Sankara, la Revolución y la juventud

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El presidente de Burkina Faso pensó en los jóvenes. Una experiencia cubana. Crédito: PA-DPA/AFP

Se cumplen 32 años del complot mediante el cual fue derrocado y asesinado Thomas Sankara, quien fuera apodado el «Che Guevara africano», líder revolucionario que inició una transformación de su país, Burkina Faso («país de hombres íntegros»), el que gobernó entre 1983 y 1987, con la intención de superar la pobreza extrema al que estaba sujeto y romper los vínculos neocoloniales que lo ataban a la ex metrópoli francesa desde 1960.

En octubre de 1984 Sankara denunció en Naciones Unidas que el país mediterráneo de África occidental tenía un índice de mortalidad infantil de 180 por cada mil, mientras la esperanza de vida era de solo 40 años, sumado a un índice de analfabetismo del 98% y un médico para cada 50.000 habitantes, entre otras cifras penosas. Contra esta situación se rebeló y actuó quien fuera presidente revolucionario hasta octubre de 1987.

El joven capitán idealista cayó víctima de sus nobles aspiraciones y fue asesinado sin poder consumarse la Revolución Burkinabé. Los aliados de Francia tramaron contra él, entre ellos su antiguo compañero de armas que lo sucediera en el cargo tras traicionarle, Blaise Compaoré, quien gobernó la antigua Alto Volta hasta su caída a finales de octubre de 2014 producto de una insurrección popular.

Al entender de Sankara, la revolución, amenazada desde varios frentes, debía buscar con urgencia apoyos. Así que Tom Sank (otro de sus apodos), consumado panafricanista y marxista, no dudó en tender lazos desde el país africano con otras fuerzas revolucionarias dentro y fuera del continente, como la Cuba castrista. Sankara constituyó un lazo de amistad con Fidel Castro y el burkinabé visitó por segunda vez la isla caribeña en noviembre de 1986. El motivo, en parte, tuvo que ver con lo que sigue.

Una historia en Cuba

Para Sankara, siendo él joven, la juventud representaba un valor supremo de su Revolución al igual que otros ideales como la búsqueda de la igualdad, la austeridad, el papel de la mujer, la autosuficiencia, etc. A continuación una historia desconocida dentro de lo poco familiar que resulta el relato de la experiencia de lo ocurrido en Burkina Faso en parte de la década de 1980.

«Una juventud movilizada es peligrosa y representa un poder que asusta igual que las bombas atómicas», sentenció el líder. Y obró en consecuencia, haciendo partícipes a jóvenes del proceso revolucionario.

Tres años luego de haber llegado al poder tras un golpe militar sin derramamiento de sangre, Sankara decidió enviar a 600 jóvenes a instruirse en la isla revolucionaria. Este grupo era proveniente del entorno rural y sus integrantes habían quedado en orfandad. Es decir, la intención del presidente fue la de mejorar las condiciones de vida y dar posibilidades a esas personas de entre 11 y 14 años, en palabras suyas, «con la misión de aprender una profesión y retornar la ayuda al desarrollo de su país en plena revolución». También como una forma de profundizar la hermandad entre las dos naciones revolucionarias, Burkina Faso y la isla caribeña.

El grupo aceptó partir hacia una geografía desconocida con becas de estudio prometidas por Castro al presidente de la antigua Alto Volta, a la que el joven capitán renombró Burkina Faso reafirmando el carácter revolucionario de su paso por el poder. Para los viajeros la estancia en Cuba resultó una experiencia gratificante. Fue el primer viaje en avión de estas jóvenes personas.

El grupo fue recibido en la Isla de la Juventud, renombrada así desde 1978 por la colaboración de jóvenes tras el desastre que dejó el huracán Alma en 1966, y símbolo de lo joven y de la amistad entre los pueblos. La experiencia no estuvo exenta de dificultades. En las primeras semanas hubo algunos intentos de fuga con la intención de retornar a Burkina Faso a pie pero, a la larga, la adaptación fue exitosa.

Las actividades desarrolladas por el joven grupo comprendieron tanto el trabajo manual en las plantaciones como la educación y la formación militar, pues el manejo de armas era exigido en un país comunista y en defensa de la Revolución. En 1986 Sankara volvió a Cuba y aprovechó la instancia para visitar al grupo y así poder saludar a sus protegidos. En el país africano se les referenció como ejemplares y, para el grupo, Sankara no solo simbolizó una figura paterna sino que también confirió un sentido a sus vidas.

Derrumbe de un sueño

El asesinato del líder burkinabé trunco la bella utopía de la juventud en Cuba y el relato fue silenciado al igual que se ocultaron los años de Sankara en el poder de la memoria colectiva en el país africano por casi 30 años.

De inmediato tras la desaparición del protector, comenzaron las dificultades para el grupo en la Isla de la Juventud. Ante todo, sin la presencia del capitán para los jóvenes el mundo se derrumbaba pues el grupo lo adoptó como el padre que más de uno no tuvo.

En Burkina, el nuevo presidente Compaoré vio al joven grupo como una amenaza revolucionaria, adeptos a su antecesor derrocado y asesinado. Al respecto, el sucesor de Sankara exigió al gobierno cubano que cancelara el entrenamiento militar y las becas. Esto último afectó seriamente las condiciones de vida de los jóvenes en un momento en que la isla sufría el bloqueo estadounidense. Por ejemplo, la alimentación se restringió dramáticamente.

Por fortuna, algunos de los huérfanos fueron adoptados por familias cubanas. La condición final de estadía en Cuba fue el retorno a su patria una vez terminados los estudios, sin excepciones. Pero la vuelta al país resultó dura porque fueron marginados por el régimen de Compaoré y se dio la orden de dispersarlos por el territorio burkinabé a fin de que no pudieran reunirse y conspirar contra el gobierno. Además, varios de ellos sufrieron desempleo y atravesaron cuadros de depresión, entre otros percances.

Pero el fin de la era Compaoré tras 27 años trajo alivio y dio esperanzas a esta gente. Se han podido asociar y tienen un canal de llegada al gobierno que ahora sí les escucha.

En una entrevista radial de 1987 Sankara opinó sobre Castro: «Fidel tiene una gran humanidad, una intuición muy aguda, y era consciente de la importancia de nuestra lucha, de los problemas de mi país (…). Y nos hicimos grandes amigos». Eso prueba un férreo vínculo entre Cuba y Burkina Faso, el cual generó historias, como la de «Les orphelins de Sankara» (Los huérfanos de Sankara), nombre de un documental estrenado el año pasado.

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