Los primeros africanos en el Nuevo Mundo

Los españoles llegaron a América y no lo hicieron solos. Sus “acompañantes”, provenientes de África, fueron desembarcados en varios puertos bajo condiciones infrahumanas. A los africanos esclavizados llegar al Nuevo Mundo les resultó muy difícil a pesar de que la “Gran Trata Atlántica” no tuvo problema en ligar tres continentes por casi cuatro siglos. De dónde, cómo y hasta cuándo arribaron a la Argentina las “piezas de ébano” constituye el tema de este trabajo.

Aunque las cifras no sean exactas, queda claro que se trató de una de las mayores aberraciones cometidas en la historia de la humanidad. Se calcula que unos 90.000.000 de africanos fueron extraidos del continente negro, reducidos a la esclavitud y que de esa cifra, algo más de 10.000.000 solamente llegaron al Nuevo Mundo entre principios del siglo XVI y comienzos del siglo XIX. África sufrió una sangría demográfica de la cual costó mucho recuperarse.
La esclavitud, institución existente desde tiempos remotos, a partir del siglo XVI devino en una verdadera empresa económica de magnitud inusitada y que reportó insignes ganancias a quienes se dedicaron a explotarla. Algunos historiadores coinciden en señalar que todo lo bueno que las naciones europeas consiguieron fue posible gracias al sufrimiento y las dejaciones padecidas por americanos, africanos y asiáticos al servicio de ellas. En otras palabras, ese aporte infame fue un pilar más del proceso de conformación del mundo moderno y el inicio de la integración mundial que hoy conocemos como globalización. Ésta empezó tristemente con uno de los crímenes más grandes de la humanidad, la compra y venta de seres humanos entre dos mundos (si bien el tráfico era preexistente y abarcó también Asia y Oceanía). En esa época, pocas voces se levantaron para detener el tráfico ilegal de personas. Las críticas aparecieron tarde, cuando el hecho ya estaba consumado.

El comienzo de la trata
Los esclavos llegaron en tiempos de la Conquista, y no después de ésta. Se estima que en Hispanoamérica, a lo largo del período colonial, se introdujeron cerca de 3.000.000 de esclavos1. El 90% de los ingresados al Nuevo Mundo se dedicaron a las principales producciones regionales: azúcar, café, tabaco, algodón, arroz y minería2.
No hubo un ritmo constante de introducción, ni tampoco volúmenes iguales por zonas. Sobre la procedencia de las personas convertidas en mercancías, se registraron ingresos desde diversos puntos africanos, principalmente de la costa guineana, los llamados “esclavos de los ríos de Guinea3 . Sea como fuere, desde México hasta el Cono Sur los africanos dejaron su marca en la América hispana tras cuatro siglos de tráfico y presencia esclavista.
Si bien es cierto que en el Río de la Plata la llegada de esclavos no tuvo la cuantía que registró en zonas como el Caribe, el sur de los Estados Unidos y Brasil (este conjunto registra el 90% del ingreso continental de africanos), no obstante esta presencia fue numerosa y más amplia de lo que suele pensarse. No menos de 250.000 de esclavos ingresaron a la zona entre 1580 y 1810, con destino a Buenos Aires y Montevideo.
De los puertos hispanoamericanos, el de Buenos Aires es uno de los que más esclavos recibió junto a Cartagena, Veracruz y La Habana. De hecho, esas cuatro ciudades eran las cabeceras del tráfico y desde allí irradiaba la mercancía negra hacia las regiones periféricas, aunque muchas veces se sustraía del circuito oficial; es decir, se producía el contrabando, lo que provocaba la fuga de metálico, algo que las autoridades españolas querían evitar, aunque no pudieron detenerlo en todo el período. Un funcionario expresó su preocupación en 1588 porque si no se detenía “…se ha de henchir por allí el Perú de portugueses y otros extranjeros; porque cada día vienen navíos de portugueses con negros y mercaderías.4, escribió.
La presencia de negros en América es de vieja data. El primero llegó con La Niña de Colón; se llamaba Pietro Alonso y no era esclavo. Otros dicen que no era negro, sino mulato5. Como sea, los africanos de la Península Ibérica hacía bastante tiempo que estaban asimilados a esa sociedad y muchos eran hábiles en los oficios, como Pietro. En efecto, muchos africanos llegaron libres a América acompañando a los conquistadores, e inclusive prosperaron y tuvieron esclavos ellos mismos6.
Los primeros negros fueron introducidos por los conquistadores españoles. En 1511 llegaron los primeros 50 esclavos a las Antillas y seis años más tarde se introducía allí un asiento para favorecer su comercialización7. En el segundo viaje de Colón varios de los tripulantes trajeron sus esclavos africanos. El primer explorador español en el Río de la Plata, Diego de García, introdujo algunos, pero no pudo desembarcar de inmediato por lo que se desconoce dónde atracaron y tampoco si volvieron a España o permanecieron en estas tierras. Había zarpado desde España en 1526.
La llegada forzada de los esclavos tuvo que ver con un motivo económico: la falta de brazos para el trabajo en el Nuevo Mundo. Son constantes las quejas de los españoles respecto al poco hábito de trabajo que tenían inculcados los amerindios, además de que en algunas regiones, como el Caribe, la población fue diezmada por enfermedades, malos tratos y otras causas. Un testimonio nos dice: “que por cuánto ha sido Nuestro Señor servido por muchas veces haber habido muchas enfermedades en esta ciudad, y de ella haber quedado muy poco servicio, por donde los vecinos están en mucha necesidad del no haber naturales de la tierra, y los que hay no acuden a servir, y visto toda esta nobleza y no tener quien los sirva8.

¿Cuántos fueron?

