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Brasil y África: la historia de una relación profunda

Foto: visita de Lula en Senegal, abril de 2005, con el presidente Abdoulaye Wade, a su llegada a la Isla de Gorea, donde pidió perdón por la esclavitud. Ricardo Stuckert/PR. Wikimedia Commons

 

En el país sudamericano la huella africana es notable. Desde el siglo XVI este sostuvo vínculos regulares al otro lado del Atlántico. A partir de la era de la trata esclavista, aunque oscilando en magnitud, el contacto con varios territorios del continente siempre estuvo presente.

 

Día de la Conciencia Negra en Brasil

El 20 de noviembre es importante en el calendario brasileño. Desde el año 2003 se celebra el Día de la Conciencia Negra, por el quilombo más grande y duradero de la historia, el de Palmares, ubicado en el estado actual de Alagoas, que resistió la esclavitud durante buena parte del siglo XVII al reunir varios poblados de personas esclavizadas y huidas de la esclavitud. Ese día de 1695 el último gobernante de esta tamaña unión, en activa resistencia frente al colonialismo portugués y la esclavitud, era ejecutado y la experiencia tuvo un corte abrupto.

De todos los países de América Latina, Brasil es el que más puentes tendió con África, siendo la primera nación del mundo con mayor población de origen africano, es decir, la de más afrodescendientes, exceptuando a Nigeria y Etiopía, los dos países más poblados de África. Con algo más de 100 millones de personas de esa procedencia, el gigante sudamericano desde temprano tendió conexiones con el continente del otro lado del océano, a partir del proceso llamado Gran Trata Atlántica, por medio del cual alrededor de 10 millones de personas fueron arrancadas de África para ser transportadas, en la diáspora involuntaria más grande, con rumbo a América. Nunca se sabrá con exactitud el número de quienes perdieron la vida en el camino, pero se llega a cifrar en hasta 50 millones o más.

Se calcula que durante buena parte del período de la citada trata al territorio brasileño arribaron unas 50.000 personas esclavizadas al año. Según estimaciones, en los más de tres siglos en que se extendió la trata, a Brasil ingresaron no menos de 4 millones de seres humanos en cadenas. Como sea, es seguro que a este país arribó una mayor cantidad que a otros del continente americano, y la repercusión de este ingreso no pudo pasar inadvertida: desde la demografía –hoy casi la mitad de la población tiene ancestralidad africana en su genealogía–, diversas manifestaciones culturales (candomblé, capoeira, samba) y aspectos lingüísticos, entre otros atributos.

 

Relajamiento del vínculo y posterior fortalecimiento

Al ser incorporado a los dominios portugueses a principios del siglo XVI, Brasil por mucho tiempo sería visto como marginal en el Imperio. Al inicio fue relegado como una región vasta sin grandes riquezas y destinada al traslado de poblaciones no deseadas de la metrópoli. Pero esa impronta de marginalidad se modificaría a partir de la explotación de recursos naturales a lo largo de los siglos XVI al XVIII (privilegiando la caña de azúcar y más tarde la explotación de oro y diamantes). Luego de la independencia, en 1822, Lisboa tendría más relaciones con su excolonia que con sus futuras posesiones africanas con las que ya tenía tiempo de vinculación. Pero el tráfico de población esclavizada no se detuvo entre suelo africano y esa porción de territorio sudamericano, aunque las relaciones perdieron cierto impulso durante gran parte del siglo XIX y, más que nada, a partir del reparto de África y la posterior colonización a manos de las metrópolis europeas.

De todos modos se generaría un sentimiento de pertenencia. Es decir, Brasil comenzó a ser integrado al área lusófona, si bien la metrópoli intentó bloquear los intentos del gigante sudamericano por relacionarse con sus colonias africanas temiendo la emergencia de un rival temible. En 1996 se fundó la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa (CPLP), la cual comprende a Brasil y las excolonias africanas de Portugal, entre otros países.

