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Un proceso irreversible

Las antiguas metrópolis comienzan a devolver el arte africano expoliado

 

Al menos el 90 % del patrimonio cultural africano se conserva y/o exhibe fuera de África, pero un movimiento reciente de restitución pretende revertir ese legado colonial.

El colonialismo fue uno de los peores capítulos de la historia africana, sin duda. Una de las consecuencias que dejó en los pueblos ocupados fue la apropiación, por parte de las potencias colonizadoras, de su patrimonio cultural, del cual no menos del 90 % permanece fuera del continente, principalmente en museos europeos.

El debate sobre la devolución de estas piezas no es una novedad, pero la discusión se ha acrecentado en los últimos cuatro años y se ha notado un avance en la restitución que principalmente ha involucrado a Francia. En su rol de antigua potencia colonizadora, ha recibido múltiples demandas de restitución, sobre todo desde los países afectados, pero que también han encontrado eco entre activistas procedentes de las naciones europeas victimarias. Tal vez los casos del conocido como «Negro de Bañolas» o el de la Venus hotentote evoquen recuerdos del tema, pero el reciente movimiento de devolución tiene un enfoque novedoso y con bastante más alcance, aunque todavía está lejos de cumplir sus objetivos.

Los benineses celebraron el pasado 10 de noviembre la restitución de obras de arte saqueadas. Fotografía: Yanick Folly / Getty
Los primeros pasos

A finales de noviembre de 2017, de gira por -Burkina Faso –Alto Volta durante la época colonial–, el presidente francés Emmanuel Macron causó revuelo con sus palabras y, además, por ser el primer líder occidental en emitir un discurso de tal naturaleza. En la capital burkinesa, Uagadugú, dijo ante un numeroso auditorio –formado principalmente por estudiantes– que la restitución del arte saqueado por su país durante el colonialismo sería una de sus prioridades, y fijó en un lustro el plazo para cumplir, de forma temporal o definitiva, la idea planeada.

Se calcula que unas 90.000 piezas culturales africanas se exhiben en museos franceses y otros establecimientos. Solo el museo parisino Quai Branly-Jacques Chirac es depositario de aproximadamente 70.000.

En marzo de 2018 Macron ordenó elaborar un informe que aceleró el proceso previsto de iniciar la devolución del arte saqueado a sus países africanos de origen. En el documento, conocido como Informe Savoy-Sarr, se incluía un listado muy extenso en el que se hacía mención a un porcentaje altísimo de patrimonio cultural africano –del área subsahariana– en instituciones francesas, a la vez que se denunciaba la escasa cantidad de piezas africanas custodiadas en países del continente.

Todas estas novedades generaron un acalorado debate público. El informe lleva la firma de dos especialistas en la materia. El primer apellido es el de la historiadora del arte parisina Bénédicte Savoy, y el segundo corresponde al economista senegalés Felwine Sarr, quienes pensaron la opción de una devolución permanente y propusieron a Macron una agenda para avanzar en una vuelta gradual. Su recomendación pasaba por restituir, en principio, unas 46.000 piezas saqueadas hasta 1960, inicio de la era de las independencias africanas.

A su vez, para compensar la restitución y no vaciar de forma súbita los museos franceses, la dupla propuso  la reproducción de las obras devueltas. La modalidad de devolución pautada en el documento preveía la firma de acuerdos bilaterales entre Francia y cada país demandante.

La Piedra Rosetta, en el Museo Británico. Fotografía: David Cliff / Getty

Avances y más reclamaciones

El plan comenzó a avanzar. Uno de los países africanos y antigua colonia francesa que acordó con París la devolución de obras expoliadas durante el colonialismo fue Senegal. El Senado aprobó en noviembre de 2020 el compromiso de devolver el sable y la vaina –ambas exhibidas en el Museo del Ejército de París– del líder islámico del siglo XIX El Hadj Oumar Tall, fundador del Imperio tuculor y figura clave en la resistencia contra la colonización francesa. Pero en 2021 apareció también en la agenda otro país de África occidental, Benín, el antiguo Dahomey colonial.

