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Insistir e insistir. Una reflexión de actualidad sobre África.

La democratización y su relación con el Estado. Rastreando la idea de un fracaso.

Fue un hecho innegable. A partir de la década de 1990, la ola democrática en África irrumpió con fuerza sobre varios países, arrasando impopulares gobiernos de Estados tiránicos y otros de ciegos letargos autocráticos.

A pesar de las esperanzas, la democracia no logró mostrarse como lo que ontológicamente debe ser: el gobierno del pueblo. Varios problemas de desarrollo, evidencian, según enfoques empapados de prejuicio, la imposibilidad de los africanos de poder autogobernarse tras aproximadamente medio siglo de postcolonialismo.

¿Es la falta de capacidad en el africano para entender la realpolitik lo que lleva al estado de cosas actual? Obviamente no. Conformarse con un tipo de explicación simplista como aquél es faltar a la verdad por dos motivos: primero, escapa a la consideración sobre la diversidad de casos de un continente inmenso y segundo, es tan reduccionista como explicar que los conflictos internos son «trifulcas entre diversas tribus».

Existen motivos mucho más profundos y, en este caso, se presenta la multiplicidad de causas que razona acerca de la relación entre el fracaso de la democracia y el Estado en República Democrática del Congo (RDC). Análisis similares se pueden efectuar con otros países, tomados como más estudios de caso africanos.

Este país gigante que ya presenté en una entrada anterior no tuvo un momento de paz. Una explotación colonial salvaje, una independencia abrupta que llevó a la vulnerabilidad en todo sentido. Dos golpes de estado e infinitud de intrigas palaciegas. Y se puede seguir. Pero baste aquéllo. Desde 1960, RDC y la región en su conjunto han sido el caldo de cultivo de varios conflictos, el más trágico (por su breve duración), el genocidio en la pequeña y vecina Ruanda (1994).

En 2006 (luego de tres años de gobierno de transición) se eligieron en RDC autoridades por primera vez en la historia del país, en unos comicios que resultaron ordenados (a pesar de las denuncias del lado vencido por supuesto fraude). No obstante, la posibilidad de poder demarcar una trayectoria democrática consistente es una alternativa que dista muchísimo de la situación real. Aunque es necesario insistir. Merece destacarse el logro de un sendero democrático como forma de generar una proyección favorable que a la larga (y en buena parte) pueda eximir al país de gran parte de los problemas que se le presentan cotidianamente, el más grave, la oposición oriental al gobierno que llegó al poder por la vía democrática, forma de legitimación alcanzada tras un lustro de guerra interregional (pero no en la práctica).

Entonces, la presencia de un panorama muy complicado supone un desafío en absoluto exultante para la clase política congoleña, quien aspira a imponer un poder que ilusoriamente posee en un Estado que no es más una magra idea de lo que debiera ser en realidad. Pero no se debe desesperar, cuando merece ser aclarado que en este tema no hay blancos ni negros. No se pierde de vista la expectativa frente a la mejoría de la situación congoleña, aunque la misma debe ser el producto del accionar de un país unido que afiance una transición democrática sustentable. Por el momento, la posibilidad de reafloramiento del conflicto pasado es lo más escuchado.

Varios analistas afirmaron en su momento que las elecciones eran (y deben haber sido) el inicio de un proceso de reconstrucción nacional. Pero tras cuatro años se debe reflexionar que para allanar la vía democrática en RDC, se debe seguir trabajando con fuerza.

Wamba dia Wamba
(Institute of International Studies – UC Berkeley)

Un militante nacionalista, Ernest Wamba dia Wamba, refiere al hallazgo de argumentos esenciales para lograr el desarrollo nacional ya que la única vía en que será posible que RDC halle su razón de ser como Estado es mediante la profundización del sistema democrático. Puntualmente, la opinión de este autor muestra la necesidad de lograr un liderazgo capaz que promueva la desmilitarización de la sociedad, mediante la sumisión del poder militar al civil.

El político agrega, con tinte filosófico, que se debe dar la imperiosa necesidad del reemplazo de la sumisión a las potencias por la liberación de las mentalidades del servilismo y la mediocridad espiritual, en un esfuerzo preciso por allanar el camino a una nueva forma de hacer política en RDC. En este punto, la argumentación en pos de la vida democrática es fundamental y el rol de la sociedad civil en esta tarea, decisivo.