Para una mayor atención de África en la política exterior brasileña habría que esperar a la década de 1960, fecunda en independencias en el continente, en la cual se trazaría una estrategia deliberada de acercamiento buscando socios estratégicos, con atención en Nigeria, por su potencial petrolero, y en las colonias portuguesas por lo cultural. Además, Brasilia esbozó un fuerte impulso a favor del camino hacia la liberación colonial alineado a las ideas panafricanistas fuertemente vigentes en la época que abogaron por la mejora de los pueblos negros del mundo.

La llegada de los militares y la dictadura (1964-1985) interrumpió esa línea “tercermundista” e impuso un giro condicionado por el contexto de enfrentamiento bipolar, por ejemplo, con la alianza con el apartheid sudafricano y la cautela ante el avance del comunismo. También actuó como un obstáculo al relacionamiento, el recelo y la desconfianza de algunas élites africanas ante el avance de la influencia brasileña como si implicara imponer el dominio del país sudamericano. A la larga, de algún modo Brasil reemplazó a Portugal durante las décadas de 1970 y 1980 al diversificar relaciones y emplear la retórica de la cooperación Sur-Sur.

En los últimos años de la dictadura brasileña, el eje cambió. Se profundizó una aproximación a partir de la Revolución de los Claveles (1974) en Portugal que implicó el final de décadas de dictadura en la metrópoli. Desde allí, principalmente las independencias de Angola y Mozambique propiciaron el acercamiento a esas dos nuevas naciones para gestar un vínculo que, con una desaceleración entre mediados de los 80 y la década siguiente, no se detendría a partir de ese momento. En efecto, en 1985 las exportaciones brasileñas treparon al récord histórico, con casi 1.800 millones de dólares, pese a una década signada por el pedido de rescate internacional financiero y el endeudamiento, “perdida” en África. En un contexto difícil, Brasil prefirió las asociaciones estratégicas corriéndose del eje de la cooperación Sur-Sur.

 

Nuevo timón: inicio del presente siglo

El principio de esta centuria reforzó como nunca los lazos entre Brasil y África, retornando a la lógica de la solidaridad austral, elevando las cifras económicas a números nunca vistos y posicionando lo africano como relevante dentro del trazado de la política internacional brasileña. Entre 2000 y 2008 el comercio pasó de 3.000 millones a 26.000 millones de dólares, y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) batió records de asistencias y giras por países africanos. En 2005, en Senegal, Lula aprovechó la visita para pedir, entre lágrimas, perdón a los países africanos por la esclavitud que rigió en su país hasta 1888. En materia interna, Lula tendió a mejorar la realidad de la población afrodescendiente a partir de medidas progresistas, como la sanción del Estatuto de Igualdad Racial, aunque queden muchos pendientes pues la afrodescendencia brasileña es víctima de pobreza y violencia estatal.

Un lineamiento similar al de Da Silva siguió su sucesora Dilma Rousseff, quien llegó a declarar la hermandad y vecindad entre su país y el continente, pese a que, en comparación con la etapa precedente, la relación se desacelerara. No obstante, con una orientación ideológica sumamente diferente y luego de la destitución de Rousseff, la presidencia de Michel Temer contrajo el vínculo con el continente en un movimiento de retracción diplomática generalizada y de pérdida de pretensiones de liderazgo regional.

La tendencia de la gestión del exvicepresidente de Rousseff se acrecentó durante la actual presidencia de Jair Bolsonaro en el sentido de supeditar una alianza con los Estados Unidos y afianzar los “valores occidentales” en detrimento de la amenaza del comunismo, al igual que con su predecesor perdiendo importancia en la agenda la imagen de Brasil como potencia regional y con proyección internacional, y a diferencia sobre todo de la primera década del presente siglo. Brasil elige como socios a las naciones más poderosas del mundo y África ha quedado relegada, aunque Bolsonaro enfatizó el vínculo, en general, con el mundo de habla lusófona. Por caso, meses atrás el mandatario brasileño recibió a sus pares de Cabo Verde y de Guinea Bissau para afianzar lazos y brindó cooperación para lidiar con el drama del yihadismo en el norte de Mozambique. En una reunión reciente de la CPLP, ofreció intervención para resolver la crisis que atraviesa la Iglesia Universal del Reino de Dios, de origen brasileño, en Angola. Buena parte de la base del poder político del presidente brasileño proviene del culto evangélico, en ascenso en África.

 

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