En América Latina, el primer registro documental de introducción de un cargamento de esclavos procedente de África es de 1518. El último data de 1873, en Cuba. Entonces, sostiene Manuel Moreno Fraginals, se puede hablar, si se considera el registro oficial, de 355 años ininterrumpidos de comercio de esclavos9. Dentro de las mercaderías introducidas, los esclavos eran la principal. Un documento oficial de 1589 así lo atestigua, refiriéndose a los esclavos como: “…la mercadería más importante que se lleva a las Indias…10. Para fines del siglo XVI, casi la mitad de los barcos que ingresaban a los puertos españoles de América eran buques negreros.
Hubo dos formas válidas de introducir esclavos. La primera es la licencia, es decir, un contrato de la Corona con un particular para el ingreso pautado de esclavos a lo largo del tiempo que durase el acuerdo. Se utilizaron entre 1532 y 1589, luego el comercio de esclavos quedó en manos de la Casa de Contratación y el Consulado de Sevilla11. La otra forma era más abarcadora, se firmaba un compromiso denominado asiento entre una compañía y la Corona, que duraba varios años y permitía muchos más ingresos de mercancías. Existía una tercera forma que escapaba a la legalidad del Estado colonial. Se trató del lucrativo negocio del contrabando; como las licencias eran limitadas, éste se intensificó. Los pedidos de licencias se repitieron durante décadas argumentando la pobreza y la escasez de trabajadores como origen. Sólo cesaron a partir de 1701, con la entrada oficial de los franceses en el negocio.
En relación al contrabando, es decir el ingreso ilegal de esclavos, Buenos Aires pronto se convirtió en un centro económico relativamente importante desde la perspectiva de las actividades ilícitas, aunque marginal desde el punto de vista geográfico y económico para la Corona española. Al puerto llegaban muchos esclavos que, una vez desembarcados, sino permanecían en Buenos Aires eran conducidos hasta el Perú, mientras otros eran retenidos en diversos puntos del Interior.

El primer permiso oficial para introducir esclavos en el Río de la Plata data de 1584 y de allí en más la Corona española fue permitiendo sucesivas licencias. En 1595 dio un paso más, estableció asientos, concesiones reales hechas a grupos de comerciantes escogidos como parte de una política para incentivar el desarrollo económico en el Nuevo Mundo. Se dio de tal forma debido a que hasta la fecha sólo 233 esclavos negros habían sido importados a la ciudad de Buenos Aires, una cifra muy baja atento a las necesidades del momento. La primera venta pública se realizó el 20 de enero de 1589 y se vendieron dos esclavos que habían llegado al puerto en el galeón Santa María. Nueve días antes el pregonero Polo había anunciado el remate12.
Llama la atención el grado intenso en que se desarrolló el contrabando. Muchos funcionares reales, quienes debían celosamente combatirlo, al contrario, se daban a la ejecución de estas prácticas ilícitas, como el obispo de Tucumán, sorprendido in fraganti en 1585 cuando importaba esclavos desde Brasil, más no por ser descubierto detuvo estas prácticas. Por el contrario, siguió realizándolo hasta 1603, año en el que recibió misivas del mismísimo monarca español para que enderezara su conducta. Tras haber sido denunciado por sobornar a importantes funcionarios del puerto, cumplió con el pedido del monarca. Otro personaje de renombre que se entregó al tráfico ilícito fue Simón de Valdés, tesorero de la Real Hacienda y teniente general del Gobierno, designado por el gobernador Hernandarias. Le iba tan bien que su concurría a la iglesia los días de grandes festividades acompañada por dos esclavos y sentada sobre una silla de lujo cubierta con cojines traídos del Oriente. Las voces de la época cuentan que parecía una reina13.

En líneas generales, las medidas tomadas contra el contrabando, como la creación de la Aduana Seca de Córdoba en 1608, no tuvieron demasiado efecto. Una práctica común para introducir clandestinamente esclavos era el arribo forzado: con el pretexto de tener que reparar averías o alegar estar perdido, el buque se detenía en el puerto y descargaba su mercancía con disimulo y generalmente al abrigo de la oscuridad nocturna. Más tarde los esclavos que pisaban tierra eran declarados extraviados y se los vendía en forma semilegal. Lógicamente, este proceso cubrió los años en que no se otorgaron licencias de importación. Las penas ante el contrabando eran grandes, por lo que un tratante contrabandista a punto de caer en manos de las autoridades prefería verter su carga humana al agua antes que ser castigado.
No se puede saber el número total de esclavos introducidos ni tampoco la cantidad de buques que recalaron en el puerto. Es aún más difícil conocer esas cifras en el largo plazo, puesto que el tráfico abarcó un período muy extenso. Las estadísticas son estimaciones que cubren algunos períodos a partir de registros contables de las compañías negreras encargadas del tráfico. Se sabe que el tráfico ilícito superó al legal. Por ejemplo, los 22.892 esclavos registrados como ingreso al puerto entre 1595 y 1680 son sólo una parte porque las estadísticas no contabilizan el contrabando. De los 12.778 introducidos desde Brasil sólo 288 obtuvieron el permiso real. De ese total, 11.262 fueron confiscados a contrabandistas y vendidos en Buenos Aires. Entre 1742 y 1806 provinieron de ese destino 12.473 esclavos, sin contar una vez más los introducidos en forma clandestina por vía terrestre14. Un conteo permite ver que desde 1551 a 1640 ingresaron a la América hispana cerca de 1.200 barcos negreros introduciendo unas 140.000 piezas. El permitido por las autoridades era 100.000, por lo que esta estadística pone en evidencia una vez más los extras del contrabando. Hasta 1773 los datos disponibles hablan de la introducción exacta de 516.114 negros sin considerar los contrabandeados15.