Cleptocracia y gorro de leopardo: Mobutu amasó una fortuna de US$ 4.000 millones
(Time)

La historia nacional muestra que el problema central de la dinámica social siempre ha sido la violencia, en sus múltiples manifestaciones. El Gral. Mobutu (cuyo letargo autocrático sometió al país a más de 30 años tiránicos) pareciera ser ya un dato anacrónico del pasado, muy distante de la realidad congoleña. Sin embargo, se aprecia que buena parte de su legado político ha quedado indemne y así el “mobutismo” está a la orden del día en los discursos, el accionar político y también en las prácticas “por debajo”. Tal vez, buena parte de ello se aprecia en la Argentina, gobierno y oposición discutiendo sin altura y en forma vehemente por nimiedades.

La pauta política que orientó el destino de RDC estuvo guiada tempranamente por la violencia y el autoritarismo en el marco del Estado postcolonial surgido en su seno. Aquéllo ha sido terrorífico y no puede caber espacio para un proceso de reconversión estatal si no es mediante el ejercicio de aquello que se ubica en las antípodas del continuo estilo político congoleño, es decir, la práctica democrática.

Las divisiones étnicas (fomentadas por Mobutu -mientras irónicamente en sus discursos remarcaba la unidad nacional-), atentan contra la idea de un país unido y democrático. Entonces, la retórica y la práctica de exclusión constituyen elementos de una pauta constante que ha marcado desde 1960 el triste derrotero histórico del país.

La violencia en el discurso está a la orden del día. La exclusión se observó durante la “Primera Guerra Mundial Africana” respecto a los tutsis, a quienes había que exterminar sin tregua por ser el enemigo. Para peor, hoy en día dicho llamado se ha incrementado a niveles amenazadores en el marco de las rivalidades étnicas de antaño (en especial mirando el complicado panorama del este). Actualmente los banyamulenge (tutsis instalados en RDC hace tiempo) pretenden ser congoleños, pero hoy en día pertenecer a esta nacionalidad es un problema muy serio.

Un gran problema ligado a la democracia es el de la nacionalidad congoleña. Así fue como el movimiento armado RDC-Goma, durante la Primera Guerra Mundial Africana (1998-2003) manipuló identidades étnicas en el este del Congo-Kinshasa para fusionar a hutus y tutsis congoleños en una identidad «ruandófona» que colisionara con la estatalidad congoleña. En suma, la táctica buscó la renuncia a la nacionalidad congoleña para ser atraídos por Ruanda. Dichos manejos y su éxito relativo, marcan la debilidad de la nacionalidad, llave de todo regimen democrático.

El camino de la democracia que emprendió RDC desde 2003, a pesar de la opinión de algunos, no ha tenido el éxito esperado, no ha traído la pacificación del país, y este proceso en realidad se aprecia más como una “desviación formal” para disimular los problemas de fondo en la República en la que no existen verdaderos “demócratas”, ni tampoco una tradición en este sentido. Una democracia bien entendida y aceptada por todos los congoleños, se recomienda, puede ser la única forma de reconciliar identidades étnicas hasta el momento antagónicas, y superar el problema citado de la “ruandofonidad” en medio del territorio congoleño.

Vista de Kinshasa,
capital del antiguo Zaire, hoy RDC
(Encyclopedia Britannica)

La violencia que asola el país es la mejor prueba de la problemática de lo étnico como uno de los condicionantes que provocan la disfuncionalidad democrática. A lo sumo, el fracaso de la democracia no es una derrota total. Puede ser visto como un problema de falta de experiencia, lo cual no implica confundirlo con la supuesta inferioridad e incapacidad de los africanos para gobernarse que atribuyen algunos. Los errores son aprendizaje.

La fórmula para subsanar los problemas, fácil plantearlo pero difícil llevarlo a la práctica, es repensar la política en Congo-Kinshasa, discutiendo y descartando los elementos mobutistas que prevalecen en el estilo de conducción política a lo largo y ancho del país, en especial el personalismo y todas las prácticas inaceptables que asumen las figuras conductoras de hoy y siempre. En pocas palabras, desterrar lo violento de la praxis política y social.

En conclusión, dado el optimismo colocado en la defensa de las virtudes democráticas, este régimen debe ser la clave para reconstruir “desde abajo” el Estado y la Nación, si la misma es sabiamente construida por todos los congoleños. Más allá de que los dos conceptos anteriores se objetará, son originarios de un contexto que no es el africano, sin duda, como dice un autor entendido en la materia, Thomas Turner, es imprescindible buscar soluciones “congoleñas” a los problemas congoleños que asolan RDC. Insistir, ya que de los errores se aprende. Lo más saludable es perseverar en el ideal democrático, aquel que hasta el momento sólo existe en el papel en esa región africana tan castigada por la historia.

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