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17 de octubre de 1945, el inicio del peronismo en la Argentina

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El Día de la Lealtad, cuando comenzó la división política de un país que todavía no sana viejas heridas (fuente: Diario Publicable).

Siempre polarizó, dividió tenazmente en dos a la sociedad, como si Argentina no fuera una sola sino dos países. En estos días se habla de una grieta. A 71 años de lo que se considera su nacimiento, todavía se discute qué es el peronismo, y hoy éste se debate para ver quién qué personaje político es el representante más genuino de la doctrina del movimiento de masas fundado por Juan Domingo Perón.

¿Cómo se llegó al famoso 17 de octubre? En octubre de 1945 la tensión se podía cortar con cuchillo y la polarización siguió avanzando entre seguidores y detractores de Perón. El 19 de septiembre de 1945 la oposición a los adherentes del entonces Vicepresidente de la Nación mostró su descontento en una movilización que reunió al menos a 200.000 manifestantes. La tensión creció y el 9 de octubre Perón se vio obligado a renunciar. Cuatro días más tarde, considerado un mártir por sus seguidores, fue detenido y deportado a la isla Martín García. Pero sus simpatizantes no se quedaron de brazos cruzados. El 17 de octubre los cuadros con poder de movilización convocaron a una huelga general y una marcha sobre la ciudad de Buenos Aires con el fin de defender las conquistas obreras, producto de la política social del gobierno militar que encabezaba Perón, y a exigir su liberación. Según la visión peronista, a la marcha asistieron 500.000 personas y al final Perón se hizo presente en la Plaza de Mayo, ocasión que aprovechó para dar un memorable discurso.

Para el antiperonismo esta jornada, que marcó el nacimiento oficial del peronismo y el inicio de una nueva etapa en la historia argentina contemporánea, significó un fracaso rotundo y una muestra de la debilidad de los sectores acomodados. Los enemigos del movimiento naciente vieron en el 17 de octubre «barbarie». Miles de «descamisados» llegaron hasta la Plaza de Mayo, provenientes de diversos rincones del Gran Buenos Aires, atravesando el río en barco o nadando, y, al ritmo de cánticos populares y bombos (una marca de identidad peronista), muchos se refrescaron en la fuente. Los enemigos del movimiento en ciernes no vieron en ello una fiesta popular (como la define el peronismo) sino un acto bárbaro que atentaba contra su posición consolidada y los privilegios adquiridos. La palabra «negro» para referirse a esos sectores populares nació en este contexto cuando la presencia de los denominados (en forma despectiva) «cabecitas negras» se hizo muy visible en la Ciudad de Buenos Aires. Desde la década de 1940, la palabra «negro» comenzó a ser utilizada como una forma negativa y novedosa para referirse a un grupo social marginado, pobre y no blanco.

Pobreza y estigmatización

En un país que niega su raíz afro, en el que se postula que en Argentina no hay negros, reivindicando la blancura y la europeidad indiscutida de su pueblo, resulta paradójico que una forma de referirse a los sectores populares sea como «negros», cuando a éstos, en el sentido fenotípico, se los considera desaparecidos. Sin embargo, se estima que alrededor del 5% de la población argentina es afrodescendiente, unos 2 millones de habitantes. En definitiva, el problema es de construcción de la historia, un discurso negador y silenciador de la negritud que ganó el sentido común haciendo creer que los afrodescendientes en el país se extinguieron, siendo tratados como reliquias del pasado.

En la actualidad, en el país ser considerado coloquialmente «negro», tener la piel oscura, se interpreta como un signo de origen no europeo y un indicador de una posición social más bien baja, de marginalidad, como una condición considerada negativa. Los seguidores de Perón fueron desacreditados por ser «negros», asociándoles una presunta barbarie como para justificar su incapacidad para poder votar, entre otros temas no menos importantes. Sin embargo, los individuos tildados así no construyeron un orgullo «negro» para contrarrestar el mito de una nación blanca y enfrentar el desprecio, al menos en la época en cuestión. La negritud se apartó de la referencia al origen africano (acompañada por el mito de la desaparición del afro) haciéndose la cuestión del color de piel una muestra progresiva más bien de una posición de clase que algo racial, más allá de que la persona fuera blanca o no, es decir, independientemente del fenotipo, y coincidente con la aparente disminución de los «verdaderos negros» en la Ciudad de Buenos Aires. Recién a partir de la década de 1980 el ser «negro» comenzó a reivindicarse con orgullo, si bien hoy día continúa siendo empleado en el sentido despectivo en la mayoría de casos, en cierta forma en modo similar como hace 70 años.