¿Quiénes manejaban el comercio?
Como no podía ser de otra forma, los asuntos metropolitanos incidían en las colonias. Durante los sesenta años en que ambos reinos -Portugal y España- estuvieron unificados (1580-1640), hubo un acercamiento entre ambas economías. Se hizo más fácil el comercio de esclavos y la Corona española no tuvo problema en ceder asientos a comerciantes portugueses o compañías de esa nacionalidad. La ineficacia del monopolio hispánico también permitió estos acuerdos, sumado a la falta de importaciones de piezas de ébano. Se le llama la época del “período de los asientos portugueses”. Por ejemplo, la Corona firmó en 1595 un acuerdo con un tal Pedro Gómez Raynel por el cual se comprometía a tener el monopolio del comercio negrero por nueve años e introducir 38.250 esclavos, pagando lo debido. Muchas veces se pactaba el lugar de extracción pero en este caso Raynel se comprometió sólo a hacerlos ingresar por el puerto de Cartagena de Indias16. En lo que atañe a Buenos Aires, en forma monopólica se acordó que entrarían solamente 600 esclavos. Este asiento fue el primero de varios y se extendió hasta 1604. Pocos años antes el gobernador de Angola, Rodriguez Countinho, obtuvo un nuevo asiento. Buenos Aires, como puerto receptor, estuvo cerrado. Los esclavos de manos lusitanas hacían sus ingresos al Nuevo Mundo a través de Cartagena y Veracruz. Con una interrupción entre 1609 y 1615, la Casa de Sevilla retomó el monopolio del negocio hasta 1640. A partir de 1622 se firmaron también asientos con tratantes genoveses, que obtenían la mercancía desde las Antillas, por medio de los holandeses. Hasta 1680 se habían introducido 22.892 esclavos; aunque para el período comprendido entre 1606 y 1625, se denunció la entrada ilegal de 8.925 negros al puerto de Buenos Aires17. Entre 1640 y 1651 se prohibió la trata pero la medida quedó en letra muerta por la intensificación del comercio intérlope. En 1602, mediante Cédula real, se había ordenado la expulsión de los portugueses en Buenos Aires que carecían de autorización y eran los principales benefactores del contrabando. Pero, como tantas otras, la medida se cumplió con dificultades y en 1605 fue derogada18.

El último asiento portugués data de 1694, cuando Bernardo Francisco Marín de Guzmán, su titular, entró en contacto con la Compañía portuguesa de Cacheu o Real de Guinea y dos años más tarde el asiento quedó en poder de la empresa (tras el fallecimiento de Guzmán). Quedó así por última vez el asiento en poder lusitano aunque no sería por mucho tiempo, puesto que el siglo XVIII introdujo cambios19.
A partir del siglo XVIII, británicos y franceses, los más prósperos en el tráfico negrero, introdujeron en Buenos Aires 14.000 esclavos entre 1700 y 1750. Una estadística de esa centuria señala que de 100 esclavos introducidos, 50 lo eran por ingleses, 30 por franceses y el resto entre portugueses y holandeses. La Real Compañía Francesa de Guinea, una de las empresas intervinientes en el tráfico (y que desplazó a su homónima portuguesa) constató un promedio de 267 esclavos introducidos por año entre 1702 y 1714. La corona española la autorizó en 1701 a introducir en sus dominios americanos 4.800 esclavos por año durante una década, pero al no poder cumplir este compromiso, sumado a otros motivos, se declaró en bancarrota en 1710 20. Los británicos entraron a jugar con gran peso desplazando a sus enemigos franceses y también a sus aliados holandeses. La Compañía del Mar del Sur registró 9.970 ingresos entre 1715 y 1752. Desde 1713, la Corona inglesa reemplazó a la compañía gala en el monopolio de la introducción de esclavos en Hispanoamérica, una de las tantas consecuencias de las guerras del otro lado del Atlántico. Esta transferencia debía asegurar la entrada de 144.000 esclavos por el término de 25 años, la duración del asiento británico. Se abrieron varios puertos al tráfico, entre ellos Buenos Aires21. Tampoco este circuito pudo quitar del medio el contrabando proveniente desde Brasil y, sobre todo, la portuguesa Colonia del Sacramento, en línea recta a la futura Reina del Plata.
No obstante, el compromiso inglés no se pudo mantener porque España y la Corona británica fueron a las armas tres veces en el plazo que duró el asiento, 1718, 1727 y 1739. A la guerra se agregaron incumplimientos por parte de la Compañía británica, así como también del monarca español sobre caducidad del monopolio, deudas impagas y otras. Todo ello obligó a España a firmar acuerdos con tratantes particulares, lo que socavó el monopolio que, sin embargo, se mantuvo hasta 1750.
La gran novedad a partir del siglo XVIII fue que Buenos Aires y El Callao se convirtieron en puertos de entrada de esclavos, antes prohibidos. La política aperturista hispánica a partir de 1778 no alentó demasiado el crecimiento de la trata, en efecto, de los 124 buques negreros que arribaron a Buenos Aires entre 1740 y 1806, 109 lo hicieron a partir de 1790 porque un año más tarde la Corona dispuso el libre comercio para los comerciantes extranjeros mediante Cédula Real. Desde allí la tendencia se dio en alza, registrándose el ingreso de 18 buques en el año 1810.
En 1785, Carlos III había autorizado la creación de la Compañía de Filipinas y dos años más tarde permitió los viajes de buques de trata por el Río de la Plata. Rentaron embarcaciones de poca calidad a capitales británicos y la Compañía designó un representante en Buenos Aires para el encargo de un área de carga. Felipe de Sarratea, ante la imposibilidad de utilizar el depósito que tenía asignada la Compañía británica del Mar del Sur buscó construir centros de descarga en la ribera del Riachuelo: este es el origen del nombre “barracas”, pues la palabra “barracón” era un africanismo -préstamo del lenguaje africano al español-, que en Cuba designaba a esa clase de sitios, depósitos provisorios de esclavos, y que provenía del uso lusitano. Sarratea devino un próspero tratante, como tantos otros.

