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Sudán y sus demonios

Sudán y sus demonios

Ikuska

El conflicto sudanés parece no tener fin. ¿Se prolongará 15 años como el del ex Congo belga? En efecto, las negociaciones que se iniciaron en septiembre, auspiciadas por la Unión Africana (UA), penden de un hilo. Es que Bashir ha declarado una suerte de “guerra a muerte” contra su enemigo del sur. Estos acuerdos alcanzados son fácilmente quebrantables y la UA dispone de una capacidad de mando sumamente cuestionable. Además, existen otros frentes de batalla no muy lejanos que consumen buena parte de la atención de este cuerpo, como el de Malí.

El año pasado nació el país considerado el más joven del mundo por el momento. Su nacimiento no fue feliz. Petróleo e intolerancia, dos dagas mortales al oriente del gran Sahara.
Sudán y Sudán del Sur. Poco se habla de éstos países. Sudán significa negro en árabe. Los antiguos denominaban así a un espacio mucho mayor que el actual país (o debe decirse, en adelante, dos). Pero como una ironía, los africanos (negros) no se llevan la mejor parte, es decir, el nombre del país aparece como un engaño. El poder lo detentan grupos árabes. Se trata de dos naciones que tienen tanto en común como un odio inveterado mutuo, un nombre compartido y un historial de conflictos prolongado por espacio de décadas. Es que la primera, de mayoría árabo-musulmana, nunca toleró la presencia del sur mayoritariamente cristiano y de origen no árabe, o bien llámese africano. Estos rechazos provocaron una larga guerra civil cuyas secuelas -como gran parte de los conflictos en África- continúan hoy.

La nación más joven del mundo, Sudán del Sur, nació el 9 de julio de 2011. Un gesto aprobado por las Naciones Unidas pero que a la dirigencia de Karthoum disgustó sobremanera. Hablamos de un país pobre, aunque Sudán fue una pequeña potencia del Sahara, ni modo es comparable a dos países árabes islámicos del presente donde se escriben las historias más violentas de la historia actual: Somalía y Afganistán. Datos remarcables: en este nuevo país aparecido el año pasado, el edificio más alto apenas supera los dos pisos en su capital, Juba, y un hotel se compone de containers que hacen las veces de improvisadas habitaciones. Es que esta ciudad, como el resto del país, apenas cuenta con la infraestructura necesaria ni nada. Nula tecnología, escasez de lo básico y solo tierra, fatalmente terreno que su vecino del norte anhela. El petróleo es lo único que se congracia la naturaleza en brindar a un terreno árido. En efecto, cuando Juba conquistó su autonomía, Sudán perdió el 85% del rico producto que se genera en el sur desde julio de 2011 autonomizado. Podrá inferirse que éste no se quedó de brazos cruzados viendo como se le escurría de las manos lo que más vale de un territorio poco provechoso excepto por ello.

Si no fuera por el petróleo, es muy probable que de Sudán apenas se hablase y que el conflicto tuviese un grado de intensidad muy bajo que escasamente generase un mínimo interés. Si bien hay varios factores que explican el grado de animosidad, el económico abona mayormente una explicación capital del tema. Es que Omar al-Bashir, el enérgico pero sanguinario “presidente” sudanés bracea contra la resistencia del sur y también la de los grupos rebeldes que operan en el norte amparados por Juba, y es una de las lacras que lucran con lo ajeno y en su afán vil provocan la muerte y penurias a miles. El genocidio de Darfur es casi entera responsabilidad suya. Este señor tiene varios pedidos de captura internacional y no puede salir del país. En 1989 llegó al poder y lo ha ejercido despóticamente de allí en más. Es frecuente leer que la oposición se organiza pero rápidamente es desbaratada por sus fuerzas de choque. Gracias a este personaje, en la política internacional Sudán “opera” como un Estado paria, a la altura, por ejemplo, del polémico régimen iraní.