El uso de apelativos como «negro», «cabecita negra», «groncho», «morocho» durante el siglo pasado (y el presente) es la forma coloquial en general de denominar a las clases bajas y de asignarles un rasgo racial que no necesariamente estuvo presente ni consta de manera forma visible. Incluso se es blanco y puede ser considerada esa persona una «negra de alma» o un individuo blanco puede referirse a él mismo como «negro». Entonces, esos apelativos son más bien de tipo clasista, una marca racial presente en la identidad de clase.

Gracias al peronismo y sus detractores, a mediados de la década de 1940 se impuso esta peculiar concepción de la alteridad en donde el pobre quedó asociado a lo «negro», sin importar tanto la huella africana ni el color de piel. Se habla del «cabecita negra» como producto del «aluvión zoológico», según los detractores de los movimientos migratorios internos que precedieron al peronismo y lo acompañaron, inquietos por la llegada a Buenos Aires de grupos humildes procedentes del interior de la República Argentina. El recién llegado fue el criollo, el provinciano, mestizo, sin raigambre afro alguna (o eso se pretendió, funcional a un relato de blanqueo, el mito de la Argentina blanca y descendida de los barcos), aunque la huella africana estuviera presente y fundida entre los provincianos, y esa presencia proveniente del interior fue reemplazando los rostros de los inmigrantes italianos y españoles del siglo XIX.

Fueron «negros» y «negras» los que apoyaron incondicionalmente al peronismo, y de allí en más se hicieron presentes en toda manifestación política. Sin embargo, pese a la simpatía del gobierno peronista por estos «negros», la agenda oficial no contempló la posibilidad de enfrentar el mito de Argentina en tanto nación blanca. De todos modos, lo «negro» terminó siendo una generalización algo vulgar de la gran diversidad cultural argentina y de la totalidad de las clases populares sin importar lo fenotípico pero englobando un todo unificado y despojado de diferencias étnicas, aunque en apariencia. La huella negra no se disolvió como quiso hacer creer el relato de la historia liberal, la historiografía oficial que tornó invisible al negro y la imposibilidad desde allí de pensar en su legado.

Paradoja… o no tanto

Lo curioso es que, pese a la resistencia y una lucha sostenida por varios, si todavía se pregona la desaparición del afro, en cambio la palabra «negro» se utiliza en el discurso, como una rémora colonial en la forma de aludir y denostar a la mano de obra explotable. Los «negros» de la década de 1940 son una nueva categorización de las sectores populares, las clases bajas, bastante parecida a la de los «negros verdaderos» de veinte o treinta años antes, que la historiografía oficial pretende desaparecidos. La invisibilidad consistió en hacer creer que los afrodescendientes en Argentina se diluyeron y desaparecieron. Sin embargo, esa es una perspectiva distorsionada, el ancestro africano estuvo presente desde los primeros tiempos coloniales y su huella no desaparece. Entonces, existe una clara vinculación étnica entre los negros del pasado y los «cabecitas negras» de los años 40 en la forma siempre despectiva de describirlos. Fueron negros o con algún ancestro africano en algún momento de sus genealogías, afro-mestizos.

De modo que, pese a la afirmación reiterada sobre la extinción del afrodescendiente y ensalzada como mito, sin embargo, los insultos más corrientes en el habla argentino lo involucran, aunque no se reflexione mucho sobre ello. El referido mote «cabecita negra» introdujo al afrodescendiente en el centro de las representaciones colectivas a mediados del siglo XX, y lo «negro» continúa siendo utilizado en forma despectiva y englobante, aunque lo fenotípico quede en un lugar secundario (a una primera y distorsionada vista). También (y lamentablemente) hay que agregar expresiones de empleo más reciente como «negro (de la) cabeza» o «negro de mierda» que suman, en particular, la referencia a inmigrantes de países limítrofes como Paraguay y Bolivia (y la diáspora reciente subsahariana), y son de las calificaciones más despectivas empleadas para describir a los grupos populares.

En conclusión, en el imaginario porteño pobreza y negritud van de la mano y en esa asociación «caen» varios grupos (villeros, inmigrantes de países limítrofes, subsaharianos, afrolatinoamericanos, etc.). Existe la pretensión de una blanquedad superior, con ansias de segregación, que traza una frontera clasista (y también racial) respecto a lo no blanco (en sus diversas composiciones). Pero la negritud la desafía constantemente porque, pese a lo que explica el mito histórico, los negros en Argentina no desaparecieron. El último censo nacional, por caso, contabilizó algo menos de 150.000 afrodescendientes hace casi seis años.

 

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