Uno destacable fue Tomás Antonio Romero quien tuvo el privilegio de ser uno de los primeros en poder viajar para elegir por si mismo la mercancía in situ, sin intermediarios. Visitó la costa africana y dejó plasmada su buena impresión de la experiencia tras uno de sus viajes. Además, con su socio y amigo portugués, Silva Cordeiro, introdujo esclavos y otras mercancías provenientes del Brasil pero en 1786 le confiscaron un cargamento importante. De todas formas, recibió compensaciones de la Corona por las exacciones que soportó. Se lo autorizó a exportar productos por un valor significativo de 100.000 pesos, tras una reducción. Entre 1793 y 1801 Romero introdujo en el Río de la Plata nada menos que 5.300 esclavos, vendidos por 1.500.000 pesos.
También sobresalen las ventas de otro comerciante dedicado al infame rubro, Francisco Antonio de Belaústegui. Entre 1796 y 1801 percibió la ganancia de 109.118 pesos por la compra-venta de 500 esclavos. Estos comerciantes y muchos más dedicados a este lucrativo negocio no tuvieron problema alguno en integrarse a la elite porteña. Era un negocio tan bueno que ni el mismísimo Papa pudo detenerlo. De hecho, se hizo caso omiso a la Bula de 1589 que prohibía el comercio de esclavos; el Sumo Pontífice había proclamado “Dios no crea esclavos22.
Los ingresos de esclavos sentaron un precedente demográfico en la Buenos Aires colonial. El censo dispuesto por el virrey Vértiz consignaba en 1778 que de sus 24.083 habitantes, había 2.997 mulatos (o pardos) y 3.837 morenos. Según cálculos efectuados por el historiador Ricardo Rodríguez Molas, para ese mismo año el 50% de la población del interior del Virreinato del Río de la Plata estaba compuesta por morenos y mulatos, lo mismo que el 40% de Buenos Aires23. Un clérigo deja constancia en 1730 de que en Buenos Aires había 20.000 negros, más de la mitad de la población total, que apenas si llegaba a las 40.000 almas24.

De dónde y cómo fueron traídos

Los esclavos que llegaban al nuevo destino eran “afortunados”, si se considera que más de la mitad moría en el largo periplo. Si lograban sobrevivir, tal vez no envidiaban el destino de los difuntos. Un médico de la época en 1804 indicó las condiciones en que llegaban los esclavos al dictaminar la conveniencia o no de descargar un destacamento de negros enfermos que recién arribaron al puerto: “Los negros llegan a la costa con todos los elementos de la enfermedad. Retenidos por grillos y bozales por muchos meses, bebiendo poco, comiendo raíces, frutos silvestres y toda sabandija, desfallecidos por el calor y las fatigas de las marchas, expuestos a todas las intemperies, llegan a Mozambique casi exhaustos.25. Bajo esas condiciones deplorables, los denominados bozales, oriundos de África y recién llegados al Río de la Plata que no dominaban el español, ingresaron procedentes desde varias direcciones. Existe la tendencia errónea de tomar África como un todo y dicho efecto se sintió en el Río de la Plata. Con el apelativo de guineanos entraron en la misma bolsa todos los africanos importados a estas orillas, sin importar de qué parte del continente provinieran. Si bien los esclavos eran identificados como provenientes de la región de Guinea, es exagerado pensar que todos hayan sido traídos desde allí, si bien es cierto que la costa occidental fue uno de los puntos de aprovisionamiento de donde llegaron muchos de los bozales que fueron poblando la región rioplatense. También es verdadero que esa suerte de metonimia denote que los contactos entre porteños y habitantes de las costas occidentales de África fueron fluidos. Por lo general, los españoles tendían a asociar con país o casta al grupo de esclavos vendido. Dependiendo de dónde hubiera sido embarcado, o de qué país fuera, era llamado de tal modo distinguiéndose en los documentos. Aunque en la práctica, frecuentemente se confundía el lugar de embarque con el de nacimiento del esclavo y no existió real interés por corregir el error.
Sobre los puntos de origen, a simple vista, existen dos. Uno era Brasil, aunque se desconoce el paso previo de partida en el continente negro, se sospecha que los importados lo eran desde las costas occidentales, o la lejana Guinea para los habitantes del Plata. Durante la segunda mitad del siglo XVIII ingresaron desde el país vecino 12.473 esclavos26. En el puerto norteño de Bahía atracaban muchos provenientes del Golfo de Guinea, los cuales eran posteriormente trasladados a Río de Janeiro y, más tarde, redistribuidos a la cuenca del Plata. De Montevideo, tras unas jornadas de navegación a vela, algunos eran desembarcados allí y la mayoría seguía rumbo a Buenos Aires. El otro punto de partida era obviamente la otra margen del Atlántico, aunque también allí era diversificado el punto de salida. La mayoría llegó procedente de Angola, Congo y Mozambique. Según estadísticas de importaciones de esclavos, entre 1742 y 1806 la mayoría provenía de África occidental (3.979) y de la oriental (4.708) de un total de 13.072 ingresos. Curiosamente esos datos no registran ingresos para el Congo y Angola en esos años, pero es reconocido en los estudios el origen de los esclavos a partir de esos tres sitios señalados. En cambio, el censo municipal de 1827 sí indica presencia de congoleños y angoleños en entre los esclavos. Dicha estadística muestra que de 254 negros enrolados, 127 habían nacido en el occidente africano, 41 en el Congo, 25 en Angola y 10 en la región oriental.
El Congo era una fuente provechosa de esclavos. De hecho, las entradas de esa región a América son registradas de la siguiente forma: 7.000 por año durante el siglo XVI, 15.000 en el siglo XVII, 30.000 en el XVIII. El siglo XIX registra incluso mayores cifras: la primera mitad 150.000, para el decenio siguiente 50.000; y entre 1860 y 1885, 2.000 esclavos. Se cuenta que ingresaron 13.000.000 de esclavos en total del Congo, aunque con cierto riesgo de exageración27.
Respecto del origen bantú de buena parte de los esclavos que ingresaron al Río de la Plata, provenían de la muy próspera isla de Santo Tomé, controlada por los portugueses, que dominaban el Camerún y parte del Congo. Era la región por excelencia exportadora de esclavos durante fines del siglo XVI y la primera mitad del XVII. Desde esas costas los hombres eran embarcados a los puertos hispanoamericanos. Se los conocía genéricamente a los esclavos de esas áreas como de “casta de Santo Tomé, Novos, Terra Nova y Congos”. En el año 1600 la isla fue tomada por los holandeses, por lo que el tráfico lusitano se reorientó al sur, atravesando el Río Congo, es decir, el actual territorio de Angola. A los africanos importados de esa zona se les decía de “casta angola28, aunque también recibieron varios nombres: manicongos, loandas y benguelas, entre otros. Las conexiones esclavistas entre portugueses e hispánicos explican por qué muchas veces el lugar de procedencia de los esclavos que llegaban a Buenos Aires fuera el Brasil. Con las nuevas medidas a partir de 1791, la carga de todo barco negrero que ingresaba al Río de la Plata era sometida al cuidado de una inspección sanitaria en Montevideo. Por esa razón, testimonios (como el anterior de 1804) son un producto de esta disposición. Tras la revisión, si todo marchaba bien (muchas veces no era el caso), era autorizado a continuar y podía arribar a Buenos Aires. En el peor de los casos, tenía que deshacerse de su mercancía si ésta estaba enferma, muerta o moribunda. Deshacer implicaba simplemente arrojar por la borda seres humanos que no eran considerados como tales.