El conflicto sudanés parece no tener fin. ¿Se prolongará 15 años como el del ex Congo belga? En efecto, las negociaciones que se iniciaron en septiembre, auspiciadas por la Unión Africana (UA), penden de un hilo. Es que Bashir ha declarado una suerte de “guerra a muerte” contra su enemigo del sur. Estos acuerdos alcanzados son fácilmente quebrantables y la UA dispone de una capacidad de mando sumamente cuestionable. Además, existen otros frentes de batalla no muy lejanos que consumen buena parte de la atención de este cuerpo, como el de Malí.

¿Se puede predecir cómo continuará el asunto? Seguramente mal. En tanto la conducción despótica en Khartoum no acabe, posibilidad que parece muy lejana, Juba estará condenada a sufrir el azote del norte. Como siempre, los más golpeados en esta naturaleza de conflictos resultan ser los civiles. En apenas año y medio el número de desplazados roza el millón. Sin hablar de la cantidad de pérdidas de vidas humanas, el conflicto en Darfur, del que poco se menciona, es otro de los genocidios silenciosos en un continente desconocido el cual en un lapso de unos nueve años llega a una cifra cercana al medio millón de muertos y que la secesión del sur ha relegado aún más a la indiferencia por parte de la comunidad internacional. ¿Auge del terrorismo islámico? Si bien el modus operandi no es el de grupos que atacan mediante la clásica táctica de operaciones puntuales como el radical Boko Haram en Nigeria o Shabab en Somalía, a la larga provocan idéntico dolor y sufrimiento. Lo más triste es que en este caso, al contrario que el de los dos ejemplos anteriores, esa violencia es amparada por el propio Estado (léase, el del régimen de Khartoum). Todavía ningún grupo cristiano ha tomado venganza contra sus enemigos islámicos del norte. ¿Llegará en algún momento esa instancia? ¿Instalará Al-Qaeda su “seccional” en Sudán, como lo viene practicando en Malí y Somalía? Ya de por sí el conflicto es complejo.

No es fácil entender el mundo islámico del África. Pero sí se entiende que existen dos vertientes, dos formas de comprender esa religión. Una lectura pacífica y otra violenta. La que guía mayoritariamente el accionar del régimen en Sudán es sin duda la segunda, ilegítima, viciada de origen y por suerte, seguida por una ínfima minoría, que es la que impone tamañas y dolorosas consecuencias perpetrando el estereotipo de que el árabe musulmán es peligroso por antonomasia. En este caso no se trata de un grupo minoritario que ejecuta delitos terroristas, lo más indecoroso aquí es que se trate de un Estado amparado en la sharia (si bien lo domina una élite) el que da la mala nota y por su nivel de violencia haga parecer que el Islam es una religión intolerante, cuando en su esencia, en absoluto lo es. Es hora de que Bashir pague por sus delitos y limpiar el nombre de un credo que en ningún momento aboga por la violencia e intolerancia. El terrorismo está servido en la mesa, en la agenda del mundo norafricano. Es hora que los líderes tomen conciencia de que el Islam no mata y enfrenten a la pequeña minoría que se desvió del camino. En el caso de Sudán, un déspota y los sátrapas que lo siguen. Se espera que el petróleo sudanés no encante las narices de estos líderes (no solo africanos) y los haga perder de vista el principal problema de todos los aquí enunciados: el sufrimiento y muerte de civiles a diario.

Lo que se discute aquí es la viabilidad de un proyecto de nación, todavía que el siglo XXI da vía libre a esta forma de organización política. La pregunta clave a hacerse es: ¿podrá sobrevivir Sudán del Sur como Estado? ¿el petróleo lo terminará carcomiendo? ¿Habrá una guerra endémica como la que asola hace más de una década al vecino Congo? Al parecer, las perspectivas no son estimulantes. Solo el tiempo lo dirá.

 

Publicado en el portal Iuxsed, dirigido por el analista español José María Gil Garré, un observatorio de análisis internacional. Agradezco a @Iuxsed la oportunidad.

 

Link: http://iuxsed.com/tmp/not/483/sudan_y_sus_demonios/

 

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