Ensayos

La tercera ola

Hablan de un fenómeno que se ve en las calles porteñas. El arribo de inmigrantes africanos. Se los observa en sus puestos callejeros, donde se dedican a convencer finamente y vender bijouterie y toda clase de anillos. Algunos llegaron recientemente, otros hace un poco más.En estas líneas, quiero contar la historia de uno de ellos.MF con 48 años cumplidos el 3 de enero, llegó a la Ciudad de Buenos Aires en 2001, cuando la crisis política y económica en el Río de la Plata se incubaba. Viene de Dakar, en Senegal. Aprendió rápido a hablar castellano y a su casi década de estadía en esta ciudad, ha incorporado lunfardo e insultos «a la criolla» en su vocabulario. Habla wolof, su lengua nativa, y francés. También algo de inglés. Es de color y musulmán, de hecho concurre asiduamente a la mezquita de la calle Alberti, en San Cristóbal. Tiene rasgos delicados y recientemente se afeitó el cabello, abandonando las rastas. Sufre mucho el frío porteño, se queja. «No es como en Senegal», nos dice.

La llegada a Buenos Aires fue una verdadera aventura. Si su plan original era llegar a Brasil (donde dice tener un primo), el destino quiso hacerlo conocer y finalmente quedarse a residir en la «Reina del Plata». Las peripecias de este viaje permanecen en el misterio. No ha querido contar, pero se deduce de lo poco claro que resulta el relato, que llegó como polizón a Río de Janeiro y de allí probó suerte en los puertos. Así llega la mayoría de los africanos a América del Sur.

Su familia también es un producto de la diáspora. Un hermano muy querido vive en Marruecos. En realidad, su anhelo es volver a Dakar, la ciudad en que nació y creció, donde viven su madre y su hermana. «Es lo que más quiero en estos momentos. Aunque sé que el pasaje es caro», se quejaba. Pero al final lo logra y en estos días ya tiene vuelo reservado. Le costó mañanas de frío y casi podemos decir un desalojo, pero cumplió un sueño que no lo dejaba dormir.

Divorciado de su primera mujer senegalesa, en Buenos Aires, más precisamente Ramos Mejía convivió con su pareja argentina varios años. Pero su situación personal algo delicada en lo económico, como es la mayoría de las situaciones de los inmigrantes, y una compañera muy celosa, lo hicieron volver a la vida solitaria. A fines de 2008 se instaló en Flores, donde pagando un alquiler pudo colocar su propio negocio de venta de artesanías y bijouterie. No le fue tan mal pero repentinamente a fines de 2010 y, casi venciendo el contrato, el dueño del local no le quiso renovar. «Eso me pasó por ser negro», se lamentó. Hoy día, el local lo ocupa una peluquería pequeña, esas de barrio de las que ya no abundan.

Sin local debió volver como al comienzo a una situación incómoda y, lamentablemente, la que caracteriza al común de los inmigrantes africanos en los países de acogida. La venta callejera. Sufre mucho el frío pero tiene que salir a ganarse el pan de todos los días. Convivió con el primo en una pensión -bastante conflictivo según sus palabras- y dijo basta, mudándose solo. Su mejor amigo lo ayuda pero tampoco es el más adecuado para hacerlo. Diseminó una descendencia importante. Con apenas 35 años, ya tiene 3 hijos en la Argentina, está distanciado de la pareja local y por si fuera poco reclaman sus herederos desde la otra orilla del Atlántico. Son las aventuras de los que vienen a construir su propia aventura a un suelo desconocido.

Lógicamente, en las dos islas del Egeo que tuve el sumo agrado de conocer, también se repite el mismo hecho. Los africanos y sus valijas con el repertorio ya conocido de mercancías. Además, es sumamente familiar el hecho de que el «tomate loco» de Florida vendido por comerciantes humildes y seguramente inmigrantes la mayoría de ellos, allá exactamente son vendidos en la calle por turcos. La globalización todo lo puede.

La imagen se repite ya sea en Buenos Aires como en una isla alejada del Egeo. Esta breve historia la pude relatar yo, pero deben haber miles.

Es una buena oportunidad para reconstruir los relatos que permitan dar cuenta de un fenómeno planetario que para muchos pasa desapercibido pero es la matriz de un país que se modeló a partir suyo: la inmigración. La situación del inmigrante es difícil pero hay que reconocer en sus peripecias el esfuerzo en sentido de formar la cultura de un pueblo que recibe su vivencia. «Los senegaleses en Argentina tenemos que estar unidos, tanto como allá», reflexionó. El orgullo de ser y sentirse africano es la llama que mantiene viva la conexión con su madre patria. Opino que es tiempo de aprender de esos ejemplos. A palabras xenófobas hay que responder con la prédica a partir de un ejemplo de lucha, si bien anónimo, pero no tanto porque lo que vale es el haberlo contado en este post. A quien le haya llegado este comentario y el relato, gracias.

 

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