Cómo fueron tratados
Existen numerosos testimonios que dan cuenta de la vida de los africanos transportados a América durante el viaje. No fue una casualidad que en Inglaterra existieran entre 25 a 52 casas oficiales de comercialización de esclavos, que a su vez dieron origen a otras empresas y a la generación de miles de puestos de trabajo. Todo eso puede interpretarse a la luz de que el tráfico fuera un negocio en gran escala y lucrativo, aunque muy cruel. De todas formas, los tratantes y transportistas hicieron oídos sordos al sufrimiento de los africanos y siguieron adelante embarcándolos hacinados. Más de una vez la mayoría de los transportados fallecieron. Entre indisciplina, motines, falta de agua y enfermedades contagiosas, las posibilidades de que el cargamento entero llegara a buen puerto eran bastante remotas. También jugaba la suerte: si el viaje se hacía corto por un clima clemente, había más probabilidades de que llegara la mayoría del cargamento. Por el contrario, si un capitán inexperto estaba a cargo o se desataban tormentas, el viaje podía prolongarse por varios meses y todo se revertía. En uno de los viajes desafortunados, una crónica registra: “Unos ocho o diez de ellos fueron muertos a tiros en la bodega del bergantín antes de que pudiera calmárselos. Entonces llevaron a cubierta a unos treinta y cuarenta, encadenados de a dos, a los que se colgó del penol de la verga y se los mató a balazos; luego se bajaron sus cadáveres, a los que se les seccionaron los brazos y las piernas para quitarles los hierros, y una mujer fue arrojada al mar antes de que su vida se hubiera extinguido.29. Tampoco se lamentaba demasiado si se debía echar por borda a esclavos enfermos para detener, por caso, una disentería (enfermedad frecuente dada la escasez de agua potable), con el objeto de salvar a muchos otros. La disciplina exigía sacrificios, frecuentemente, se daba escarmiento a alguno para que sirviera de ejemplo y evitara mayores percances y más pérdida de mercancías.
Las escotillas de los busques en donde viajaban hacinados los africanos eran sitios poco más que insalubres. Los blancos que bajaban a inspeccionarlas volvían descompuestos en un instante. Un testigo de la época, estupefacto y consternado, declaró: “El olor de abajo era tan intenso que resultaba imposible permanecer más de pocos minutos cerca de las escotillas (…) Sólo un testigo ocular puede formarse una idea de los horrores que estas pobres criaturas deben soportar en la travesía del océano.30.
Encadenados en las bodegas, los espacios eran tan reducidos que los esclavos más chicos eran aplastados por los más grandes, llegando al sofocamiento e incluso a la muerte por asfixia. Ese hecho responde a una lógica determinada. Cuantas más piezas de ébano embarcadas, mayores serían las ganancias. Pero también ese razonamiento llevaba a que el hacinamiento se convirtiera en un asunto mortal. De todos modos, a nadie parecía conmover, y los barcos negreros iban casi siempre al límite de sus capacidades. Por eso es que fueron aumentando sus tonelajes, además de los requisitos técnicos para favorecer la navegación.
¿Qué sucedía cuando llegaban a destino los, por así decirlo, afortunados? Desembarcados en la ciudad de Buenos Aires, los esclavos eran conducidos a los mercados en donde esperaban ser vendidos o trasladados al Interior. Cuando Buenos Aires sólo era un punto de paso, dos alternativas se abrían. Una, la que más demandó esfuerzos humanos, era la que conducía al norte, atravesando Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy, hasta llegar a las minas de Potosí, el principal centro económico de toda la época colonial, importante productor de uno de los bienes más preciados: la plata. El otro camino consistía en ser trasladados a la región cuyana y a Santiago de Chile, en donde las tareas que los esperaban eran diversas. En 1634 se autorizó a los viajeros hacia el Interior que fueran acompañados por esclavos negros puesto que los indígenas escaseaban. Pareciera que sin esclavos, los blancos no trabajarían y de tal modo sucedió. En efecto, un cronista anota: “Estos (los negros) son los únicos que en todas estas provincias sirven en las casas, trabajan en los campos y en todos los otros oficios. De no ser por los esclavos, no sería posible vivir aquí, pues ningún español, por pobre que sea, quiere…trabajar…Los negros hacen todo…y son excelentes artesanos (en la construcción), de modo que Buenos Aires está tomando una forma a la que los europeos no pueden mirar con desdén.31.