En la hoja de ruta de las devoluciones se sumó parte del conocido Tesoro de Béhanzin, 26 objetos exhibidos en el Quai-Branly, que fueron parte del saqueo colonial de 1892 al palacio de Abomey, en la capital del entonces Reino de Dahomey. Tanto para este caso como respecto del senegalés, el proyecto estipuló un año de plazo para la restitución de esas obras. Sin embargo, entre las dos peticiones no llegaron ni a 30 piezas. Por su parte, el anuncio oficial de devolución de los mencionados tesoros de Benín se produjo a finales de octubre del año pasado.

Los dichos y hechos de Macron activaron el deseo de restitución en otras latitudes africanas que fueron parte del Imperio francés. Por ejemplo, Chad, que exige que le sean devueltos unos 10.000 objetos, o Argelia, departamento francés y parte de la Francia metropolitana hasta su independencia en 1962. El Gobierno de París anunció en octubre de 2020 la devolución a Argelia de un cañón de bronce, de 12 toneladas, apropiado en 1830, con el inicio de la ocupación colonial. Las últimas informaciones aludían al intento de la administración Macron por recomponer relaciones con un territorio en el que la metrópoli se involucró en una guerra durante casi una década. Pero, en general, este y los demás ejemplos hablan de una revisión profunda del rol colonial francés durante los siglos XIX y XX.

Corona ceremonial recuperada por Etiopía, expuesta en el Museo Nacional de Adís Abeba el pasado 20 de noviembre. Fotografía: Amanuel Sileshi / Getty

En otros países

No solo Francia es protagonista de este movimiento, pues el Informe Savoy-Sarr permitió actualizar inventarios y cifras de patrimonio artístico presente fuera de África y colocar la mira sobre las iniciativas restitutivas. Por ejemplo, en el Museo Tervuren de Bélgica, en las afueras de Bruselas, la institución que más piezas africanas posee en el mundo, hay 180.000 artefactos procedentes del continente.

Le sigue el Foro Humboldt de Berlín, con 75.000, y el Quai Branly, en el que se contabilizan unos 70.000. En Reino Unido, el que más tiene es el Museo Británico, con 69.000. Incluso, países fuera de Europa y que no colonizaron África, como Rusia y EE. UU., tienen también una parte.

La experiencia francesa arrastró a otros países que siguieron vías parecidas. Algunos reclamaron y otros cedieron. Dentro del primer grupo, Etiopía ha instado a la devolución de unas 3.000 piezas. Algunos objetos, como una biblia y varias cruces, entre otros, requisados en 1868 por tropas británicas, fueron devueltos el pasado septiembre. Mucho antes, en 2005, fue restituido el famoso obelisco de Aksum, extraído de suelo etíope en 1937, durante la ocupación por parte de la Italia fascista.

Además, gracias al Savoy-Sarr, Angola se sumó al conjunto de países con reclamaciones, en este caso respecto a Portugal. El tema generó un debate novedoso por la iniciativa de Lisboa de comprometerse a ayudar en la devolución de diversos bienes que su excolonia tiene en parte identificados y que no se hallan solo en la antigua metrópoli, sino también en EE. UU., Alemania, Francia o Brasil.

Alemania, cuyo imperio colonial no sobrevivió al paso de la Primera Guerra Mundial, ha propuesto este año la devolución de cientos de artefactos culturales robados de Nigeria en 1897 por tropas británicas, pero hoy conservados en museos alemanes, los famosos «bronces de Benín», de lo más valorado dentro del arte y la historia africanas.

En mayo de 2019, ante una reclamación de Namibia iniciada en 2017, Berlín aceptó la devolución de una cruz de piedra de 1486, de la época de las primeras llegadas portuguesas a la región, que en el siglo XIX se convirtió en posesión germana. Esta cruz fue apropiada en 1893 y trasladada al Museo Histórico Alemán, donde ha permanecido a pesar de la derrota y la retirada de África tras 1918.

Nigeria resultó, en 2021, bastante agraciada respecto a las devoluciones. Un gallo de bronce, cuyo saqueo fue datado también en 1897, fue devuelto, a finales de octubre de 2021, por el Reino Unido, en concreto por la Universidad de Cambridge, primera institución británica en restituir piezas culturales africanas, lo que ha marcado un precedente muy valioso.

