (villeros, inmigrantes de países limítrofes, subsaharianos, afrolatinoamericanos y otros). La pretensión de cierta blanquedad superior marca la frontera de clase (y racial, de cierta forma) y continúa imperando, aunque la presencia afrodescendiente desafíe y reflote, sobre todo en el discurso, en virtud de una nueva identidad más abarcadora (Frigerio: 2008, 81-82).

 

Bibliografía

 

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Publicado en:

Revista Identidades (pp. 83-88)

http://www.cubaintegra.org/identidades-no9.html#/