Tres eran los mercados de esclavos en la Buenos Aires del siglo XVIII y todos muy precarios. Las quejas de los vecinos fueron persistentes. Uno estaba ubicado en lo que actualmente es el Parque Lezama y pertenecía a la Real Compañía Francesa de Guinea. El segundo era inglés, dominado por la Compañía del Mar del Sur, y localizado en Retiro. Aunque no duró mucho, pues para cuando se venció el asiento de la empresa, fue perdiendo importancia y para 1800 estaba en ruinas. Por último, en 1791 el gobierno colonial estableció un nuevo mercado en la Aduana real en el que los tratantes pagaban aranceles para mantener allí a sus esclavos, no sin antes reñir bastante con los cabildantes.
La idea de los vecinos era mantener lejos de la ciudad los mercados por cuestiones higiénicas y de moralidad; especialmente, se mantenían alejados de las viviendas de los sectores más acomodados. Las autoridades municipales lidiaron muchos años con los esclavistas sobre el emplazamiento de estos puntos de venta. En 1787 el intendente real propuso construir un mercado en un área que había sido suburbana aunque luego se integró a la ciudad. Fue una medida resistida por el municipio, que argumentó que la instalación de mercado rebajaría el valor de las propiedades, además del riesgo sanitario que conllevaba tenerlos próximos “…negros medio apestados, llenos de sarna, y escorbuto, y despidiendo de la ciudad, mayormente cuando dicho terreno domina o supera la ciudad, y cae hacia la parte del Norte, que es el viento que generalmente reina.32.
El crecimiento del tráfico lógicamente complicó el panorama y el enojo creciente del Cabildo demuestra lo deficientes y sucios que eran estos lamentables sitios, que seguían incrementando el número de sus habitantes temporales. Los litigios continuaron y, por ejemplo, en 1799 el Consulado, principal órgano comercial del Virreinato del Río de la Plata, propuso la erección de un nuevo mercado bien lejos de la ciudad sobre la costa, a 24 kilómetros de distancia. Se ignoró. Varias fueron las protestas por el tema expuestas principalmente por el Cabildo. En 1803 hubo quejas porque los tratantes lanzaban sin más a las calles a los esclavos no vendidos que se encontraban en una completa situación de indefensión al estar desnudos y desorientados por encontrarse en una tierra desconocida. La mayoría perecía en poco tiempo pero a las autoridades reales parecía molestarles más su desnudez que la situación crítica que padecían. En 1809 volvió a protestar el municipio por los motivos de siempre, esta vez solicitando la remoción del mercado, pero nada se hizo al respecto.