En junio se negoció el retorno de tres esculturas de los siglos XIV y XVI (del Reino de Benín), custodiadas en el neoyorquino Museo Met, que antes tuvo sede en Londres. Países Bajos, si bien no -colonizó África, también recibió algunos activos culturales del continente. Al respecto, a finales de noviembre de 2020, dicho país devolvió una terracota de 600 años al Gobierno nigeriano.

2022 podría ser un año igual de provechoso en cuanto a restituciones de arte para el país más poblado de África. A este respecto, en noviembre de 2020 se anunció de forma oficial que Benin City albergará un museo con capacidad para acoger una colección de bronces, de la cual procedía el gallo citado con anterioridad. De ese conjunto, más de 900 se exponen en el Museo Británico. El nuevo centro expositivo nigeriano está en construcción en el estado de Edo, cuya capital es Benin City.

Traslado del trono del rey Behanzin al Palacio Presidencial de Cotonú (Benín) el 10 de noviembre. El trono fue saqueado en 1892 por tropas francesas. Fotografía: Yanick Folly / Getty

Afrentas que persisten

El museo en proyecto no es el único destinado a albergar arte africano devuelto. En Dakar (Senegal), desde finales de 2018 existe el Museo de las Civilizaciones Negras, una idea original del primer presidente, -Léopold Sédar Senghor, que ya pensó en la restitución de obras al país en 1966.

Construido con capital chino en un proceso complicado que ocupó casi toda la segunda década de este siglo, el museo tiene espacio para albergar 18.000 piezas, sobre todo las devueltas desde Francia.

Otra capital, Kinshasa, tiene el mismo privilegio, el Museo Nacional, inaugurado casi un año después del senegalés, en el cual se inspiró –junto al Museo Real de África Central belga–. Cerca de 1.000 de sus 12.000 objetos han sido repatriados desde la exmetrópoli de la actual RDC.

También esta institución fue el sueño de un gobernante, el autócrata Joseph-Désiré Mobutu, del entonces Zaire. Aunque el proyecto quedó truncado por la crisis económica durante la década de 1970, Mobutu había reclamado algunas obras y Bruselas le respondió con casi 150 objetos. Hubo que esperar décadas, en concreto hasta 2016, para que el sueño del museo se reactivara, eso sí, con capital surcoreano.

Dudas

También hay argumentos en contra de la devolución, y muchos de ellos pueden tener hasta un tinte colonialista. Sin querer desprenderse de valiosas y vastas colecciones, algunos de los países no africanos que las custodian apuntan que en África no se dan las condiciones mínimas para la preservación del patrimonio cultural debido a la falta de recursos, problemas de infraestructura o conflictos, incidiendo en el asunto a través de una mirada simplista y distorsionada de la realidad africana. Sin embargo, los dos ejemplos citados de Dakar y de Kinshasa son un antídoto contra esos reparos pesimistas.

Por otra parte, hay instituciones que se resisten a la devolución y/o al préstamo, como el Museo Británico, y diversos actores que insisten en que los artefactos custodiados pertenecen legítimamente a sus actuales propietarios, pues muchos de los bienes fueron adquiridos por vías legales, por lo que no habría motivos suficientes para prever su restitución. Sin embargo, también se puede pensar que dentro de esos mecanismos de adquisición, pese a la validez, por ejemplo, de las subastas internacionales, la llegada del producto puede haber tenido como origen un acto violento del pasado.

Otra justificación utilizada por quienes se resisten a las ideas restitutivas se refiere al fenómeno desde una perspectiva global. Si salimos de África, el proceso obligaría a una revisión completa de la historia universal, en la cual se dieron múltiples ejemplos de apropiaciones y saqueos de piezas culturales.

En suma, si el colonialismo es la negación de la historia de los pueblos sojuzgados, la restitución de arte africano es un paso esencial en pos de la recuperación de esa historicidad, de la dignidad avasallada, así como una herramienta de mejora de las relaciones entre los países africanos y sus antiguas metrópolis y otros países. No obstante, el proceso se debe acelerar, puesto que queda mucho por restituir.

 

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