Final del juego
A principios del siglo XIX las exigencias del momento eran otras e iban en contra de mantener esclavos. Eran costosos y ya había demasiadas trabas para conseguirlos. En 1807 Inglaterra fue la primera nación en prohibir la trata y siguieron más tarde las demás naciones europeas que habían sido su competencia. No lo hicieron sólo por motivos humanitarios sino por una cuestión económica. El capitalismo ya no necesitaba mano de obra forzada sino asalariados, es decir consumidores. Utilizaron la esclavitud para acumular lo necesario a fin de que las grandes naciones europeas se industrializaran. Luego comprendieron que el uso de esclavos llegó a su límite. El esclavo era ahora una herramienta de trabajo arcaica y costosa. Por consiguiente, la trata estaba condenada a su desaparición. Pero, de todas formas, la extinción de la esclavitud interna no fue automática. Por la vía legal, en Argentina hubo que esperar hasta 1853 y en Brasil hasta 1888. Incluso al momento de abolirse formalmente el sistema esclavista en nuestro país, todavía quedaban algunos.
En el Río de la Plata la emancipación no era frecuente ni fácil de alcanzar. Lo muestran las estadísticas, entre 1776 y 1810 se liberó sólo a 1.500 esclavos. El riesgo de que las manumisiones terminasen con los esclavos era bastante improbable. En general, si los amos daban la libertad era porque sus esclavos la compraban, pero siempre en la medida que se aseguraran un flujo continuo esclavista que renovara la mercancía. Antes de 1810, los libertos eran muy pocos, el 9% de la población afrodescendiente.
Las dos formas de ganarse la libertad eran por cesión del amo o mediante la prestación de un servicio heroico al Estado, generalmente contra invasores extranjeros, como el caso de la defensa ante las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Un cronista de la época da crédito a los hombres de color en la defensa de Buenos Aires: “…los esclavos de esta capital en número de más de 2.000, con un valor no esperado, atropellaron entre el fuego enemigo, únicamente con picas, espadas y cuchillos, hasta llegar con ellos a las manos, en términos que mucha parte de la victoria se debe a su valor y esfuerzo.33. En vano prometieron demasiado puesto que sólo se liberó a 22 de los 688 esclavos que participaron de las acciones. Finalmente, en una suerte de lotería, se liberó a 48 más, lo que constituía apenas el 10% del total, es decir 70 manumitidos34. El mismo cronista se lamenta por el infortunio: “No hay voces que sean capaces de pintar lo sensible que le era al muy ilustre Cabildo ver frustradas las esperanzas con que había lisonjeado el sorteo a los demás en circunstancias de serle imposible mejorar la suerte de todos como apetece.35. Apenas reclutados, se les concedía la libertad a los esclavos pero debían servir por un período mínimo. Entre 1813 y 1818 fueron liberados de esa forma 2.000 esclavos en la provincia de Buenos Aires, más que en todo el medio siglo anterior. Incluso la suerte de los libertos podía no ser buena. Como herencia del sistema de castas colonial, los recién liberados no gozaban de una libertad plena y tenían varias restricciones legales impuestas por la ley. No podían portar armas, ni joyas o ropas lujosas, tampoco ocupar cargos de ningún tipo ni caminar de noche; incluso la educación de los blancos les estaba vedada. Los esclavos habían sido objeto de los castigos más severos y eso no cambió demasiado. Algunas voces se alzaron para denunciar tamañas atrocidades, como un editorial del diario El Argentino de septiembre de 1825, que pedía reflexionar sobre el castigo de azotes a los esclavos domésticos. Decía en sus líneas: “…es horroroso que también se use y se autorice por los jueces, cuando un amo cualquiera se queja contra su esclavo, y pide se le dé en la cárcel una soba de azotes. ¿Están acaso constituidos los jueces para castigar los delitos domésticos? (…) Los esclavos son hombres; como tales tienen derechos, y la sociedad debe garantírselos. Mientras ellos no faltan a la sociedad, ningún juez tiene jurisdicción para autorizar que se les castigue, ni para que lo haga el verdugo (…) Así es sobremanera escandaloso el que en la cárcel pública se castiguen esclavos a solicitud de sus amos. Si ellos los entregan a la justicia dejaron de ser suyos, quedan en libertad, y sólo sujetos a la ley en caso de infracción. Esperamos, por consiguiente, que semejantes hechos no se repitan desde hoy…36.
La dureza de los castigos correspondía al criterio de demarcación racial. Más allá de las críticas, no era posible eliminar el sistema de castas ni tampoco abolir la esclavitud. Así lo entendió el nuevo gobierno surgido al calor de las gloriosas jornadas de mayo de 1810: “No es posible extinguir de un golpe la esclavitud sin atacar lo sagrado de nuestras propiedades, y sin exponer la patria a graves peligros con la repentina emancipación de una raza que, educada en la servidumbre no usaría de la libertad sino en su daño…37.
Cuando empezaron las guerras de la independencia, éstas aseguraron la libertad de muchos combatientes negros o mulatos, pero no la de sus hijos. Para garantizar esto, la Asamblea de 1813 aprobó la libertad de vientres. No obstante, a pesar de que dicha norma sancionaba la libertad para todo negro nacido tras el 31 de enero de ese año, exigía ciertos requisitos iniciales. Los nuevos libertos debían convivir en la casa del amo hasta la mayoría de edad y debían servirlo sin salario hasta los 15 años. A partir de allí, cobrarían una suma mínima mensual hasta alcanzar la libertad plena. Esta ley no se cumplió de igual forma en todas las provincias ya que, por ejemplo, Mendoza elevó la edad emancipatoria a los 25 años. De hecho, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa, y muchas veces los antiguos amos retenían a los jóvenes por mucho más tiempo de lo que establecía la ley. La inestabilidad y la guerra civil complicaron la aplicación de estas medidas en líneas generales.
La Asamblea del año XIII también derogó la trata y dispuso que cualquier esclavo que ingresara de la forma que fuera al territorio nacional, sería automáticamente considerado libre. De todas formas, poco se cumplió porque en 1814 el gobierno dio por caduca la derogación y pidió que fueran retornados al Brasil los esclavos fugitivos. En rigor, esta medida fue producto de las numerosas quejas de los amos brasileños, pues sus esclavos, enterados de que en las Provincias Unidas se les otorgaba la libertad, se dieron a la fuga.
El comercio de esclavos comenzó a declinar en 1812, en parte por el decreto de fecha 15 de abril de ese año que prohibía la trata, si bien se dijo que no fue del todo acatado. En su artículo 1º estableció: “Se prohíbe absolutamente la introducción de expediciones de esclavatura en el territorio de las Provincias Unidas.38. Para 1820 la sangría de mano de obra era un problema alarmante. Es por eso que durante la guerra con el Brasil (1825-1828) todo barco enemigo cuando era capturado y su mercancía incautada, los esclavos pasaban a ser libres, pero bajo una forma peculiar de libertad. La ley estipuló que debían cumplir varios requisitos en una forma que recuerda la medida de la Asamblea del año XIII.
Los esclavos eran vendidos por los corsarios al Estado y de allí debían cumplir la obligación militar por cuatro años si estaban aptos para el servicio. El resto, ya como libertos, debían cumplir seis años de servicio o llegar a la edad de 20 años para que, tras el alquiler por parte del Estado a los patrones, adquiriesen la libertad plena.
A pesar de estas medidas, la demanda continuó. En 1831 el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, reinstauró el tráfico negrero y recibió muchas críticas. La orden se modificó en algunos términos pero en 1840 las presiones británicas para acabar con la trata se hicieron tan fuertes que disminuyeron drásticamente las operaciones. En 1825 se había firmado un tratado de cooperación para la abolición de la trata con Inglaterra. De todos modos, para 1853, año de la abolición formal de la esclavitud, todavía había africanos esclavizados en territorio argentino, aunque eran muy pocos.
La Constitución Nacional de 1853 abolió jurídicamente la esclavitud. En su texto dice: “…no hay esclavos en la Confederación Argentina; los pocos que hoy existen quedan libres desde la jura de esta Constitución.39. Pero la ciudad de Buenos Aires, al no integrarse al gobierno de la Confederación Argentina por una década, se las ingenió para preservar la esclavitud un tiempo más, hasta 1861.
De hecho, en 1854 aprobó su propia constitución provincial en la que abolió el comercio pero no la esclavitud interna. Pero la esclavitud para 1860 ya era una institución moribunda y ni siquiera los amos fueron indemnizados como sucedió en Brasil más tarde. Por lo tanto, no se sabe con exactitud si efectivamente se cumplió la emancipación formal en la Argentina.
Como fuera, de la esclavitud a la emancipación, los beneficios que obtuvieron los antiguos esclavos fueron pocos. Antes de la abolición alguien los debía cuidar porque representaban una inversión, luego debieron valerse por si mismos y eso mostró su vulnerabilidad.

En una sociedad que siempre los vio como el último peldaño de la escala social, poco cambió. Los afrodescendientes siguieron siendo marginados por la misma sociedad que preparó lentamente el camino hacia su libertad.

RECUADRO
Desde las entrañas del continente
La esclavitud en África era preexistente al comercio que unió el continente a América. Las sociedades africanas ya estaban acostumbradas a tener sirvientes y existían redes comerciales que traficaban humanos con dirección a Europa y Asia. Varias civilizaciones se entrecruzaban al practicar este comercio y los musulmanes enlazaron el norte y África ecuatorial.
La Gran Trata Atlántica, que se desarrolló entre el siglo XVI y principios del siglo XIX, trastocó las redes anteriores hacia una nueva salida, el Atlántico, por el cual circularon millones de seres humanos arrancados de su tierra.
El Mediterráneo perdió importancia y los Estados africanos, que habían depositado su confianza en ese comercio transahariano, se derrumbaron. Su base de poder era el control que detentaban sobre las rutas comerciales y los bienes suntuosos que conseguían las élites para resaltar su posición. Al no conseguirlos, una pérdida de legitimidad progresiva los llevó a la ruina. En su lugar surgieron reinos modestos, denominados caza esclavos, cuyos hombres se introducían más y más en el corazón africano para capturar esclavos. Los europeos sólo los esperaban en las costas y embarcaban tras un tedioso trueque con los jefes locales. En otras palabras, africanos cazaron a sus congéneres, incluso vecinos y parientes, por espacio de tres siglos.

NOTAS
1 Rolando Mellafé. La esclavitud en Hispanoamérica, Eudeba, Buenos Aires, 1964, p. 59.
2 Dina Picotti. La presencia africana en nuestra identidad, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1998, p. 35.
3 Mellafé. Ob. Cit., p. 54.
4 Héctor Cordero. La primitiva Buenos Aires, Plus Ultra, Buenos Aires, 1986, p. 54.
5 Mellafé. Ob. Cit., p. 18.
6 Alejandro Solomianski. Identidades secretas: la negritud argentina, Beatriz Viterbo Editora, Buenos Aires, 2003, pp. 68-69.
7 Frank Tannenbaum. El negro en las Américas. Esclavo y ciudadano, Paidós, Buenos Aires, 1968, p. 24.
8 Cordero. Ob. Cit., p. 56.
9 Manuel Moreno Fraginals (comp.). África en América Latina, Siglo XXI, México DF, Unesco, 1977, p. 13.
10 Mellafé. Ob. Cit., p. 59.
11 Guillermo Beato (y otros). Historia argentina. De la Conquista a la independencia, Paidós, Buenos Aires, 1972, p. 217.
12 Cordero. Ob. Cit., p. 54.
13 Cordero. Ob. Cit., p. 61.
14 Picotti. Ob. Cit., p. 39.
15 Mellafé. Ob. Cit., p. 59.
16 Beato. Ob. Cit., p. 219.
17 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 20.
18 Cordero. Ob. Cit., p. 60.
19 Beato. Ob. Cit., p. 222.
20 Mellafé. Ob. Cit., p. 42.
21 Mellafé. Ob. Cit., p. 45.
22 Cordero. Ob. Cit., p. 62.
23 Picotti. Ob. Cit., p. 41.
24 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 21.
25 George Reid Andrews. Los afroargentinos de Buenos Aires, Ediciones de La Flor, Buenos Aires, 1989, p. 34.
26 Reid Andrews. Ob. Cit., p. 35.
27 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 41.
28 Mellafé. Ob. Cit., pp. 54-55.
29 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 37.
30 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 36.
31 Tannenbaum. Ob. Cit., p. 20.
32 Reid Andrews. Ob. Cit., p. 37.
33 Juan M. Beruti. Memorias Curiosas, Emecé, Buenos Aires, 2001, p. 87.
34 Reid Andrews. Ob. Cit., p. 54.
35 Beruti. Ob. Cit., p. 79.
36 Ricardo Rodríguez Molas (comp.). Historia de la tortura y el orden represivo en la Argentina – textos documentales, Eudeba, Buenos Aires, 1985, p. 31.
37 Reid Andrews. Ob. Cit., p. 58.
38 Beruti. Ob. Cit., p. 212.
39 Reid Andrews. Ob. Cit., p. 68.

 

Publicado en Revista Todo es Historia:

http://www.todoeshistoria.com.ar/ediciones.php?edicion=524